El jeque chiíta que los norteamericanos aún no pueden doblegar en Irak

Los jefes norteamericanos creyeron que podrían embestir contra el imán rebelde y derrotarlo. Tanto confiaban en que era el momento de marchar sobre la sureña provincia de Basora y limpiarla del chiísmo extremista, que hasta creyeron posible que al trabajo lo hiciera el ejército iraquí.

Esa indisciplinada soldadesca que brilla por su ineptitud podría, en el optimismo del alto mando de las fuerzas de ocupación, aplastar a la milicia de Muqtad al-Sadr. De lograrlo, entonces el orden no estaría muy lejos de reemplazar al caos que reina en Irak desde la caída del régimen baasista.

El nuevo e ineficaz ejército iraquí es, en la consideración norteamericana, el mejor instrumento para luchar por el dominio de Basora, por estar integrado mayoritariamente por efectivos y oficiales pertenecientes a la comunidad chiíta, ampliamente mayoritaria en la provincia sureña, donde están el grueso de los yacimientos petrolíferos y los puertos de salida para el crudo de exportación.

Además, es el brazo armado del gobierno que puso en pie la ocupación y tiene a un chiíta, Nuri al-Maliki, como primer ministro. Pero tal tanto optimismo, más que por una verdadero conocimiento de la milicia a enfrentar, se basó en los progresos obtenidos en la región central (el llamado triángulo sunita), desde que formando alianza con los jeques que apoyaban a Saddam Hussein, los norteamericanos pudieron acorralar y debilitar a los ultraislamistas que infiltró y reclutó Al Qaeda.

El hecho es que cuando los norteamericanos y el gobierno iraquí lanzaron el nuevo ejército contra la milicia del joven y rebelde ayatola, lo que esperaban fuera un triunfo relativamente fácil derivó en combates durísimos en los cuales los atacados pudieron invertir los términos y convertirse en atacantes. Y es posible que el más extremista de los líderes chiítas termine saliendo fortalecido de esta ofensiva que pretendía eliminar su poder.


La guerra entre chiítas

Como las mamiushkas, esas folklóricas muñecas rusas que en su interior llevan otras más pequeñas, la guerra civil iraquí encierra varias guerras sectarias en su interior. Mientras en el norte los kurdos miran impávidos como el ejército turco entra y sale cuando quiere para atacar al PKK, en el centro sunitas laicos combaten a los sunitas fundamentalistas que adhirieron a la versión de Al Qaeda que implantó el jordano Abú Mussab al Zarqawi. Y a la vez, en el sur, donde se enfrentan las milicias que responden a distintos líderes y ayatolas, ahora entró el ejército iraquí por orden del primer ministro chiíta Nuri al Maliki, para terminar con los desafíos de Muqtad al Sadr.

Los protagonistas iniciales del conflicto entre grupos chiítas son básicamente tres. El Consejo Supremo Islámico Iraquí (CSII), cuyo brazo armado es la milicia Al Báder y su líder, Abdulaziz Hakim, apoya al gobierno creado por las fuerzas de ocupación. También reconoce al gobierno encabezado por el presidente kurdo Jalal Talabani y el primer ministro Al Maliki, el grupo Al Fadhila, de mucho menor tamaño pero con muy fuerte arraigo en los trabajadores petroleros, un gremio clave en el sur de Irak. 

Estos dos grupos aceptaron el proyecto gubernamental de convertir el país en un Estado Federal. Precisamente, en contra de tal proyecto  está el tercer grupo de la contienda chiíta, llamado Ejército del Mahdi y liderado por Muqtad al Sadr.

El peso en la comunidad chiíta que tiene este imán joven y radical, es una herencia de familia, ya que es el tercer hijo de Mohamed Sadeq al Sadr, el “gran ayatola” que lideró a la totalidad de los chiítas hasta que fue asesinado en 1999, por orden de Saddam Hussein, junto a sus dos hijos mayores.

A la vez, Muqtad es sobrino de Mohamed Baker al Sadr, el dirigente político que formó parte del liderazgo del Movimiento Islámico Iraquí, al que luego transformó en el His al Dawa (partido de la llamada), que pronto se convirtió en la principal organización política de los chiítas (matriz de otros grupos de la región, como el Hizbolá libanés) y sobrevivió en la clandestinidad buena parte del asedio que le tendió a sus dirigentes y militantes el régimen sunita del clan Jatab y las tribus de Tikrit, que encabezaba la familia de Saddam Hussein.

Tan importantes fueron el padre y el tío del actual clérigo rebelde, que el inmenso y populoso barrio de la comunidad chiíta bagdadí se llama “Sadr City”, lo que muestra al apellido Al Sadr como punto de referencia inevitable de esa etnia, que supera demográficamente a las etnias kurda y sunita además, por cierto, de las comunidades menores: caldeos, asirios, armenios, siríacos, etc.

Tras la caída del régimen baasista bajo las bombas de las fuerzas invasoras, Muqtad al Sadr fundó el Yamat Al Sadr al Zani (que significa Asamblea de Al Sadr Segundo). Pronto, esta organización política creó su brazo militar, el Jaish al Mahdi.

Los seguidores de Muqtad al Sadr pasaron a considerarlo con el rango de ayatola, lo que otros imanes chiítas rechazan aduciendo que le faltan los años de vida y de lectura coránica que son necesarios para alcanzar ese grado en el clero chiíta.

A renglón seguido, el Jaish (ejército) del Mahdi (profeta esperado por el chiísmo) empezó a combatir contra las fuerzas policiales del gobierno provincial de Basora, en manos del partido Al Fadhila, y también contra Al Báder, la milicia de su archienemigo Abdulaziz Hakim.

En el medio de este fuego cruzado y cumpliendo un rol apaciguador, está el moderado ayatola Alí al Sistani, genuino sucesor de Sadeq al Sadr, el padre asesinado del violento Muqtad.

Al Sistani no aborreció la invasión que derrocó a Saddam pero demandó a las potencias invasoras una pronta retirada, al tiempo que apoyó todo intento de conformación de un gobierno multiétnico, incluido el que encabezan Talabani y Al Maliki.

A su vez, igual que el gobierno de Al Maliki, cada uno de los bandos chiítas busca la bendición política y el respaldo económico militar del gobierno de Irán. Pero como en el poder de Irán conviven distintas tendencias en forma no muy armónica, los grupos iraquíes obtienen padrinazgos parciales.

Por eso la invitación del primer ministro al presidente Mahmud Ahmadinejad, que derivó en la primer visita oficial de un líder iraní a Irak desde la década del setenta, habría tenido como objetivo obtener la neutralidad de Teherán ante una embestida del ejército iraquí destinada a eliminar la milicia de Muqtad al Sadr, con la bendición norteamericana.

A juzgar por el silencio del liderazgo iraní desde que comenzó la ofensiva, Bagdad habría logrado lo que buscaba. No obstante, la intensidad de la resistencia verifica una vez más que el joven ayatola rebelde y su ejército están más consustanciados con la gente y el lugar que sus enemigos gubernamentales.

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