El aliento de Dios - Capítulo 2
*Por Dumas.
A veces, las cosas que uno cree son las mas sencillas resultan las mas complicadas.
Debería haber sido una mañana común para mí: camino a dar mis clases al colegio, me cruzo con el mendigo de los gatos, le ofrezco mi ayuda, y la vida sigue su curso.
Pero no fue así. Sintiéndome un traficante, portando mercancía ilegal, llegué al colegio con el paquete que el ciruja me dio, guardado en el interior de mi maletín.
No sé si mis alumnos notaron algo extraño en mí, pero las clases de aquella mañana me tuvieron desdoblados: una parte enseñaba física, la otra parte estaba hipnotizada con el contenido de mi maletín, que descansaba sobre el escritorio.
Casi no probé el almuerzo ni el café, esperando las horas de clases de la tarde. Nunca supe cuál fue el tema de conversación del resto de mis colegas, con quienes compartía la sala de profesores. Mi mente estaba en un solo lugar: adentro de mi maletín. Varias veces me contuve en abrirlo, y desenvolver el paquete de arpillera, pero un susurro racional me decía que mejor estar solo cuando llegara ese momento.
Las horas de la tarde fueron de plomo. Pesaban los minutos, y el tiempo parecía arrastrarse.
Por fin, ya en casa, encontré el momento: abrí mi maletín, y desenvolví el paquete con una curiosidad infantil. Me encontré con una pequeña caja naranja de rollo fotográfico.
Una Kodak, con letras impresas en francés. Made in Canadá. Abrí la caja, y apareció una larga tira de lo que parecían ser negativos de fotos.
Expuse los negativos bajo la luz de la ventana, y en un comienzo no comprendía lo que veía. Pero después sí: una serie de números, fórmulas y vectores. La silueta en blanco fantasmal de una persona. Imágenes de lo que parecían ser artefactos eléctricos hogareños. Más fórmulas matemáticas. Un automóvil en una ruta. Y en la última diapositiva, la imagen en negativo de un gato.
¿Qué era lo que estaba viendo? La única forma de aclarar un poco aquellas imágenes era revelar los negativos. Los llevé a la casa de fotografía del centro, y me entregaron las fotos dos días después.
Poco importa lo que sucedió hasta que tuve en mis manos las fotos reveladas: una noche de insomnio, una visita a la casa de Gladys, a quien le comenté mi encuentro frustrado con el ciruja y su risueño reproche de "ya te lo había dicho yo, samaritano". Pero ninguna referencia a los negativos.
Pasé por las fotos después de clases. Y estuve hasta pasada la medianoche observándolas. En blanco y negro y un algo deterioradas, encontré un patrón: las fórmulas y los vectores correspondían a una teoría aplicada en los objetos que aparecían en el resto de las fotos. No tan rápido como te lo cuento llegué a esa conclusión: el primer camino que tomé fue el de interpretar las fórmulas, y siempre terminaba en un mismo punto: esas ecuaciones hacían alusión a un tipo de energía.
No era una energía común, los resultados no concluían en una energía conocida. Pero ahí estaban las otras fotografías: una licuadora hogareña en funcionamiento, un televisor encendido, toda una habitación iluminada con lámparas incandescentes, un automóvil circulando por una ruta rural.
Había una conexión, y yo no terminaba de vislumbrarla: sea como fuere, todos ésos artefactos eran propulsados por la energía a la cual las fórmulas hacían alusión.
Pero, ¿De qué energía se trataba? Eléctrica, no era. Energía solar tampoco. Ninguna ecuación llevaba para ése lado.
Hipnotizado como estaba, tardé en prestarle atención a dos fotografías en particular, que en un principio no decían nada para mí: una, la del gato sorprendido en su modorra. La segunda, aquella en la que se veía a un hombre vestido con un guardapolvo blanco, sonriendo a la cámara, fotografiándose a su vez.
Era difícil de creer, pero aquel rostro, sin una barba desprolija y sucia, una cara cuidada como se la veía en la foto, era la cara del mendigo de los gatos. Un poco más joven, puede ser, pero los mismos rasgos, la misma mirada (que aún en blanco y negro, yo veía de un azul muy profundo), las mismas cejas, la misma sonrisa...
Notablemente bordado en el pequeño bolsillo del guardapolvo a la altura del corazón, se leía un nombre: Gennes.
Un minuto después, tecleaba aquél bordado en un buscador de internet.
Dumas
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