El basurero - Capítulo 3
*Por Dumas.
Capítulo 3.
Estuve encerrado en casa durante dos días. Escribiendo.
Bueno, en realidad estuve encerrado dos días en casa.
No fue lo espaciosa de la casa lo que me hizo decidirme a alquilarla, sino un
pequeño sótano al que se accede por una puerta de madera y bajando una escalera de
tres escalones. Era el sitio ideal para que alguien como yo se aísle del mundo a
reinventar uno nuevo.
Durante dos días estuve encerrado allí. Apenas yendo a la habitación para ensayar
una siesta.
Es cierto, escribí, pero nada de todo lo que escribí durante esos dos días
sobrevivió. Fueron cerca de cien páginas que literalmente fueron a parar al tacho de
basura. Junto con las colillas de cigarrillo.
Comprendí que estaba engañándome a mí mismo, no estaba escriviendo, estaba
escapando. Escapando de la imagen que se me había pegado a la memoria: la de una
anciana arrojada al interior de un camión de basura. Nunca supe de un lugar donde el
basurero se llevara gente, y encima que eso fuera algo normal.
"El basurero siempre se lleva todo lo que sirve".
Esas palabras eran un martilleo en mi cabesa. Un martilleo que yo quería acallar con
otro martilleo: el del teclado de mi máquina de escribir.
Durante dos días estuve haciendo un simulacro de escritura, sólo para huír de una
realidad que no alcanzaría a comprender nunca.
¿Habían sido dos días de trabajo perdido?; posiblemente, sí. Aunque, nunca tuve
problemas con el tiempo para escribir: cuando me siento a escribir hago abolición de
relojes.
Pero algo era cierto: nada de todo lo que escribí durante esos dos días tenía que
ver con la novela que debía escribir. El basurero fue metiéndose en mi cabeza al
punto de convertir en hojas en blanco cerca de cien páginas escritas.
Volví a ver la luz del sol la mañana del tercer día, cuando decidí salir a comprar
algo de comida, y cigarrillos.
Salí de casa, cargando una bolsa negra donde descansaban los trozos de papel que
havían sido las páginas que rompí. Dejé la bolsa de basura dentro del canasto que
montaba guardia en la vereda de la casa, y caminé rumbo al centro del pueblo.
Tal vez era mi imaginación, pero al llegar a la esquina, comencé a escuchar una
melodía donde los timbales marcaban el ritmo de la orquesta.
Una voz femenina hablaba sobre la pollera amarilla que se bamboleaba al compás de la
cumbia.
En otras circunstancias, hubiera cruzado la calle al llegar a la esquina; pero no pude.
Allí estaba otra vez, el basurero, estacionado a mitad de cuadra doblando a la derecha.
Pude ver como el sujeto delgado cargaba con una enorme bolsa color violeta sobre sus
hombros, y no sin esfuerzo la arrojaba al interior de la caja del camión.
Con una tarea mas liviana, digamos, el segundo sujeto (el más obeso de los dos)
cargaba con el cuerpo de un niño bajo el brazo. El pequeño se sacudía intentando
escapar de la trampa que era el señor de la basura, pero fracazaba en todas las
formas..
Detrás de todo éste cortejo, de la misma casa salió un hombre: metido en una bata
color bordó, fumando pipa, y vociferandole al niño: "¡Ahí tenés, lo que te merecés
por mocoso maleducado!".
Dumas
Contacto: [email protected]
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