El asesinato de Benazir Bhutto y las sombras que oscurecen Pakistán
* La ex primer ministra era una pieza clave en la transición democrática que tan dificultosamente intentaba abrirse camino.
*El rol del fanatismo ultraislamista y el plan de instaurar en Pakistán el modelo del talibán afgano.
Era una pieza clave en la transición del autoritarismo a la democracia que se intentaba en Pakistán. Por eso la muerte de Benazir Bhutto deja el tablero político sin su pieza fundamental.
Estaba en la mira de los ultra-islamistas vinculados con Al Qaeda, porque ella lideraba el principal partido secular del país. Además, era la hija de Zulfikar Alí Bhutto, el líder nacionalista que colaboró con Mohamed Jináh en la creación de Pakistán como un país de musulmanes pero con Estado laico, allá por 1947 cuando concluyó el dominio colonial británico y se dividió la India.
El padre de Benazir había gobernador Pakistán desde los valores seculares. Por eso su derrocamiento y ejecución por parte de Zía Ul Haq implicó una dictadura que favoreció a los partidos ultra religiosos.
La bella hija de Zulfikar Alí Bhutto heredó el liderazgo del partido del Pueblo Paquistaní (PPP) y con esa fuerza política colaboró en la transición democrática que sacó al país de la dictadura del general Zía.
Los dos gobiernos que encabezó, entre las décadas del ochenta y del noventa, fueron respetuosos de las libertades públicas y del Estado de derecho, pero estuvieron manchados por resonantes casos de corrupción, algunos de los cuales involucraban al marido de la primer ministra, quien hacía negocios a la sombra del poder de su esposa.
Cuando Pervez Musharraf dio el golpe de Estado derrocando al gobierno del primer ministro Nawaz Shariff, además de suspender libertades y derechos, inició una persecución judicial con tintes políticos que empujaron al destierro al derrotado Shariff y también a Benazir Bhutto.
El régimen de Musharraf colaboró con la invasión de la OTAN al territorio afgano y también, al menos teóricamente, en la lucha contra el talibán y Al Qaeda dentro de Pakistán.
Pero jamás fue un régimen confiable y lo demuestra el hecho de que Abdel Karim Kan, el científico que creó la bomba atómica pakistaní, le vendió secretos nucleares a los norcoreanos.
Además, las organizaciones ultra islamistas y sus brazos terroristas no sólo no fueron erradicadas, como prometía Musharraf, sino que en estos años incrementaron su influencia y poderío.
Si bien los paquistaníes son mayoritariamente partidarios de un estado laico, una de las etnias más importantes, la pashtún (o patán), por algunas características culturales fue siempre tierra fértil para la siembra de los predicadores de fanatismo y jihad.
Los pashtunes se extienden desde el Oeste de Pakistán hasta el centro y sur de Afganistán, donde son el mayor grupo étnico y el sector del pueblo afgano que engendró al talibán.
Por eso en las regiones del Oeste pakistaní, como Baluchistán y Waziristán, son fuertes los partidos extremistas como el Jamiat Ulema e Islam, y también las organizaciones violentas como Harkat Ul Jihad e Islami y Jaish e Mohamed.
Esos grupos seguían la doctrina deobandi, una de las vertientes teológicas más radicales de Asia Central, que difundía el maulana Abdulá Ghazzi, cuyos hijos, Abdul Aziz y Abdul Rashid, protagonizaron meses atrás la rebelión de la Mezquita Roja de Islamabad.
Los fundamentalistas que se atrincheraron en el complejo de templos y madrazas sabían que todo terminaría como terminó: en una masacre. Pero apostaban a que esa sangría intensificaría la jihad (guerra santa) de los ultra islamistas contra el dictador Musharraf y también contra los liderazgos democráticos que, como Benazir Bhutto, trabajaban por mantener al estado dentro del laicismo y la secularidad.
Los líderes de la Mezquita Roja, así como los fundamentalistas pashtunes de Baluchistán y Waziristán, tienen por objetivo instaurar en Pakistán la sharía (ley coránica) y un régimen político-religioso inspirado en el modelo del emir Omar y su milicia talibán.
Por eso estas organizaciones eran aliadas de Al Qaeda y proclamaban a los cuatro vientos su intención de asesinar a Benazir Bhutto, y posiblemente fueron las que enviaron los dos suicidas que se detonaron tiempo atrás en el acto popular de Karachi, donde mataron decenas de personas pero no alcanzaron a la líder del PPP.
Aquella primer masacre fue uno de los pretextos del general Musharraf para justificar la regresión autoritaria mediante la cual, durante tres semanas, censuró la prensa crítica y persiguió a todos los que cuestionan su régimen, incluida los ex primer ministros Benazir Bhutto y Nawaz Shariff.
Por eso es posible que el magnicidio perpetrado en Rawalpindi vuelva a ser utilizado por Musharraff como pretexto, esta vez para poner fin a la tímida transición democrática que a regañadientes permitía.
Está claro que Musharraff teme que, reinstaurado el estado de derecho, sus ex perseguidos se convierten en sus perseguidores, y él deba terminar riendo cuentas ante un tribunal por los actos de su régimen.
También está claro que la rebelión de la Mezquita Roja fue un punto de inflexión en la historia de la lucha entre laicos y fundamentalistas.
Por esos es imposible descartar que, detrás de los atacantes suicidas y probablemente sin que ellos y sus jefes fundamentalistas lo sepan, hayan estado los brazos ocultos de los tenebrosos servicios de inteligencia: el SIS y la Mujabarat.
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