Clara Rojas con Chiche: cuestión de sexo




  • La entrevista con la ex -rehén de las FARC, en la noche de estreno del ciclo “Chiche en vivo”, por Canal 26, tuvo una particularidad que marcó la diferencia. La clave pasó por el sexo.

 



Guiada por las preguntas de un varón, Clara Rojas contó su infierno en un lenguaje netamente femenino. Las mujeres relatamos los hechos con lujo de detalles; nuestro discurso funciona como un puzzle: se arma en base a pequeñas piezas que al fin, muestran el todo. Para los hombres es distinto. Puestos a hablar, exhiben otras cualidades: una envidiable capacidad de síntesis; el don de dirigirse al núcleo del asunto en línea recta, sin desviarse ni un párrafo para explorar los arrabales; las explicaciones masculinas vienen en bloque. Ellos son retratistas de trazos limpios y certeros; nosotras, paisajistas de minuciosas pinceladas. Pues bien, durante la entrevista con Chiche Gelblung  en la noche de estreno de “Chiche en vivo”, por Canal 26, la ex rehén de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), habló como nunca antes: relatando sus seis años de cautiverio del modo en que lo hacemos las mujeres.


 


La realidad de Clara Rojas es muy difícil de entender para cualquiera que no haya estado en su pellejo: todos los días y las noches que caben en seis años prisionera de la guerrilla en la humedad la selva, mal alimentada, embarazada de un guerrillero, pariendo a su hijo en cautiverio y despojada del niño ocho meses más tarde. La realidad de Clara Rojas es algo que aún escapa a mi comprensión. No puedo asirla, no llego a imaginarla. Pero mientras veía su entrevista con Chiche, al menos conseguí captar por qué me cuesta tanto abarcar su tragedia: lo que a ella le ocurrió es lo inimaginable.


 


No fue en base a declaraciones políticas ni a lamentos autocompasivos que Clara Rojas pudo transmitirme la desmesura de su drama. Fue gracias a los retazos de vivencias que bordó con paciencia de mujer. Fue gracias a lo que contó y también, a lo que decidió callar.


 


¿Qué contó? Contó los seis años sin agua caliente y el placer de la primera ducha y el aroma del jabón, después de liberada. Contó que no quería sonreír, tras la liberación, porque en el cautiverio había perdido dos muelas, y que en seguida, corrió al dentista en busca de las dos coronas que le salvaran la coquetería. Contó, con un espanto que sólo otra mujer es capaz de entender, los seis años sin depilarse. Contó el parto por cesárea: asistida por un hombre que, le advirtió, no era médico. Contó los cuarenta días sin poder ni siquiera amamantar al niño por su salud destruida y el cuerpo saturado de antibióticos. Contó que sí, que como suponía Chiche, las guerrilleras podían ser más crueles que sus pares varones; pero matizó la sentencia: dijo que no podía olvidar que esas mismas mujeres fueron las encargadas de ocuparse de atenderla en el traumático post-parto. Contó que a ella, no le alcanzó la generosidad para prestarles a las otras rehenes la lima para uñas que preservó como un tesoro durante todo el cautiverio, porque no quería renunciar, siquiera en esa selva y en esas circunstancias, al cuidado de sus manos.


 


¿Qué se negó a contar? Se negó a contar cómo fue que quedó embarazada de un guerrillero. Se negó a responder a la pregunta que le hizo Chiche, que era la misma que nos hacemos todos: si se había enamorado de ese hombre, si había padecido el síndrome de Estocolmo. Ni una palabra. Todo el pudor. La negativa férrea de las que sólo son capaces las mujeres cuando optan por guardar silencio en relación a un hombre. 


 


Avezado entrevistador, Chiche Gelblung pudo mostrar la tragedia de los rehenes de las FARC encarnada. ¿Cómo lo hizo? Lo hizo con total conciencia de que la entrevista no es nunca una abstracción porque el entrevistado es siempre único, definitivamente singular. Lo hizo con la certeza de que no estaba entrevistando a un rehén de las FARC, uno de tantos, uno más, uno cualquiera, sino a un individuo. Vale decir, a un ser humano que además de haber sido un rehén de las FARC tiene un nombre, una historia, una personalidad y que es del sexo femenino. Allí estuvo la diferencia: esta vez, Clara Rojas relató su tragedia con el lenguaje que les propio, el de las mujeres.


 

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