Diosa - Parte 2

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar. Primera entrega de un sabroso relato de modelos y empresarios.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.

Télam
Por Télam

La chica era hermosa. Descomunalmente bella.  Un hembrón infernal. Yo que la conocí, quisiera transmitir lo que uno sentía al verla y pienso en una mezcla digamos de esas morochas abundantes y generosas, no totalmente latinas sino bellezas universales, el rostro perfecto, seriamente sensual. Un cuerpo impresionante: más de un metro setenta. Todo bien y regiamente dispuesto, copioso y firme. Un lomo interminable, caderas anchas y poderosas. Sostenido todo en dos piernas larguísimas, torneadas y prietas de carne donde no sobra un pliegue. Pero sin duda y por eso vuelvo lo más notable era su cara, perfecta de madonna renacentista, y en ella una  mirada inquietante. Nadie pudo nunca permanecer ajeno a su presencia, estuviera  uno cerca o lejos de ella. Y si la diosa clavaba su mirada en un hombre…este se convertía en una mariposa a la que clavan en un álbum de coleccionista: allí te quedabas. Quietecito. Mientras ella lo dispusiera.


 


Su atractivo, el magnetismo que despedía era automático, nunca conocí una mujer que causara tal devastación masiva entre los hombres que estuvieran alrededor. En una reunión, una cena, una fiesta, vestida para jugar al tennis, en bikini, o vestida de largo. En cualquier situación, lugar o circunstancia, todos sabíamos que ella era el centro de nuestros pensamientos. Los hombres se rendían a sus pies sin siquiera pretender otra cosa. Las mujeres sabían,  simplemente sabían que ella era de otra galaxia. Ni pensar en competir o siquiera acercársele. Suspiraban por lo que no habían podido ser ni serían nunca.


 


Ella aceptaba como la Diosa que era el tributo que todo el mundo le rendía a diario. Irrumpió en la vida de los argentinos como una exhalación. Un cometa que se instaló en todas las pantallas, las revistas del corazón, las vallas publicitarias. El país estaba embobado con ella.


 


Había aparecido en Buenos Aires para la época de la crisis, año 2002 aproximadamente. Inmediatamente se hizo conocer. Participó de un programa tipo Gran Hermano de aquella época, donde se la vio balancear a la perfección la sensualidad de todo su accionar, el abierto desparpajo con que lucía sus encantos –y toda ella era encantadora y sublime- con algunos límites que la diferenciaban de la desesperada chabacanería de sus competidoras.


 


Fueron 85 días en que todo el mundo la vio comer, hablar, cocinar,  dormir, flirtear, besarse, acariciar y hasta compartir alguna escena amorosa y cuidadosamente audaz primero con uno y después con otro de los jóvenes de la “Casa”. Al final lo hizo con la última de las adolescentes que quedaban. Pareció que la devoraba cuando la atrajo hacia sí aparentemente desentendida de las cámaras. Una mantis poderos, madura, irresistible. Aquellas escenas de amor últimas desencadenaron la locura colectiva y el desenfreno admirativo. Su sensualidad se instaló en la ciudad como un halo húmedo, ligero y contagioso pero imposible de resistir.


 


Nunca olvidaba la cámara. Eso hablaba de un profesionalismo que pudo haber dado una clave a quienes miraban el programa. Jamás olvidó donde estaba,  ni dejó de actuar para el público. Nada de efecto acostumbramiento a la cámara o la convivencia forzada con los otros palurdos, ni de relajar la autodisciplina. Se había propuesto seducir a un país y lo logró con un férreo control de sus emociones durante casi tres meses. Su cuerpo fenomenal ayudó, claro está. La torpeza infantil de sus competidores y “compañeros de la Casa”, colaboró en su fácil triunfo, por supuesto. Pero la clave estuvo en su mente siempre enfocada al objetivo, al que se había fijado y al de la cámara. Nunca un acto casual o una oportunidad perdida, nada dejado al azar. Hasta cuando dormía y se acaloraba, la manera en que la sábana caía casualmente, dejando ver aquellos muslos interminables, los pies siempre perfectamente cuidados parecía que algún director interior la estuviera previniendo, preparando para que la escena fuera reveladora de la incandescencia, la fuerza sexual y al mismo tiempo tierna que llameaba en su interior. Y si la cámara subía hacia su rostro dormido, encontraba un mechón de pelo oscuro que le cruzaba la mejilla de manera audaz, una sonrisa que aunaba delicadeza, juventud, inocencia. Quizás soñaba -¿y con qué sería?-. Indefensa y vital, aún en esos momentos recogía de los televidente un afán que los dejaba sin aire… sin olvidar que en aquel trayecto desde la sábana caída hasta el rostro sugerente, había que pasar por el torso donde muchas veces el bretel de la breve ropita que lucía se había corrido y una curva generosa dejaba ver el pezón oscuro, pequeño, turgente. Quizás, a veces, con un movimiento involuntario, dormida, dejaba lugar sólo un instante para aquella visión alucinante. Suave, casual, firmemente abría la ventana para cerrarla y subir el suave tejido, inconsciente en su sueño, dejando al espectador con una visión rápida, escasa, mortificante de aquellos tesoros.


