Diosa - Última parte

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.

Télam
Por Télam

Una anciana desastrada, casi completamente canosa con mechones de pelo que lucían restos de tintura. Los ojos, dos cristales secos pequeños y  hundidos en bolsas negras dentro de las escuálidas mejillas. De los antebrazos colgaban carnes fláccidas como pantallas agitadas al viento, visibles cuando quiso apartar con gesto huraño y ácido a un reportero que se le acercó. Le faltaban algunos dientes, y los que quedaban estaban amarillos, opacos. La boca pequeña y sumida, se perdía entre los pliegues de la cara arrugada. La mandíbula inferior muy retraída. Las encías invisibles.
Cubría la cabeza con una pañoleta desteñida que sólo añadía a la imagen de edad, senectud y decaimiento.

La pollera, la misma coqueta minifalda con la que había sido secuestrada dejaba ver las piernas todavía largas, pero celulíticas y varicosas. Por encima algún rollo de carne que sobresalía del abdomen, aquella pancita adorada poco antes.

Los pies la sostenían a duras penas, ya no trabajados y cuidados sino algo deformados y con sabañones que se habían ensañado con ellos en la humedad del sótano-celda durante aquellos meses.
Cuando habló y pidió que la dejaran pasar para ir a su casa, la voz sonó rasposa, quebrada, vieja. Era su voz.

La noticia de su regreso dio vuelta al país. Y cuando Paula llegó a casa, el Negro recibió a una anciana de pelo blanco y carnes fláccidas. No a su Paula, claro. Hizo un noble esfuerzo y la abrazó. Pero no la retuvo mucho tiempo. La miró con detenimiento y no la reconoció. Estaba preparado para verla decaída, siempre sucede tras un secuestro y más uno tan largo. Lo habían prevenido.

Pero esta no era su mujer.

No la habían torturado, ni golpeado ni tratado particularmente mal, pero nadie se había ocupado de ella. Cientos de manos serviles y trabajadoras que debían haber laborado constantemente sobre la diosa, habían dejado de hacerlo durante cuatro meses.  Había bajado 12 kilos, y se notaba en todas partes, el envoltorio grande sin nada que lo rellenara. Mucho pellejo sin contenido. Habían pasado meses sin vitaminas, tónicos, tratamientos, gimnasia, cirugías, odontólogos, dermatólogos, personal trainers, blanqueadores de dientes o lámparas bronceadoras. Nada quedaba de aquella gloriosa turgencia que brotaba desde los labios hasta los muslos, ahora bien claro su origen químico y artificial. Las tetas caídas, la cola sin forma, los labios vacíos, los ojos sin brillo. ¿Todo esto podía ser fruto de aquel secuestro prolongado? Y aún si lo fuera cabía la pena y la comprensión o el Negro debía dejarse llevar por el rechazo que le provocaba la extraña que tenía enfrente?


 


En los días que siguieron, previos al final ya previsible Paula intentó arreglar-se, se tiñó el cabello apresuradamente, se pintó los labios, trató de sonreir, ahora con ventanas entre los dientes otrora perfectos, hizo lo que pudo. Pero era tarde para todo y no hubo tiempo para nada.
Poco tiempo después terminaron las especulaciones de expertos y enterados: el sufrimiento del secuestro prolongado puede demacrar a cualquiera, pero aquello era inconcebible. Nada podía justificar el  que se hubieran llevado a una joven llena de vida, una estatua viviente, una mujer firme y abundante y devolvieran aquella ruina. No había sido maltratada más allá de la situación en sí. Comenzaron las habladurías. Una de las amigas de Salustio habló para una revista. No fue importante lo que dijo porque la lasciva rubia que había conocido a “Paula” en aquellas veladas orgiásticas en la clínica, había hecho el amor a la belleza más codiciada, no había sabido nunca la verdad clave, la edad. Pero se publicitó lo que había cobrado por la entrevista. Y una de las enfermeras asistentes al “parto” se vio tentada. Contó lo que había visto.



Las dudas crecieron.  Todo se desencadenó.


Lo que le pasó a Salustio, no es de interés para esta historia y no lo conocemos en detalle.
Aún conociendo el nivel de desgracia, tristeza y tragedia que acarreó la conducta de Paula durante toda su vida, cabe preguntarse: ¿acaso hubiera podido hacer otra cosa? Antes, a los 24, 25 años cuando empezó a notar que no envejecía, que ya era un ser fantasmal cuya esencia difería de lo que veían los otros, a intuir en forma creciente que lo que ella era en sí y lo que era para los otros eran dos cosas fundamentalmente distintas. ¿Dañaba acaso a alguien? ¿O los hacía felices con su lozanía repetida e infinita? ¿Y después? Al casarse, y otorgar un hijo y la felicidad bien que breve y malhadada a su marido e hijo. ¿Acaso cabía alguna otra acción? ¿Acaso otra vida mejor podría haberse vivido con las cartas que le repartió el destino?


Al final la vida le había cobrado de pronto, al contado  y con intereses lo que toda mujer paga ineludiblemente en cuotas declinando gradualmente.

Son especulaciones. Reflexiones vacuas sobre lo que pudo haber sido.

Nuestra historia tiene un final triste. Los tres viven separados, nada los une ni siquiera una geografía común o un cielo protector. Horacio el Negro Mansilla Dorticós vive solo en el Country. Nada queda de aquel feliz esposo y breve padre de familia, ni siquiera del  anterior solterón divertido o envidiable sino un hombre solo, seco y desolado.


El bebé fue dado en adopción. Quizás hubiera sido elegante o literario o novelesco establecer que ella pretendiera criarlo luego de lo sucedido. Pero no fue así. Nadie lo quiso y ahora vive una vida que recién comienza, en lugar y circunstancias que no conozco.


Y Paula. Nuevamente declaro que se me pide la verdad y esta no es ni literaria, ni linda ni ocurrente. Vive en Tacuarembó, una ciudad hundida en un pozo de calor en el centro norte de Uruguay. Amancebada con un tambero de la zona, se ha dejado estar y nunca volvió de su avanzada madurez, casi ancianidad adquirida en forma demasiado temprana y súbita. Trabaja en las tareas de la casa y cuando termina mira mucho la televisión. No piensa en casi nada.


La caída había sido rápida.


Cuando llegó aquella tarde a su casa, Paula y Horacio cruzaron una mirada. La de él helada e inquisidora,  la de ella implorante. Esos días casi no hablaron. Podemos referir que después el Negro Horacio Mansilla Dorticós quiso estar seguro y no sabía a quien creerle: a la enfermera del parto o a la anciana que tenía al lado en quien no reconocía ya a su Paula. Hizo realizar un examen de ADN al bebé, que mostró que no era hijo suyo. Aún más interesante: tampoco lo era de ella.
Surgieron, incontenibles las preguntas.



Y bien se sabe: cuando aparecen las preguntas es porque ya se intuyen las respuestas. 

FIN

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