Chávez y los rehenes: éste es el show


  • Desde que, el viernes último, el presidente venezolano dio rienda suelta a su histrionismo y su comicidad frente a las cámaras de Telesur, la noble causa del operativo que busca rescatar a los rehenes en poder de las FARC se volvió pasto para un tristísimo festival televisivo de difusión mundial.

Como la inmensa mayoría de la gente, deseo que la misión humanitaria que busca rescatar a los rehenes en poder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) resulte exitosa. La nobleza de dicha causa no necesita explicación. Como televidente, deseo que termine de una vez por todas el show que desde hace tres días, vemos en las pantallas de todo el mundo a través de las imágenes de Telesur.

En el principio, fue el histrionismo del presidente de Venezuela, Hugo Chávez_ con su uniforme y su boina roja, con los aviones detrás, con un mapa extendido sobre el piso_ , exultante frente a las cámaras que registraban su intercambio de chanzas con el ex presidente argentino Néstor Kirchner, sus chascarrillos contra el presidente de los Estados Unidos, George Bush, sus indicaciones a la prensa para que le hicieran preguntas a Oliver Stone, el cineasta que rodará un documental sobre la liberación de los rehenes. Chávez aludía al director norteamericano por su nombre de pila, con una familiaridad análoga a la que empleaba al hablar de “Evo” y “Cristina” cuando quería referirse a los presidentes de Bolivia y la Argentina, respectivamente. Y se desvivía por saludar, a todos los que lo rodeaban, por brillar en la tele, por exhibirse como un prócer a punto de parir la Historia.

A Hugo Chávez, se lo veía tan divertido, tan gozoso por estar concitando la atención mediática internacional, tan dispuesto a las risotadas y las bromas, que una pregunta se me volvió obsesión: ¿de qué se ríe? No encontré la respuesta, dada la seriedad del operativo internacional y la desgraciada situación que padecen los rehenes de la FARC y sus familias desde hace tanto tiempo.

Después, llegaron las largas horas de la nada televisada, desde Villavicencio, Colombia. Fue el festival de los verbos conjugados en el modo condicional (las coordenadas se conocerían, el rescate se produciría, los aviones partirían), los latiguillos eternos (tensa calma, comienzo inminente, larga espera, angustia de los familiares, delicada misión) y, por momentos, la desagradable intención de alimentar el suspenso y el apetito de acción en los espectadores, como si se tratara de una película de Rambo.

Si este show es el precio que los televidentes tenemos que pagar para que dos mujeres y un niño, nacido en la selva donde su madre aún está secuestrada, recuperen la libertad que nunca deberían haber perdido, estoy dispuesta a hacer el gasto. Pero eso sí, una vez que los rehenes estén a salvo, Dios así lo quiera, que no cuenten conmigo.

Que Telesur me disculpe, pero cuando la misión humanitaria haya logrado su objetivo, no me pienso quedar a ver la previsible vuelta olímpica televisiva del presidente venezonalo Hugo Chávez, con más chistes, más histrionismo, más verborragia, más grandilocuencia y nuevas toneladas de pasto para el show.

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