Chávez, las FARC, el terrorismo y los rehenes
*El significado de los hechos y dichos posteriores a la liberación de Clara Rojas y Consuelo González.
Todo lo que relataron Clara Rojas y Consuelo González sobre sus padecimientos en la selva, así como las últimas cartas de los rehenes que permanecen cautivos, describen la realidad de las cientos de personas secuestradas por las FARC en términos similares al suplicio de la vida en los campos de concentración.
La jungla colombiana es el Auschwitz o el Gulag de los secuestrados y las dos mujeres liberadas confirmaron que, ante una ofensiva del ejército que llegue al lugar de reclusión, la orden de quienes vigilan a los cautivos es asesinarlos.
Por eso, si bien la categoría “terrorista” justifica debates porque puede aplicarse incluso a muchas acciones de Estados Unidos en varios puntos del planeta, lo que está fuera de dudas es que un discurso que suene a defensa de las FARC constituye, de hecho, una defensa de una banda envilecida que, con particular crueldad, incurre en una de las más atroces violaciones a los derechos humanos.
Quienes critican la forma en que Hugo Chávez gestionó la liberación de las rehenes y proyecta futuros acuerdos con las FARC, dejan de lado algo importante: ningún otro dirigente, gobierno o entidad internacional ha propuesto nada alternativo. Pero quienes respaldan la defensa y el acercamiento del presidente venezolano hacia las guerrillas de Colombia incurren en una contradicción en el terreno de los derechos humanos.
Aguas divididas
Como todos los acontecimientos que tienen a Hugo Chávez como protagonista, el significado de la liberación de Clara Rojas y Consuelo González divide visiones. Por un lado, está la visión que antepone un hecho comprobable: el presidente venezolano ejerce el liderazgo más dinámico y movilizador, además de ser el único con capacidad de modificar situaciones y generar escenarios, sacudiendo a la región para sacarla de sus letargos y somnolencias.
Por otro lado, está la mirada que percibe la desmesura propagandística que siempre monta el chavismo para que todo acontecimiento, incluso los que requieren recato y discreción, contribuya a fortalecer el liderazgo del exuberante líder caribeño mas allá de Venezuela.
La primer visión acierta en resaltar el dinamismo, el vigor de liderazgo y la inagotable iniciativa de Chávez. Mientras la segunda acierta en señalar como la propaganda, la espectacularidad y el interés político siempre traspasan los límites de la ética y la sensatez.
El primer enfoque se centra en algo indiscutible: lo fundamental es que dos personas fueron rescatadas de una prisión infernal y eso fue posible por la gestión del hombre fuerte de Caracas.
El otro enfoque aporta lo que tampoco puede minimizarse: La escena en la selva se esmera en dar una buena imagen de los guerrilleros, que son nada menos que los carceleros de decenas de rehenes y centenares de secuestrados para obtener suculentos rescates. A renglón seguido, al subir al helicóptero lo primero que encontraron Clara y Consuelo fue una cámara y un micrófono para que expresen su agradecimiento a Chávez, de modo tal que tales gratitudes derivaran en loas al líder venezolano.
¿Era necesario mostrar a los guerrilleros como liberadores y no como carceleros? ¿Se justifica que desde el helicóptero se haya empezado a exprimir políticamente a las mujeres liberadas? ¿Había que llevarlas el mismo día de su liberación al Palacio de Miraflores para la foto abrazadas con Chávez?
Las aguas se dividen también en la política interna de algunos países. Por caso en Argentina, donde la visión de la presidente Cristina Kirchner plantea que lo ocurrido el jueves es la consecuencia del “paso inicial” que se había dado en Villavicencio, donde fracasó el primer intento de liberar a las rehenes en una operación de la que participaron representantes de algunos gobiernos (entre ellos Néstor Kirchner) y figuras notables como el cineasta Oliver Stone.
Este enfoque choca contra la visión que depara en algo obvio: lo que ocurrió el jueves demuestra que, para que las FARC liberen a dos rehenes, no hacía falta la comisión de garantes que tan aparatosamente se desplazó hasta la selva colombiana.
