El desopilante duelo entre Chávez y Uribe en el escenario de los rehenes de las FARC

*Finalmente, la guerrilla colombiana entregó al presidente de Venezuela las rehenes que le había quedado debiendo en Villavicencio y Chávez volvió a protagonizar el héroe. Una pelea inescrupulosa y titánica en la que ninguno de los dos se da por vencido.

El duelo tiene la espectacularidad kitch de esas peleas creadas por el cine, en la que ambos contendientes caen una y otra vez pero siempre vuelven a levantarse para poner entre las sogas al rival.


 


Desde que la presión de Francia puso a los presidentes de Colombia y Venezuela a competir por el “trofeo Ingrid Betancourt”, como en esas peleas cinematográficas intercambian golpes de impactante grandilocuencia, caen o van contra las cuerdas, pero luego giran, escapan al acoso y vuelven a contraatacar.


 


Alvaro Uribe pareció vencido cuando Nicolás Sarkozy lo obligó a aceptar la gestión de Hugo Chávez para liberar rehenes de las FARC. Sin embargo, sorpresivamente soltó sobre su rival el golpe de cortar esa gestión que el hombre fuerte de Caracas manejó desde un principio con un afán propagandístico desmesurado.


 


No tardó en comprender que había cometido un gigantesco error, porque el interés de Chávez y Tirofijo por acordar entre ellos la liberación de rehenes es inversamente proporcional al apoyo que Uribe le brinde a ese acuerdo.


 


O sea, mientras más se oponga el líder conservador colombiano a un  acuerdo Chávez-Tirofijo, más cotiza para estos dos el logro de ese pacto, ya que más dañará la imagen del “villano neoliberal de Bogotá”, archirival de Chávez y archienemigo de Tirofijo.


 


Por eso, las tratativas entre Caracas y la guerrilla se intensificaron y aceleraron tras la prohibición intentada por Uribe. Tanto que Chávez estuvo a punto de noquear a su rival, a quién había arrinconado con la andanada de golpes que estuvo a punto de derribarlo en Villavicencio.


 


Tan confiado estaba el exuberante líder caribeño de mandar a la lona al último exponente neoliberal exitoso de la región, que planificó una escena final de imponente magnificencia, aunque el afán de espectacularidad lo llevó a traspasar la frontera del ridículo en una escena que también ridiculizó a quienes (como Néstor Kirchner) participaron del acontecimiento.


 


Parecía un triunfo electrizante, pero sorpresivamente se agregó un acto de connotaciones surrealistas: ante la perplejidad de todos los que estaban en Villavicencio, aterrizó Uribe y descargó sobre su estupefacto rival el anuncio de que no habría liberación de rehenes porque las FARC no tenían a Emmanuel, el niño cuyo nombre utilizó Chávez con afán de rimbombancia para bautizar la frustrada operación.


 


¿Realmente el gobierno colombiano se enteró tan a último momento de que Emmanuel estaba en un instituto estatal? ¿O fue que Uribe calculó el modo de causar a Chávez y los gobiernos que lo acompañaron en su aventura rescatista el máximo daño posible?


 


El hecho es que, en el escenario de Villavicencio, el espectáculo tuvo un giro inesperado en el que Uribe arrebató a Chávez el superprotagonismo que le daba la escena que, en rol de reggiseur, había preparado con tanta magnificencia.


 


Ni aún vencido  


 


Pero en esta pelea el que cae jamás se queda en la lona. Siempre se levanta antes que la cuenta llegue a diez y eso hizo Chávez, un hombre que se repliega pero que no baja los brazos ni se rinde.


 


Lo demostró al deponer su rebelión golpista contra Carlos Andrés Pérez, pero diciendo “por ahora”. Volvió a evidenciarlo al regresar de Santiago de Chile con la marca de la bofetada que le dio el rey Borbón, iniciando de inmediato una sofocante presión sobre las empresas españolas instaladas en Venezuela. Y reincidió al anunciar que volverá intentar la reforma constitucional y calificar al de la oposición como “triunfo de mierda”, opacando la impecable aceptación inicial que tuvo de su derrota en el referéndum.


 


También en este caso, el líder bolivariano evitó darse por vencido y retomó la iniciativa, logrando finalmente que Tirofijo entregue las rehenes que le debía.


 


El ala dura del gobierno colombiano, que lidera el canciller Fernando Araujo y que refleja el sentimiento oculto del presidente, de buena gana hubiera saboteado la liberación de Rojas y Perdomo. Pero este sector, que mostró sus bajos instintos políticos ni bien fracasó la operación en Villavicencio, fue desplazado por el ala blanda, encabezada por el comisionado Carlos Restrepo y partidaria de no exponer la vida y la libertad de las rehenes por razones políticas.


 


Por cierto, la liberación Clara y Consuelo respondió a los afanes propagandísticos chavistas. De hecho, Chávez retomó las cámaras y los micrófonos ni bien recibió las coordenadas, volviendo a la sobredosis de espectacularidad cuya explicación es exclusivamente política y en absoluto humanitaria.


 


Como en cada una de sus sobreactuaciones, la región se dividirá entre quienes aplauden su protagonismo y quienes sienten escozor por la inescrupulosidad de hacer un espectáculo propagandístico sobre acontecimientos tan trágicos.


 


Al fin de cuentas, está claro que la única utilidad del viaje desde la selva colombiana a Venezuela, en lugar de dejar a las rehenes en su propio país, era mostrarlas junto al “gran rescatador” en la emocionante escena que se televisó al mundo.


 


Es de esperar que, a la hora de enfrentar los micrófonos y las cámaras, Consuelo y Clara se abstengan de criticar a quienes durante seis años las aprisionaron en la selva, además de cubrir de elogios al presidente de Venezuela y de críticas al de Colombia, ya que de otro modo pondrán en peligro a los rehenes que quedaron encerrados por las FARC en el corazón oscuro de la selva.

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