CQC y la Justicia: Ganamos todos

Si la televisión no se pudiera permitir la burla, en un país que, a menudo, nos sume en la impotencia, los ciudadanos no podríamos hacer catarsis a través de la risa. Sin el humor como válvula de escape, nuestras vidas serían una sucesión de días de furia.

Con el fallo a favor de “CQC”, la Justicia nos defendió a todos. Me refiero al fallo de los camaristas civiles que rechazaron la demanda de un empleado de seguridad del Congreso Nacional, cuyo rostro apareció en la pantalla “desfigurado por un instante mediante la sobreimpresión de una caricatura”. Los argumentos de la sentencia rescatan el derecho a criticar a través del humor. Y a mi modo de ver, eso nos beneficia a todos. ¿Por qué? Porque la sátira, la ironía y el chiste son algunas de las pocas válvulas de escape con que contamos los argentinos frente a una realidad nacional que, a menudo, nos sume en la impotencia. La otra alternativa es la barbarie: convertir nuestras vidas en una sucesión de días de furia.

Tomemos un puñado de hechos que nos ponen al borde del ataque de nervios. El índice oficial de inflación subestima, mes tras mes, la verdad de nuestro bolsillo. Un candidato que ayer nomás seducía al electorado criticando al oficialismo hoy dice, muy suelto de lengua: “El que me votó para que sea opositor, se confundió”. Aquí cerca y hace poco tiempo, buscaron convencernos de que al negarnos a comprar los tomates que cotizaban a precio de oro, estábamos domando los bravíos potros de la inflación. Mientras algunos acarician el sueño del tren bala, la mayoría viaja hacinada en ferrocarriles semidestruidos, impuntuales e inseguros a más no poder. Si la televisión no se pudiera permitir la burla o la ironía ante tanto dislate, los hombres y mujeres de a pie no tendríamos siquiera la ocasión de hacer catarsis a través de la risa. Reírse no resuelve los problemas, claro. Pero al menos nos evita la úlcera o las reacciones violentas. Que no es poco.

Esta necesidad nacional de estallar en carcajadas para no salir a la calle a repartir insultos y trompadas viene de lejos. Así lo cuenta Horacio Salas, en su prólogo al libro “Crónica del humor político en la Argentina”, de Jorge Palacio: “La historia del humor político en Argentina se inicia antes que la propia historia de la patria, cuando el casi legendario Telégrafo Mercantil publicó un ‘Soneto’ de ‘El poeta médico de las almorranas”, en su número del 3 de septiembre de 1802, que el virrey Joaquín del Pino juzgó atentatorio contra su autoridad. Y como habría de ocurrir tantas veces en la historia, el periódico fue censurado y debió bajar la cortina”.

Luego, Salas cita un ejemplo más cercano en el tiempo: el enojo del general Juan Carlos Onganía cuando, en 1966, el dibujante Landrú lo caricaturizó bajo la imagen de una morsa. “El retrato era tan fiel que, aunque mandó clausurar la revista, el severo militar nunca consiguió que sus compatriotas lo vieran con otro aspecto que no fuera un adoboenus rosmarus”, sostiene. Y agrega que “pese a censuras y prohibiciones, los argentinos nunca dejamos de burlarnos de nuestras autoridades. Chistes, dibujos, caricaturas, coplas y chascarrillos que iban de boca en boca fueron la preocupación de los gobernantes desde comienzos del siglo XIX”.

Justo es decir que desde entonces, los gobernantes tampoco renunciaron _algunos más, otros menos_ al deseo de vendernos espejitos de colores. Y lo más triste es que muchos de ellos ni siquiera han sido capaces de tolerar que se les respondiera con el más civilizado de los recursos: la ironía. Basta pensar en las desafortunadas declaraciones del ex presidente Fernando de la Rúa, cuando al cabo de un gobierno lleno de deficiencias culpó de su fracaso a la imitación que de él se hacía en el ciclo televisivo de Marcelo Tinelli.

“Como es natural, el humor político floreció en las épocas de gobiernos democráticos que, con ganas o sin ellas, debieron permitir el chiste (muchas veces vitriólico) sobre los momentáneos dueños del poder”, apunta Salas.

Y ahora, la Justicia les recuerda que no podrán dejar de permitirlo, ya que para los camaristas Eduardo Zannoni, Fernando Posse Saguier y José Luis Galmarini, “la burla, el humor, la caricaturización de personajes, forman parte de la vida diaria” y “tanto el ciudadano común, cuanto el hombre público (el político, el juez, el deportista, el artista” están acostumbrados a las bromas y hasta la ridiculización de los actos y costumbres de los personajes públicos”. Bravo, por esos jueces que entendieron que “el humor, el chiste (…) constituyen una de las más elevadas formas de expresión espiritual” y que reivindican a “la sátira como género o forma de expresión periodística”. Después, si alguien se excede y cae en el delito de injurias o calumnias, eso será objeto de otro pleito y otro análisis.

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