El militarismo de Uribe y la danza guerrera de Chávez

No es lo mismo atravesar una frontera en la selva persiguiendo en combate a un enemigo, que bombardearlo mientras duerme en un campamento montado del otro lado de esa frontera. La cuestión no es que esté durmiendo, puesto que nadie despierta a un enemigo para atacarlo; sino que, en el segundo caso, la incursión en territorio ajeno se hizo a sabiendas.

Por eso, el gobierno colombiano debería probar que traspasó el límite persiguiendo a los comandos de Raúl Reyes. Si así fue, es difícil reprochárselo ya que en escenarios selváticos transgredir fronteras en persecuciones o combates puede ser accidental o también puede ser inevitable.

Pero si en realidad fue el ataque a un blanco quieto que estaba del otro lado de la frontera, el gobierno colombiano deberá explicar por qué mintió en su primer reporte a las autoridades de Ecuador.

También debe explicaciones el gobierno ecuatoriano; sobre todo si el ataque se produjo a un blanco quieto y tomado por sorpresa. En definitiva, si hubo combate y persecución, Reyes y sus hombres pudieron incursionar en territorio ecuatoriano, o bien accidentalmente o bien presionados por las circunstancias.

Pero si el número dos de las FARC tenía un campamento cómodamente establecido dentro de Ecuador, entonces al presidente Rafael Correa le corresponde explicar si ignoraba esa situación o si la consentía.

Si la ignoraba, estaría en claro que el primero en violar la soberanía ecuatoriana no fue el ejército colombiano, sino la fuerza guerrillera comandada por Raúl Reyes, y está claro que se trató de una incursión armada.

Si no ignoraba que había una fuerza beligerante del país vecino dentro de su territorio, entonces la albergaba, por lo tanto el gobierno ecuatoriano había tomado, secretamente, partido en el conflicto interno colombiano.

En síntesis, el gobierno colombiano puede presentarse como víctima del ecuatoriano en tanto que éste brindaba, por complicidad o por incompetencia, santuario a las guerrillas de las FARC; y el gobierno ecuatoriano puede (y de hecho lo está haciendo) presentarse como víctima de su vecino, en la medida en que éste perpetra acciones militares de gran envergadura dentro de su territorio.

Ergo, los dos gobiernos están obligados a dar explicaciones y a tender un puente de diálogo que frene de inmediato la escalada de tensiones.

Ahora bien, no son menos las explicaciones que debe dar Hugo Chávez, puesto que su injerencia en la tensión entre Quito y Bogotá, además de elevar la crisis a niveles explosivos, desnudó una total afinidad del presidente venezolano con la guerrilla de Colombia.

Fueron las propias palabras de Chávez las que revelaron esa afinidad,  que podría incluso implicar una alianza entre el exuberante líder caribeño y Tirofijo. En tal circunstancia, el propio pueblo de Venezuela merece una explicación de su presidente. La explicación de por qué asocia al estado venezolano con una organización armada extranjera que, más allá de las consideraciones ideológicas, perpetra una de las mas atroces violaciones a los derechos humanos: el secuestro de personas a escalas industriales.

Es más, fue el mismísimo Chávez quien reveló el domingo que mantuvo en Venezuela numerosas reuniones con Reyes y otros líderes de las FARC; lo cual lo involucra casi directamente en el conflicto interno del país vecino.

Los propios rehenes liberados han coincidido en describir la vida de los cautivos de las FARC como un tormento en condiciones infrahumanas.

El grueso de esos cautivos son civiles que no tomaban parte en el conflicto y no están acusados de nada; a pesar de lo cual perdieron su libertad y quedaron sometidos a una vida de campo de concentración.

La selva colombiana es el Gulag de Tirofijo y resulta muy poco probable que la mayoría de los venezolanos aprueben una relación de identidad y sociedad con una organización militar tan cruel y envilecida.

Golpear un enemigo interno en un escenario externo es una transgresión bastante común. Turquía llevó su guerra con el PKK dentro del Kurdistán iraquí; Rusia incursiona repetidas veces dentro de Georgia persiguiendo independentistas caucásicos y hasta España realizó operaciones sin permiso contra los etarras dentro del territorio francés. Pero esto no disculpa al gobierno colombiano ni justifica la agresividad desmesurada con que lleva adelante su guerra, exponiendo la vida de Ingrid Betancourt y los demás rehenes.

Tampoco se justifica la desmesura de Hugo Chávez al desplegar una retórica que retumba como tambor de guerra; casi como si anhelara sumergir la región en un conflicto armado que la desangraría.

Desde este ángulo de observación, corresponde al gobierno argentino explicar por qué su lógica protesta contra el gobierno colombiano, fue planteada de tal forma que sonó como un respaldo a la gesticulación irresponsable y belicista del líder venezolano.

La urgencia del momento es que la región asuma un protagonismo equilibrado, sin tomar partido por ninguna de las partes en disputa, pare evitar que la militarización de las disputas arrastre la región al borde un abismo.

Es probable que Chávez no lleve la guerra de las palabras a los hechos, dado que el ejército colombiano es más poderoso y entrenado en acciones bélicas que el de Venezuela. Pero si un moderado como el ex presidente ecuatoriano Sixto Durán Ballén, en la década pasada  mandó su ejército a Tiwinza haciendo estallar la “Guerra de la Cordillera del Cóndor” con Perú, dos belicistas desmesurados como Uribe y Chávez bien podrían provocar desastres mayores.

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