Diosa - Última parte
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
Una anciana desastrada, casi completamente canosa con mechones de pelo que lucían restos de tintura. Los ojos, dos cristales secos pequeños y hundidos en bolsas negras dentro de las escuálidas mejillas. De los antebrazos colgaban carnes fláccidas como pantallas agitadas al viento, visibles cuando quiso apartar con gesto huraño y ácido a un reportero que se le acercó. Le faltaban algunos dientes, y los que quedaban estaban amarillos, opacos. La boca pequeña y sumida, se perdía entre los pliegues de la cara arrugada. La mandíbula inferior muy retraída. Las encías invisibles.
Cubría la cabeza con una pañoleta desteñida que sólo añadía a la imagen de edad, senectud y decaimiento.
Cuando habló y pidió que la dejaran pasar para ir a su casa, la voz sonó rasposa, quebrada, vieja. Era su voz.
En los días que siguieron, previos al final ya previsible Paula intentó arreglar-se, se tiñó el cabello apresuradamente, se pintó los labios, trató de sonreir, ahora con ventanas entre los dientes otrora perfectos, hizo lo que pudo. Pero era tarde para todo y no hubo tiempo para nada.
Poco tiempo después terminaron las especulaciones de expertos y enterados: el sufrimiento del secuestro prolongado puede demacrar a cualquiera, pero aquello era inconcebible. Nada podía justificar el que se hubieran llevado a una joven llena de vida, una estatua viviente, una mujer firme y abundante y devolvieran aquella ruina. No había sido maltratada más allá de la situación en sí. Comenzaron las habladurías. Una de las amigas de Salustio habló para una revista. No fue importante lo que dijo porque la lasciva rubia que había conocido a “Paula” en aquellas veladas orgiásticas en la clínica, había hecho el amor a la belleza más codiciada, no había sabido nunca la verdad clave, la edad. Pero se publicitó lo que había cobrado por la entrevista. Y una de las enfermeras asistentes al “parto” se vio tentada. Contó lo que había visto.
Las dudas crecieron. Todo se desencadenó.
Lo que le pasó a Salustio, no es de interés para esta historia y no lo conocemos en detalle.
Aún conociendo el nivel de desgracia, tristeza y tragedia que acarreó la conducta de Paula durante toda su vida, cabe preguntarse: ¿acaso hubiera podido hacer otra cosa? Antes, a los 24, 25 años cuando empezó a notar que no envejecía, que ya era un ser fantasmal cuya esencia difería de lo que veían los otros, a intuir en forma creciente que lo que ella era en sí y lo que era para los otros eran dos cosas fundamentalmente distintas. ¿Dañaba acaso a alguien? ¿O los hacía felices con su lozanía repetida e infinita? ¿Y después? Al casarse, y otorgar un hijo y la felicidad bien que breve y malhadada a su marido e hijo. ¿Acaso cabía alguna otra acción? ¿Acaso otra vida mejor podría haberse vivido con las cartas que le repartió el destino?
Al final la vida le había cobrado de pronto, al contado y con intereses lo que toda mujer paga ineludiblemente en cuotas declinando gradualmente.
Son especulaciones. Reflexiones vacuas sobre lo que pudo haber sido.
Nuestra historia tiene un final triste. Los tres viven separados, nada los une ni siquiera una geografía común o un cielo protector. Horacio el Negro Mansilla Dorticós vive solo en el Country. Nada queda de aquel feliz esposo y breve padre de familia, ni siquiera del anterior solterón divertido o envidiable sino un hombre solo, seco y desolado.
El bebé fue dado en adopción. Quizás hubiera sido elegante o literario o novelesco establecer que ella pretendiera criarlo luego de lo sucedido. Pero no fue así. Nadie lo quiso y ahora vive una vida que recién comienza, en lugar y circunstancias que no conozco.
Y Paula. Nuevamente declaro que se me pide la verdad y esta no es ni literaria, ni linda ni ocurrente. Vive en Tacuarembó, una ciudad hundida en un pozo de calor en el centro norte de Uruguay. Amancebada con un tambero de la zona, se ha dejado estar y nunca volvió de su avanzada madurez, casi ancianidad adquirida en forma demasiado temprana y súbita. Trabaja en las tareas de la casa y cuando termina mira mucho la televisión. No piensa en casi nada.
La caída había sido rápida.
Cuando llegó aquella tarde a su casa, Paula y Horacio cruzaron una mirada. La de él helada e inquisidora, la de ella implorante. Esos días casi no hablaron. Podemos referir que después el Negro Horacio Mansilla Dorticós quiso estar seguro y no sabía a quien creerle: a la enfermera del parto o a la anciana que tenía al lado en quien no reconocía ya a su Paula. Hizo realizar un examen de ADN al bebé, que mostró que no era hijo suyo. Aún más interesante: tampoco lo era de ella.
Surgieron, incontenibles las preguntas.
Y bien se sabe: cuando aparecen las preguntas es porque ya se intuyen las respuestas.
FIN
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