El significado del ataque de Chávez y del contraataque español

*No fue un choque accidental provocado por la habitual desmesura del líder venezolano, sino una ofensiva del bloque chavista destinado a poner fin a la política de España en la región.

“Por qué no te callas”, es la frase que marcó la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile. Gritada por un rey a un presidente de conocida incontinencia verbal, se entiende que se haya convertido en titular de los diarios del mundo. Sin embargo, la frase que quedó eclipsada por el estallido real, también tiene una significación inmensa, sobre todo en estas latitudes.

“Yo le exijo que respete al pueblo español”, repetía el jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, intercalando la frase con la metralla de palabras con que lo seguía acribillando el exuberante líder caribeño.

Años atrás, en el estadio de Mar del Plata durante la Cumbre de las Américas, Hugo Rafael Chávez Frías había descargado una larga lista de insultos contra el ex presidente y entonces senador argentino Carlos Menem. Pero no hubo una autoridad local que, como Rodríguez Zapatero, le exigiera al líder bolivariano que respete al pueblo argentino que había votado al personaje insultado.

Amén de lo que se pueda pensar de Menem (mi opinión no es precisamente favorable), lo que vociferaba en Mar del Plata el presidente de Venezuela ameritaba, como mínimo, un pedido del gobierno local de que se atenga a su condición de “visita oficial” cuidando las formas que esto impone.

Quizá ver la digna reacción del socialista Rodríguez Zapatero, ayude a la región a mirar y evaluar en perspectiva los perturbadores silencios en los que, tantas veces, los presidentes de la región se refugiaron cuando los torrentes de palabras de Chávez inundaron y ahogaron  tantas reuniones y cumbres.

Ese silencio se repitió en el escenario chileno, donde lo que  podríamos llamar el “bloque de presidentes moderados” de la región quedó mudo y estupefacto ante el choque entre el “bloque chavista” y los representantes del gobierno y del Estado español.

Para dilucidar el significado de lo ocurrido en Santiago de Chile, lo primero es entender que no fue el choque accidental provocado por la recurrencia a la sobreactuación y a la desmesura histriónica de un líder de actuaciones caricaturescas; sino una ofensiva premeditada que tuvo su punto culminante en el duelo verbal de Chávez, el rey y Rodríguez Zapatero.

La ofensiva comenzó cuando el presidente de Venezuela inauguró su participación cuestionando el tema de la cumbre, “la cohesión social”, proponiendo reemplazarlo por el tema “la revolución social”. A renglón seguido, comenzó la descarga contra las empresas españolas que invirtieron en la región, fuego que abrió el presidente ecuatoriano Rafael Correa.

Tras el choque principal, continuaron “la batalla de Santiago” el vice presidente cubano Carlos Lage, defendiendo los dichos de su colega venezolano, y el nicaragüense Daniel Ortega reiniciando el ataque a las empresas españolas.

No es descabellado deducir que el bloque chavista tenía un objetivo claro: poner en retirada a una política española que ya tiene diecisiete años y que, tal vez inspirada en la Commonwealth  británica, procura una alianza con la región basada en tres puntos fundamentales.

El primero es el económico y se da a través de las inversiones de las empresas españolas; el segundo es político y se desarrolla desde las cumbres iberoamericanas, mientras que el tercero es cultural y está basado en los congresos de la lengua.

El bloque chavista no quiere injerencias extraregionales en el área sobre la cual proyecta el liderazgo del presidente venezolano y su propia visión sobre el mundo y sobre la integración.

En el bloque de presidentes moderados puede haber cuestionamientos  a las empresas españolas, pero no existe rechazo a las inversiones del país europeo ni a su política latinoamericana; sino que, por el contrario, se alientan alianzas estratégicas y se valora a Madrid como puente de entendimientos y negocios con el Viejo Continente.

El ataque comandado por Chávez estuvo apuntado a poner a España en retirada, y no tenía como blanco a José María Aznar, sino al actual jefe de gobierno y al rey Juan Carlos de Borbón.

El cálculo es que la ofensiva, lanzada sorpresivamente, complicaría a los representantes españoles en su de por si complicadísimo frente interno, donde los excesos de Mariano Rajoy y la derecha representada por el Partido Popular, están crispando el escenario político al punto de poner en peligro al mismísimo Pacto de la Moncloa.

En estas turbulencias, la figura del rey adquiere un perfil alto que la expone al riesgo de profundos desgastes. Y Juan Carlos de Borbón no es un monarca más, sino un estadista de inmenso prestigio por su rol casi de artífice de la democracia y del Pacto de la Moncloa.

La popularidad, incluso mundial, del rey español se funda en que, habiendo sido formado por Francisco Franco en la ideología falangista para que, a la muerte del dictador, continúe con el modelo corporativo, autoritario y conservador que se fundó sobre los escombros de la república aplastada en la Guerra Civil, lo que hizo al heredar el poder fue exactamente lo contrario a lo que pretendía eternizar “el caudillo”.

El prestigio del monarca creció cuando los españoles y el mundo lo vieron frenar con el peso de su autoridad moral el intento de golpe militar conocido como “el tejerazo”.

Pero en clima de histeria política que fogonean desde la oposición derechista, hasta el popular rey Juan Carlos empezó a sufrir las consecuencias en su impecable imagen.

Probablemente, la ofensiva del Bloque Chavista apuntaba a que su ataque sorpresa durante la Cumbre Iberoamericana tendría un efecto político tan demoledor para el jefe de gobierno socialista y para el rey en el frente interno, que en “la batalla de Santiago” comenzaría la retirada española de la región.

No está claro que lo haya logrado, debido a que Chávez no calculó que Rodríguez Zapatero y el monarca Borbón contraatacarían con sus demoledores “yo le exijo…” y “por qué no te callas”.

Por lo pronto, la reacción despertó más adhesiones que críticas en la propia España. Y posiblemente, el desgarro producido en la región obligue a que el bloque de presidentes moderados se replantee sus silencios y estupefacciones, además de su forma de relacionarse con el presidente venezolano.

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