 


Ya mucho antes de que ganara el Concurso, tenía todo tipo de propuestas profesionales. Las acogió con sorprendente madurez. No se abalanzó como harían otras antes que ella, y después. Fue prolijamente escasa, siguió siendo un bien deseado porque era trabajoso conseguirla, había que buscar para poder verla en la televisión y las revistas aún depués de que saltara a la fama.


 


Se fue labrando un prestigio, una imagen pública en que se aunaban desparpajo juvenil, la atracción puramente sexual que despedía con naturalidad, innata elegancia que le permitió modelar para modistos de alta gama, y una personalidad muy atrayente.


 


Fue evidente desde el principio que era de otra clase. Paula Alarcón no iba a ser una más de aquel montón de modelitos, pura carne amontonada, miradas grotescamente sugerentes, falsa audacia, grito histérico y besitos grotescamente lésbicos con un ojo para el público. No iba a ser una de aquellas, elevadas, usadas y olvidadas, devoradas por el sistema en el año calendario de la TV, de abril a noviembre.


 


Hizo, eso sí la “carrera de honores” que corresponde a las que se encumbran por los carriles de la fama: tras aquella “Casa” que la dio a conocer participó en programas de chimentos aunque como se apuntó más arriba, accedía a muchas menos invitaciones de las que le formulaban. Se diría que se preservaba, controlaba su ascenso meteórico para no aparecer devorada por las llamas poco después. Manejaba sus tiempos.


 


Incursionó enseguida en la actuación: participó en varios unitarios, colaboró con alguna novela. Estas resultaron actividades en que destacó poco. Fue la cara de una tienda española de ropa femenina que se radicó en el país al año siguiente, lucía vestidos de día y de cama, su cuerpo esbelto y cada vez más sugerente descansaba sobre el capó de autos deportivos europeos, seducía desde vallas que promocionaban perfumes o champagne. Encarnó, mientras estuvo en la mirada pública una mezcla perfecta y explosiva de categoría y clase, con una sensualidad irrefrenable.


 


Paula tuvo una carrera meteórica y en dos años era una de las referentes importantes del glamour argentino. No se conocían detalles de sus amores no porque no los tuviera o los ocultara sino porque no hacía gala de ellos. Salió primero con un productor de TV, separado y mayor que ella. Después con un jovencito desconocido aunque de familia importante fuera del ambiente del “show business”. Por último empezó a salir con regularidad y se declaró de novia. Viajó de vacaciones al Caribe, o a modelar en Europa con un hombre decididamente mayor, pasados largamente los 50 años, rico y dueño de un multimedia, soltero de toda la vida. El “Negro” Mansilla Dorticós estaba orgulloso de su adquisición. Aunque jamás osaría hablar de ella en esos términos, el respeto que sentía hacia Paula lo hubiera impedido. Estaba enamorado de ella.


 


El Negro se ajustaba casi totalmente al patrón de los que “se llevan” a las beldades para su casa: enormemente pudiente y poderoso, mayor, sólido, estable, inteligente. Nunca había estado casado y ahora quería tener un heredero. No sólo –se decía a si mismo- para tener alguien a quien dejarle su imperio. También quería incorporar la dimensión de la ternura que nunca había sido una emoción presente en su vida: era un hombre que se había hecho sólo y desde muy abajo. Para lograr tal  cometido había que tener, o forjarse un corazón de piedra. Mansilla Dorticós lo había hecho. Nada se había interpuesto eficazmente entre su arranque en la vida, muy lejos de la pole position y el objetivo final de poder, riqueza, control y dominio. Todos los obstáculos habían sido barridos con energía demoledora e inteligencia al servicio de su pasión de crecer y prosperar. Así que cuando le llegó el momento de cierta paz en las alturas, sus empresas bien consolidadas, cuentas en Suiza que le garantizaban seguridad para siempre, dominio de los poderosos políticos de turno, vinieran de donde vinieran, quiso más. Y lo que quiso era una familia.


 


Entretanto Paula seguía su carrera. Su posición estaba firmemente cimentada en el panorama nacional de las modelos. No era “top top”, las había más novedosas, más osadas, más clásicas. Pero nadie podía prescindir de su presencia. Y cada día estaba más linda, su cuerpo nunca dejó de volverse más y más sensual aún cuando protagonizara escenas o publicidades que no requirieran específicamente aquel componente. Paula era sin duda una de las jóvenes más atractivas del panorama artístico y de los famosos de aquellos primeros años del siglo.


 


Su oficialización, el momento consagratorio como figura de importancia fue la invitación a los dos programas clásicos de siempre y toda la vida: el de almuerzos y aquel otro en que la Gran Diva Argentina se sienta en el sofá con su invitada y le pregunta lo que todos queremos saber y sólo ella logra –a veces- averiguar.

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