El misterio de la vida

*Por el Prof. Leonardo J. Sepiurka M.V.

Así como cada primavera sucede a cada invierno o el día a la noche, las criaturas de este planeta están distribuidas según un orden natural, poblando cielos, mares y tierras.
 
Viven en zonas geográficas dispares, con distintos rangos de temperatura o intensidad lumínica. Cada una tiene una expectativa de vida diferente, y variadísimas formas y períodos de evolución y desarrollo.

Tal como sucede con el hombre, sobrevive el más apto desde el mismísimo momento de la concepción. En la vida de una mujer desde su menarca hasta su menopausia, maduran tan sólo  uno de cada  mil óvulos con los que nace, en unos trece ciclos anuales y durante sus 35 años de fertilidad.
El hombre fabrica cuando fértil sus espermatozoides permanentemente, y en una eyaculación produce tantos como para fertilizar a cada mujer europea si es que con uno solo fuera suficiente.
 
La realidad marca que de esos 500 millones que ingresan  buscando al óvulo viable, van muriendo en el camino, y tan solo uno es el que cumple su objetivo de iniciar ese proyecto de vida, que luego de nueve meses será un bebé.


Cada especie animal tiene sus mecanismos variados y de igual modo deberá unirse un espermatozide con un óvulo para generar nuevas vidas. Lo hacen los peces, los reptiles, las aves , o los mamiferos y cada uno dispondrá de mecanismos de seducción y fertilización particulares.
 
Que la incubación o la gestación llegue a feliz término, no es garantia de vida prolongada y es frecuente contemplar hoy numerosos documentales donde muestran como ejemplo a miles de lobitos  que ni bien debutan en su vida marina , encuentran su fin en las fauces de la orcas que naturalmente los esperan en el océano. Estas imagenes que seguramente espantan al desprevenido suceden también con tortugas marinas, y otras prolíficas especies que abultan la crónica de una muerte anunciada.


 


Cuando se dice se reproducen como conejos, es porque se está haciendo referencia a que en estas especies se induce la ovulación con el coito, para que sean más y que nuevamente sirvan de alimento a sus predadores.



Especies superiores como los grandes felinos que de ellos puedan alimentarse, pueden llegar a matar a las crÍas de una leona que pretendan, para inducirlas a que ovulen nuevamente y se acoplen con el león fornido, buscando la sobrevivencia del más apto.


Estas imágenes se podrían multiplicar tantas veces como especies que existen, con las variaciones que les son propias.
 
Como en un delicado mecanismo de relojería donde cada pieza se articula con las otras, el rol que cada individuo desarrolla está tambien finamente predeterminado. Es el hombre quien en lugar de lubricar los engranajes los entorpece desbalanceándolos peligrosamente.
 
Un viejo precepto recuerda que la energía no se pierde sino que se transforma, y es esta energía la que mueve al mundo y no debe dilapidarse. La naturaleza la ahorra al máximo y lo hace con eficiencia, y de la mano con un racional uso de recursos no renovables.
 
Recae pues en el hombre y por el rango que ocupa, la responsabilidad de respetar este mandato natural. No hacerlo pódría implicar el fin de nuestros días.

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