Consorcios de ficción: En la tele, no hablaban de ti ni de mí


  • El vínculo entre los vecinos de “Por amor a vos” y “Aquí no hay quien viva” nada tiene que ver con el anonimato de los edificios actuales. Si me dan a elegir, me mudo, gustosa, a la escenografía de cualquiera de los dos ciclos.

Los consorcios están de moda en la TV. En Canal 13, “Por amor a vos”; en Telefé, la versión argentina del programa español “Aquí no hay quien viva”. Cada una en su estilo, ambas ficciones se proponen abordan, en tono de comedia, los avatares de quienes viven y trabajan en edificios de departamentos. Pero, a juzgar por lo visto hasta ahora, la tele todavía nos debe una ficción sobre los consorcios en el siglo XXI.

“Por amor a vos” y “Aquí no hay quien viva” resultarán más o menos atractivos, según los gustos de cada televidente. Pero lo cierto es que ninguno de los dos parece estar inspirado en la realidad que tan bien conocemos los habitantes de los actuales edificios regidos por la ley de propiedad horizontal. Si me dan a elegir, cambiaría el anonimato que, hoy por hoy, es costumbre en la mayoría de los consorcios por esos vecindarios televisivos donde los mayores peligros consisten en que todos se metan en la vida del prójimo, discutan y llamen a su puerta con frecuencia excesiva. Los vecinos, encargados y administradores de los consorcios de la tele son entrometidos, no hay duda. Pero los de verdad, a menudo, representan el paradigma de la indiferencia.

Tan llenos de defectos como cualquier humano, los personajes de los dos programas guardan cierto interés por el vecino de la puerta de al lado. A la manera de lo que ocurría en los legendarios conventillos y en los consorcios de los viejos tiempos, la gente se conoce por su nombre de pila, se quiere o se detesta, se ayuda o se critica. Pero al menos se trata, que no es poco. Los consorcistas de la vida real, en su gran mayoría, ignoran hasta el apellido de quienes viven a sólo un piso de distancia de sus casas. Ni que hablar de las modernísimas torres: allí hay humanos que pueden compartir un viaje en ascensor durante más de veinte pisos con los ojos atornillados al suelo y sin cruzar palabra. Las reuniones de propietarios ya ni siquiera son las batallas campales que se ven en la tele porque, ocupados como andan todos en la agitada vida urbana, allí, no hay quien vaya.

Los administradores son un rubro aparte. Es cierto que el que compone Rodolfo Ranni en “Por amor a vos” es un tipo de escrúpulos escasos y finanzas turbias. Pero le reconozco una virtud difícil de encontrar en los de carne y hueso: aunque sea para pelear, está al alcance de sus empleadores, los propietarios de los departamentos. Con los de verdad, en cambio, para lograr que te contesten un llamado telefónico tenés que hacer más trámites que si ambicionaras reunirte en una misma audiencia con el Papa, la reina de Inglaterra y Diego Maradona.

Al ver a los vecinos de “Aquí no hay quien viva” armando un cronograma para turnarse en el cuidado de un bebé abandonado en la puerta del edificio, me dieron ganas de permutar mi departamento por los decorados del ciclo. Aunque el precio a pagar por ese modo de funcionamiento sea el de aquella escena donde un test de embarazo fue pasto para los rumores de pasillo, acepto el trueque. De igual modo, me mudaría gustosa a la escenografía de “Por amor a vos”, si me garantizan un presidente de consorcio como el que compone Raúl Taibo, siempre dispuesto a hacerse cargo de los problemas colectivos. Ya sé, van a querer cobrármelo con cada uno de mis pasos transformado en la comidilla de los porteros de la cuadra. Me importa poco; pago.

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