El Brasileirao se convirtió en el nuevo destino para los futbolistas consagrados; el marketing y la TV son las claves del éxito.
No hace mucho tiempo, el fútbol árabe era un destino obligado para hacer dinero. Pero ahora se abrió otro mercado en Sudamérica. Brasil se convirtió en el país que eligen los grandes futbolistas para continuar sus carreras. Juan Román Riquelme, el último capitán de Boca, puede ser el próximo en aterrizar en este fútbol. Pero también hay otras figuras internacionales que dejan Europa para jugar en el país carioca.
A base de cheques, los brasileños disfrutaron del astro Ronaldo y de la joven estrella Neymar, que cobran 1,5 millones de dólares por mes. Los jugadores del Fluminense, Deco y Fred, reciben cerca de 375 mil dólares y el argentino Andrés D'Alessandro percibe de Inter de Porto Alegre 225 mil dólares.
Pero cada día llegan más estrellas al fútbol brasileño: a la mencionada negociación por Riquelme se le suman los recientes arribos del holandés Clarence Seedorf, quien a los 36 años dejó el glamour de Milán para jugar en Río de Janeiro por Botafogo; y de Diego Forlán, quien cambió el Inter de Italia por el de Brasil.
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¿Cuál es la receta para que los clubes brasileños piensen en repatriar grandes estrellas que juegan en Europa y puedan afrontar contratos con más de seis dígitos? El marketing y la TV son las claves. Desde hace unos años es común que las entidades se asocien con inversores privados, que ayudan a pagar los sueldos del plantel y auspician en la camiseta y en el estadio. Una figura de renombre garantiza espectadores, y éstos, visibilidad. Esa visibilidad hace rentable su inversión.
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La otra respuesta al poderío económico está en la televisión: la red O’ Globo abona US$ 500 millones por año para transmitir los partidos del torneo brasileño. Una cifra que triplica a la realidad del fútbol argentino.
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El movimiento generado por la próxima Copa del Mundo, sumado a los estadios remodelados y a una economía vigorosa le dará el último empujón al mercado brasileño. Entonces, el paradigma cambiará: Brasil, histórico exportador de talentos, sólo venderá cuando sea necesario. Y podrá disfrutar de sus cracks todo lo que quiera.
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