Eclipse de Lula
*Al asumir la presidencia de Ecuador, Rafael Correa otorgó un protagonismo casi excluyente a Hugo Chávez, exaltando sus políticas y su liderazgo a nivel regional, devaluando la presencia del presidente brasileño y otros mandatarios.
*Luces y sombras de un discurso emotivo, contundente y vigoroso.
Por Claudio Fantini
En rigor, su discurso de ayer fue mucho más radical que lo expuesto mediante su accionar concreto en toda su vida profesional y política. Lo que denunció en su discurso y los cambios prometidos reflejan una realidad indiscutible: la decadencia de clases dirigentes ineptas, corruptas y serviles, sumada a políticas excesivamente libremercadistas impuestas por Washington a través de los organismos multilaterales de crédito, dio como resultado el fortalecimiento de oligarquías económicas y el hundimiento en la miseria de vastos sectores de población.
Sin embargo, como visión unidimensional, oculta otras realidades también indiscutibles: la aplicación de políticas similares a las que se engloban bajo el rótulo de “neoliberal” dieron muy buenos resultados en países con clases dirigentes serias, inteligentes y capacitadas, que las aplicaron sin ortodoxias ideológicas y con responsabilidad social. Como ejemplo están España, Chile, Irlanda y Nueva Zelanda, entre muchos otros.
En Ecuador es indiscutiblemente necesario terminar con las burocracias partidarias que debilitaron la democracia, con la oligarquía que se nutre de la desigualdad y con la dolarización que dejó la economía sin capacidad de producción. La cuestión es hacerlo sin imitar el modelo ruso de autocracia con estatismo y capitalismo corporativo que Chávez introdujo en Latinoamérica.
Es posible que Correa logre las profundas reformas económicas, políticas y sociales que Ecuador necesita, sin amenazar el pluralismo y la iniciativa privada. Tal vez, el protagonismo que le dio a Chávez eclipsando al propio Lula en el firmamento latinoamericano haya sido el pago por la millonaria colaboración a su campaña electoral. Y sobre todo, la forma de garantizarse una promesa que hizo Chávez y que para la economía ecuatoriana sería una bendición: destilar a bajísimo precio en refinerías venezolanas el petróleo de Ecuador.
Siendo el quinto productor regional de crudo, Ecuador exporta petróleo pero importa la nafta y los demás combustibles que utiliza, porque no tiene refinerías. Si Chávez cumple, el gobierno de Correa puede alcanzar el superavit que necesita para cumplir sus promesas. O sea que en Caracas está buena parte de la posibilidad de que Rafael Correa logre que no lograron los gobiernos anteriores: cumplir lo prometido en la campaña electoral.
En las tres últimas décadas, la clase dirigente ecuatoriana mostró su decadencia con gobernantes ineptos, o corruptos, o pusilánimes, o serviles o todo eso junto. Sólo el socialdemócrata Rodrigo Borja hizo una gestión medianamente respetable. Los demás, desde León Febres Cordero a Lucio Gutiérrez, pasando por Sixto Durán Ballén, Abdalá Bucarán, Jamil Mahuad y Fabián Alarcón, aportaron su mediocridad para profundizar la desigualdad social y la debilidad económica de Ecuador.
Correa está obligado a devolver autoridad y respeto a la autoridad presidencial, sin caer en el extremo de la autocracia ultrapersonalista. Sus libros, su trayectoria académica y su paso por la función pública revelan que tiene condiciones para lograrlo.
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