El instante final
*La ejecución en la horca le dio a Saddam Hussein la oportunidad de reemplazar la patética y deshonrosa postal de su captura, por la imagen que lo mostró en el patíbulo sin miedo, sin arrepentimiento y desafiante.
Por Claudio Fantini
Suponiendo que Bush hubiera hecho lo que no hizo, o sea presionar para que el ex dictador no sea ahorcado, el poder chiíta-kurdo en cuyas manos Estados Unidos dejó a Hussein hubiera intentado resistir esa presión por entender que no ejecutarlo habría sido una muestra monumental de debilidad.
En el Oriente Medio y gran parte del mundo musulmán, las ejecuciones son cotidianas y públicas. Incluso en países seculares, como Egipto, las sentencias están influidas por la sharía (ley coránica) por lo que impone castigos como la amputación de manos a los ladrones, siempre concretadas en plazas públicas y a la vista de la gente. Por lo tanto, el ahorcamiento de Saddam genera en Oriente Medio una sensación muy diferente a la que genera en Occidente. Y el proto-Estado iraquí que encabeza el chiíta Al- Maliqui siempre estuvo convencido de la necesidad política de mostrar a las comunidades que padecieron su opresión criminal (chiíta y kurda), así como también a las que se privilegiaron con su régimen (sunitas, caldeos, asirios y siríacos), el cuerpo de Saddam Hussein pendiendo de la soga fatal. Al fin de cuentas, así murieron todos los líderes iraquíes, con una sola excepción. El rey Faisal, que consiguió que Gran Bretaña le concediera la independencia a Irak, fue ejecutado junto al príncipe heredero y al primer ministro, por el movimiento nacionalista que abolió la monarquía y estableció la república. Del mismo modo murió el general Abdel Karim Kassem, el líder de la revolución republicana, cuando lo derrocaron los partidarios del partido Baas, y también así murieron los primeros presidentes baasistas, derrocados por intrigas y confabulaciones internas.
La única excepción fue el presidente Muhamad Hassan al Bakr, primero hermano de Saddam que lo convirtió en vicepresidente y que fue por él traicionado y desplazado del poder.
Visto desde Occidente se percibe el error de ejecutar al hombre que hizo ejecutar a miles de adversarios y competidores. Bush permitió y disfrutó de ese error; del mismo modo que lo disfrutaron las comunidades que padecieron a ese hombre que, desde que se hizo con el poder en 1979, arrastró a su nación por un sendero de guerras, represiones y desastres. Lo disfrutaron aunque haya implicado para Saddam la posibilidad de reemplazar la patética y deshonrosa postal de su captura, por la imagen del patíbulo, esa que lo muestra digno y desafiante en el instante final.
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