De la tensión bélica sudamericana a la derrota de la derecha española
*El punto en común entre el sorprendente desenlace de la Cumbre del Grupo Río conjurando el riesgo de una guerra entre Colombia, Venezuela y Ecuador, y el resultado de las elecciones en España es el triunfo de la moderación sobre las sobreactuaciones crispantes y las actitudes radicalizadas.
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Por Claudio Fantini
La cumbre del Grupo Río mostró la sorprendente variación climática que experimentó la crisis desatada por el ataque colombiano en territorio de Ecuador. La cumbre presidencial en Santo Domingo comenzó con el nivel de agresividad que reflejaba la situación de las fronteras, terminado en sorprendentes apretones de mano y promesas de diálogo.
¿Qué fue lo que operó el aparente milagro? La omnipresencia invisible de Itamaraty. O sea la vigorosa y experimentada política exterior brasileña, solidamente apoyada por Chile y México, presionando a las partes enfrentadas para que moderen sus posiciones y den marcha atrás en el conflicto.
Está sofocante presión bien intencionada, se llevó a cabo desde un punto de equilibrio porque antepuso la urgencia de disipar el clima pre-bélico por sobre el afán condenatorio a las desmesuras de cada una de las partes. Y también por calibrar correctamente los errores de unos y otros.
El error de Alvaro Uribe es no reconocer límites en su guerra contra las FARC, por caso esos límites que imponen las fronteras entre los países. En este punto no podía haber dobles lecturas, porque un continente plagado de selvas con narcos, milicias, guerrillas y todo tipo de traficantes que desplazan entre los distintos países, permitir que un Estado ataque dentro del territorio de otro Estado, por condenable y apetecible que haya sido el blanco atacado implica abrir las puertas de la región al caos total.
Mientras que el error de Hugo Chávez es utilizar el drama de los rehenes para construir poder regional perjudicando al actual gobierno colombiano, al precio de favorecer una guerrilla envilecida y cruel como la de Tirofijo. Y también entrar en trance histriónico empujando una crisis entre dos países hacia el abismo de una guerra regional.
En la reunión de emergencia de la OEA ya se vio que la presión encabezada por Brasil estaba dando resultado. A renglón seguido, en Santo Domingo, los protagonistas de las crisis aceptaron ceder en sus posiciones. Uribe cedió al comprometerse a no volver a incursionar en territorio ajeno, recibiendo a cambio que no se condenara a Colombia; y Chávez fue obligado a poner fin abruptamente al cerco que estaba tendiendo velozmente sobre Colombia para aislar regionalmente a Uribe, recibiendo a cambio el compromiso de Uribe y la ausencia de recriminaciones públicas a la desmesura con que manejó el conflicto.
El presidente que no estuvo presente en la Cumbre de Río, fue precisamente el principal hacedor del tranquilizador desenlace: Luis Inacio Lula da Silva. Su acierto fue actuar desde los canales invisibles de la diplomacia, y no desde los escenarios espectaculares de la política. Actuó en silencio y con el objetivo de que la gestión tenga efectividad, y no haciéndose propaganda con el objetivo de ganar ovaciones y reconocimientos.
Lula actuó con moderación para imponer una solución moderada. Y lo logró. Por lo que cabe esperar que mantenga tal protagonismo porque, si bien se salió del pico de tensión, la región aún está en situación de crisis.
El mensaje de las urnas fue claro y contundente: España ya no quiere un escenario político crispado por exacerbadas confrontaciones, sino una política serena, desdramatizada, o sea más acorde con la situación que vive el país y que en nada justifica el ejercicio de la histeria.
Desde esta posición, en definitiva basa en la sensatez y el sentido común, es lógico que Rajoy haya fracasado en su segundo intento de gobernar. Fracaso que es consecuencia de su error al calibrar el discurso opositor durante estos cuatro años de gobierno socialista. El de Rodríguez Zapatero no ha sido un gobierno deslumbrante, plagado de resonantes éxitos, pero ha sido un buen gobierno. O por lo menos estuvo muy lejos de parecerse al gobierno pésimo que Rajoy describió arrastrando a España hacia oscuros cataclismos.
Como en la generalidad de los países, un gobierno medianamente bueno en una situación estable recibe del pueblo un permiso al segundo mandato, en tanto y en cuanto no aparezca en la oposición una figura rutilante capaz de seducir y deslumbrar electorados.
Obviamente, Rajoy no tiene esas dotes seductoras; falencia que se agrava si, para subsanarla, se recurre a un confrontacionismo histérico que, cada dos por tres, pone al país en trance catatónico.
Si bien dentro del Partido Popular Rajoy representa moderación y pragmatismo, como líder opositor ejerció siempre una crítica exacerbada en la que primó la descalificación por sobre el argumento y la propuesta.
No fue la forma de gobernar de Rodríguez Zapatero sino la modalidad opositora de Rajoy la que crispó el escenario político, haciendo que España sufriera permanentes e injustificadas convulsiones.
El gobierno socialista cometió errores, como actuar con credulidad frente a ETA y con excesiva flexibilidad frente al nacionalismo catalán en el debate sobre el estatuto autonómico; pero la oposición conservadora sobreactuó su crítica presentando tales fallas como las causas de inmediatos cataclismos.
La escena más histérica de su oposición radical se vio en el tema ETA. Rodríguez Zapatero se excedió en optimismo al creer que los etarras estaban dispuestos a dejar la lucha armada. No sólo creyó por demás en sus turbios interlocutores, sino que comparó mal el separatismo terrorista vasco con el independentismo irlandés liderado por Martin McGuinnes y Gerry Adams.
Las diferencias entre el IRA y la ETA son tan oceánicas como las de sus respectivos brazos políticos, el Sinn Fein y Batasuna, por lo tanto el camino negociador que eligieron los irlandeses para pacificar el Ulster no puede ser calcado para el caso vasco.
A pesar de su violencia excesiva y a veces indiscriminada, el IRA no alcanzó los niveles de criminalidad de la ETA, ni se convirtió en una mafia como el terrorismo vasco. Además, el Sinn Fein, que significa Nosotros Mismos, no puede compararse con la baja estofa de Batasuna y sus antecesores como voceros políticos de los etarras.
Pero el optimismo excesivo y el error de hacerlo público que cometió Rodríguez Zapatero, no revistió la gravedad que expresaba la crítica histérica de Rajoy, quien además olvidaba que también el liberal Adolfo Suárez y el conservador Aznar habían tendido líneas negociadoras para desactivar el terrorismo en una mesa de diálogo.
Los españoles votaron moderación; por eso Rajoy no pudo desbancar a Rodríguez Zapatero, y también por eso retrocedieron en las urnas todos los nacionalismos regionales que asumieron posiciones radicales.
El lehendakari Juan Ibarretxe, quien intenta llevar la autonomía vasca a los umbrales de la independencia, sufrió un durísimo revés electoral; igual que el nacionalismo radical en Cataluña.
El castigo de los votantes también golpeó fuertemente a Izquierda Unida, que bajo el liderazgo de Gaspar Llamazares había radicalizado su oposición parlamentaria, articulando contra Rodríguez Zapatero un discurso izquierdista casi tan crispante como el de Mariano Rajoy.
La derecha tuvo la oportunidad de recuperar el equilibrio perdido, pero Rajoy calibró mal su discurso opositor. Y en el duelo que se libró en las urnas españolas la moderación se impuso por sobre la desmesura y la confrontación.
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