Por cierto están los que, con lógicos argumentos, resaltan lo positivo de la participación argentina en la gestión que Chávez, calificándola como importante pero también los que cuestionan la veracidad de tal participación, ofreciendo como prueba que Cristina Kirchner habló de “las dos Claras”, desconociendo que una de las liberadas se llama Consuelo.
Pero lo más significativo está en las señales de lo que puede ocurrir de ahora en más. Y una de esas señales se desprendió en una de las tantísimas apariciones televisivas que hizo Chávez durante la maratón mediática que protagonizó el día de la liberación.
En un mensaje que terminó con “un fuerte abrazo a Marulanda”, explícitamente invitó a Tirofijo a deponer las armas y convertir su guerrilla en “un movimiento de izquierda”, dejando entrever que esa fuerza política contará con el respaldo del gobierno venezolano, lo que implícitamente equivale a una propuesta de alianza entre el chavismo y las FARC como desembocadura de un proceso que empieza por la liberación de todos los cautivos y sigue por la negociación del desarme.
En Colombia el desarme guerrillero tiene antecedentes buenos y no tan buenos, ya que en los ochenta se desmovilizó el grueso de las decenas de guerrillas que, desde las décadas del cincuenta, sesenta y setenta, se habían multiplicado en las selvas y montañas.
Un caso paradigmático de negociación exitosa fue la que convirtió en partido político al Movimiento 19 de Abril (M-19) guerrilla que cobró notoriedad internacional con acciones de alto impacto como el robo del sable de Bolívar y la toma del Palacio de Justicia en Bogotá.
Desde hace muchos años, Navarro Wolf, quien fuera el comandante de aquel grupo insurgente, es un prestigioso legislador.
El caso menos auspicioso lo vivió el sector de las FARC que dejó las armas y se convirtió en el partido Unión Patriótica, porque muchos de los guerrilleros que se convirtieron en políticos fueron asesinados por sicarios y escuadrones de la muerte al servicio de la ultraderecha.
Aquel fracaso hizo que el grueso de las FARC, así como el castrista Ejército de Liberación Nacional (ELN), continuara en la selva, iniciando el proceso de envilecimiento que produce el negocio de la guerra y los vínculos con el narcotráfico.
Tras el mensaje que le envió Chávez el jueves, la alta comandancia guerrillera tiene un nuevo incentivo para dejar las armas y convertirse en partido político: el respaldo del gobierno venezolano, que en materia económica resulta más que tentador.
La insinuación de Chávez a Tirofijo tiene un lado positivo y otro polémico. El positivo es que podría colaborar a que finalice una guerra tan brutal como letárgica. El negativo es que asociaría al gobierno venezolano con lo que, en definitiva, hoy es una banda envilecida y cruel, que negocia con los narcos y practica el secuestro extorsivo a escalas industriales, además de apresar personas para usarlas como escudo humano contra las ofensivas militares.
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La iniciativa de Chávez dividirá aguas en Colombia, donde algunos denunciarán esta política como injerencia externa en los asuntos internos del país, mientras que otros resaltarán el hecho de sólo el líder bolivariano puede poner fin a la violencia eterna que padece el pueblo colombiano.
Alvaro Uribe tendrá que modificar sustancialmente su política hacia las guerrillas si quiere recuperar la iniciativa y competir con el liderazgo que Chávez ya está proyectando dentro de Colombia. Habrá que ver si sus futuros razonamientos son más lúcidos que ese opaco y mediocre discurso con que saludó la liberación de las rehenes.
En tanto, ha comenzado el resto del camino. En el recorrido, que sigue con las tratativas para liberar más rehenes y secuestrados, el hombre fuerte de Caracas avanzará en su idea de financiar la conversión de la guerrilla en partido, proponiendo una alianza que promoverá el renacimiento de “la gran Colombia” que creó Bolívar y se dividió tras el derrocamiento y la muerte del libertador.
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