El instante final

*La ejecución en la horca le dio a Saddam Hussein la oportunidad de reemplazar la patética y deshonrosa postal de su captura, por la imagen que lo mostró en el patíbulo sin miedo, sin arrepentimiento y desafiante.

Perdido por perdido, Saddam Hussein entendió que la escena del patíbulo era una segunda oportunidad. Al fin de cuentas, siempre supo que la sentencia sería la pena de muerte; no había ninguna otra posibilidad. Los meses de juicio fueron el equivalente al “corredor de la muerte”, o sea el período que va entre la sentencia y la ejecución. Por lo tanto, llevaba meses, no de intentar revertir un veredicto inexorable, sino de asentar en su mente la idea de que el instante final sin mostrar temor ni arrepentimiento le permitiría revertir la patética imagen de su captura. Esa postal sin rastros de honor o dignidad que mostró el agujero en la tierra de donde lo sacaron, con las manos en alto y aspecto de náufrago, sin intentar defenderse; sin siquiera el recato de un suicidio antes de entregarse como trofeo viviente a su enemigo.

La captura de Saddam fue una postal demoledora. Sobre todo porque, semanas antes, sus dos hijos habían muerto sin entregarse. En una casona de la norteña ciudad de Mosul, Uday y Qusay habían vaciado los cargadores de sus Kalashnikov y sus pistolas, antes de caer acribillados. Y hubo mucha más dignidad en la imagen de los cadáveres agujereados de los hijos que en la postal del dictador al que sacaban de un agujero, con las manos en alto y aspecto de náufrago, que a renglón seguido mostraba sus molares a un forense que lo examinaba.

Si la administración Bush fuese inteligente habría hecho lo imposible para quedarse con aquella imagen. Esa que desanimaba a los resabios baasistas a seguir reivindicando al líder caído y apresado. Si la administración Bush no fuese negligente, habría entregado a Saddam a una corte internacional para que sea juzgado como lo fueron tiranos de la calaña del serbio Slobodan Milosevic y el centroafricano Jean-Badel Bokasa.

Que el veredicto del juicio llevado a cabo en Irak y por un tribunal iraquí haya sido el que el sanguinario dictador merecía, no es más que una casualidad porque el proceso fue, en realidad, una parodia. O sea que Saddam era tan culpable como lo estableció el tribunal, pero ese tribunal era ilegítimo. Y habría tenido más legitimidad y credibilidad un tribunal internacional, que seguramente hubiera llegado al mismo veredicto aunque dictando otra sentencia. En esa realidad que no se dio, la imagen de Saddam hubiera quedado definitivamente sepultada.

Ahora bien, esta acción habría tenido sentido en el resto del mundo  pero no en el Oriente Medio. Sobre todo en Occidente (Europa y América latina), donde la ejecución de Hussein es atribuida directamente a Bush, un amante de la pena de muerte que cuando gobernó Texas y hizo que ese Estado norteamericano ostentara un macabro récord de ejecuciones, sin haber aceptado nunca un pedido de clemencia.

Lo cierto es que en la propia Irak, el protogobierno monopolizados por chiítas y kurdos jamás hubiera aceptado que a Saddam se le perdone la vida.

Suponiendo que Bush hubiera hecho lo que no hizo, o sea presionar para que el ex dictador no sea ahorcado, el poder chiíta-kurdo en cuyas manos Estados Unidos dejó a Hussein hubiera intentado resistir esa presión por entender que no ejecutarlo habría sido una muestra monumental de debilidad.

En el Oriente Medio y gran parte del mundo musulmán, las ejecuciones son cotidianas y públicas. Incluso en países seculares, como Egipto, las sentencias están influidas por la sharía (ley coránica) por lo que impone castigos como la amputación de manos a los ladrones, siempre concretadas en plazas públicas y a la vista de la gente. Por lo tanto, el ahorcamiento de Saddam genera en Oriente Medio una sensación muy diferente a la que genera en Occidente. Y el proto-Estado iraquí que encabeza el chiíta Al- Maliqui siempre estuvo convencido de la necesidad política de mostrar a las comunidades que padecieron su opresión criminal (chiíta y kurda), así como también a las que se privilegiaron con su régimen (sunitas, caldeos, asirios y siríacos), el cuerpo de Saddam Hussein  pendiendo de la soga fatal. Al fin de cuentas, así murieron todos los líderes iraquíes, con una sola excepción. El rey Faisal, que consiguió que Gran Bretaña le concediera la independencia a Irak, fue ejecutado junto al príncipe heredero y al primer ministro, por el movimiento nacionalista que abolió la monarquía y estableció la república. Del mismo modo murió el general Abdel Karim Kassem, el líder de la revolución republicana, cuando lo derrocaron los partidarios del partido Baas, y también así murieron los primeros presidentes  baasistas, derrocados por intrigas y confabulaciones internas.
La única excepción fue el presidente Muhamad Hassan al Bakr, primero hermano de Saddam que lo convirtió en vicepresidente y que fue por él traicionado y desplazado del poder.

Visto desde Occidente se percibe el error de ejecutar al hombre que hizo ejecutar a miles de adversarios y competidores. Bush permitió y disfrutó de ese error; del mismo modo que lo disfrutaron las comunidades que padecieron a ese hombre que, desde que se hizo con el poder en 1979, arrastró a su nación por un sendero de guerras, represiones y desastres. Lo disfrutaron aunque haya implicado para Saddam la posibilidad de reemplazar la patética y deshonrosa postal de su captura, por la imagen del patíbulo, esa que lo muestra digno y desafiante en el instante final.

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