El último golpe de ETA

*Rodríguez Zapatero evidenció síntomas de la misma debilidad megalómana que extravió a José María Aznar en el laberinto iraquí.
*En el terrorismo vasco, muchos cuadros dirigentes quieren seguir lucrando con el negocio de la violencia.

Algunos gobernantes sufren lo que bien podría llamarse síndrome Lavolpe. Lo mejor que podía hacer el ex técnico de Boca era no alterar en absoluto el esquema con que ese equipo había ganado tantos campeonatos; pero ese quietismo afectaba su orgullo profesional. Entonces prefirió arriesgarse a un cambio que, a los fines de ganar el campeonato, era totalmente innecesario. Y como en el nuevo esquema los jugadores no funcionaron bien, tras perder tres finales seguidas Boca se quedó sin la copa que había estado al alcance de su mano.



Del mismo modo, algunos políticos llegan al poder tras excelentes gestiones anteriores que los ponen en la disyuntiva de gobernar como meros continuadores del antecesor para que todo siga bien, o arriesgarse a introducir cambios innecesarios para satisfacer su ego personal y dejar su propia marca en la historia.



 Algunos políticos llegan al poder tras excelentes gestiones anteriores que los ponen en la disyuntiva de gobernar como meros continuadores del antecesor para que todo siga bien, o arriesgarse a introducir cambios innecesarios para satisfacer su ego personal.    


Es la disyuntiva que afronta Michell Bachelet en Chile, tras la brillante gestión de Ricardo Lagos. Y en España es lo que afrontó José María Aznar, con la misma suerte de Lavolpe.
Ocurre que, después del imponente Felipe González, el socialista que colocó a España en Europa y la dotó de un capitalismo moderno, vigoroso y equilibrado que la convirtió en una potencia económica, lo mejor que se podía hacer era mantener el rumbo sin virajes bruscos. Aznar lo hizo en la economía, pero deseoso de dar su propio toque cometió el error de firmar el Pacto de las Azores, por el cual Madrid se alejó del eje París-Berlín al aventurarse junto al temerario Bush en la ocupación de Irak.


Según lo estipulado en el Pacto de la Moncloa, semejante decisión sólo pudo tomarse con el acuerdo de las demás fuerzas políticas, o al menos las más representativas, pero Aznar lo hizo sin consenso.



Su sucesor, José Luis Rodríguez Zapatero, muestra signos de padecer la misma debilidad megalómana. El primer síntoma se evidenció con la retirada española de Irak. Sumarse a la aventura militarista de Bush y de Blair fue un error, y el dirigente socialista actuó correctamente al proponer durante la campaña electoral sacar a los soldados españoles del pantano iraquí. Pero la propuesta de campaña era una retirada escalonada y responsable, y no esa salida apresurada que, sobre todo tras la masacre de Atocha, pareció mostrar a una España acobardada y capitulante que huía despavorida.



El otro síntoma se vio en la forma en que el jefe del gobierno español se cortó solo en una negociación con ETA que alteró lo acordado al respecto en el Pacto de la Moncloa. Sobre el terrorismo vasco, la política de Estado vigente desde el acertado gobierno conservador de Adolfo Suárez señalaba que toda gestión negociadora debía ser primero acordada por los principales partidos españoles. Pero Rodríguez Zapatero, aparentemente deseoso de dejar una huella que se perciba junto a la gigantesca huella de “Felipillo”, se aventuró en una negociación solitaria y difundió su visión optimista sobre el resultado. Pues bien, el estallido de un coche-bomba en Barajas fue el burlón cachetazo con que le respondieron los etarras, propinándole el más duro golpe que haya recibido hasta ahora la gestión socialista. Y el atentado tuvo toda la intención de sepultar la negociación y debilitar al gobierno; lo demuestra el hecho de que se produjo en el principal aeropuerto del país, y por ende uno de los lugares más vigilados de España.



José Luis Rodríguez Zapatero actuó de esta manera cuando planteó una salda apresurada de Irak y cuando se cortó solo en la negociación con ETA que terminó con la explosión de un coche-bomba en el el aeropuertod e Barajas.    


¿Significa esto que la negociación fue una parodia etarra? Tal vez sí, respondiendo al objetivo de ridiculizar y debilitar al gobierno. Pero también es posible que no haya sido una trampa, sino un intento negociador de la cúpula dirigente que fue inmediatamente saboteado desde cuadros subalternos.
La ETA, como el grueso de las organizaciones terroristas, no tiene un orden jerárquico vertical donde la subordinación se cumpla con rigor prusiano. Además, desde que España se democratizó y dejó de existir el opresivo centralismo castellanizante que impuso la dictadura falangista de Franco, el separatista perdió legitimidad, se aisló de las masas y terminó convertido en una organización de carácter mafioso cuyo negocio es la violencia. Por eso cuando alguna dirigencia opta por la vía negociadora, desde cuadros inferiores sabotean la iniciativa. Porque siempre hay quienes prefieren seguir lucrando con el negocio de la violencia, en lugar de enterrarlo en el altar del diálogo.



Lo mismo se vio en Irlanda del Norte desde los acuerdo del Viernes Santo. El Ejército Republicano Irlandés (IRA) sufrió varios desprendimientos que intentaron sabotear la paz acordada. La diferencia es que el brazo político de la guerrilla católica norirlandesa, el Sinn Fein, que en la antigua lengua local significa “Nosotros Mismos”, estaba dirigida por líderes de incuestionable seriedad como Jerry Adams y Martin McGuinnes. En cambio los voceros políticos del Euskadi Tat Ascatasuna, o sea los dirigentes del partido Batasuna, no tienen seriedad ni credibilidad, ergo, la negociación en España es mucho más difícil.


Si Rodríguez Zapatero hubiera sopesado cuidadosamente estas características de ETA no se hubiera aventurado a dejar de lado políticas de Estado, en el intento de quedar en la historia como el gobernante que puso fin al terrorismo vasco. O al menos se hubiera cuidado de ostentar optimismo como de hecho lo hizo. Tales errores se presentan como síntomas de que el actual presidente español podría sufrir la misma debilidad megalómana que extravió al gobierno de Aznar en el laberinto iraquí.

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