Escándalo en el Banco Mundial y caída de Paul Wolfowitz

*El increíble derrumbe de quien había sido el principal ideólogo del militarismo y la invasión de Irak.
*Por ascender a su novia, hundió a Bush en otro papelón y debilitó a Estados Unidos en su relación con Europa.

La caída de Paul Wolfowitz en el Banco Mundial es un golpe devastador para la de por si deteriorada relación entre el gobierno de George W. Bush y Europa.

Por una regla no escrita pero cumplida como tradición inviolable, Europa designa a un europeo al frente del Fondo Monetario Internacional (FMI), mientras que Estados Unidos nombra a un norteamericano como presidente del Banco Mundial.

De este modo, la entidad crediticia que nació en 1943 en Nueva York tiene en su despacho principal a una suerte de embajador norteamericano.

Se suponía que Wolfowitz cuenta con las condiciones intelectuales para ocupar ese lugar. Sin embargo, por una razón tan íntima y superficial como favorecer con un ascenso y un aumento de sueldo a su novia, la funcionaria Saha Riza, sumó una macha más al muy manchado gobierno de Bush, y una debilidad más a la muy debilitada relación estadounidense-europea.

En los últimos años, Washington trabajó para debilitar al FMI y fortalecer al Banco Mundial, pero Wolfowitz, por una cuestión de alcoba, terminó en un papelón si antecedentes en toda la historia de la entidad.

Empujado por este escándalo a dejar el cargo dentro de un mes, la caída de Wolfowitz implica un nuevo fracaso del ala “neocons” de la Casa Blanca, o sea de los halcones que impusieron su visión militarista y promovieron la invasión a Irak.

En este grupo que se apoderó de la política exterior norteamericana instaurando el unilateralismo y la guerra preventiva, el malogrado presidente del Banco Mundial no era periférico, sino central.
A pesar de que su rango en el Pentágono era de subsecretario, Paul Wolfowitz era en realidad el ideólogo que dirigía al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y al vicepresidente Dick Cheney.

Matemático (como su padre polaco) y politólogo que inició su carrera política como embajador en Indonesia durante el gobierno de Ronald Reagan, comenzó a elaborar su proyecto de política exterior cuando Bush padre (o sea George Herbert Walker) lo convirtió en el número tres de la jerarquía del Pentágono.

Y durante el gobierno demócrata que abarcó la década del noventa, mientras dirigía la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad John Hopkins, Paul Wolfowitz fue el máximo ideólogo del llamado Proyecto para un Nuevo Siglo Americano.

Esa organización elaboró una propuesta que el entonces presidente, Bill Clinton, rechazó de plano.
Dicha propuesta implicaba que Estados Unidos deje de lado la ONU y los mecanismos de consulta con sus socios europeos, o sea que actúe unilateralmente; además de postular el concepto de guerra preventiva y sugerir la invasión como única forma de poner fin al régimen de Saddam Hussein.

Su nombramiento al frente del Banco Mundial, cuya sede central está a pocas cuadras de la Casa Blanca, en realidad se le otorgaba un salvoconducto para salir indemne del tremendo fracaso que su proyecto sufrió en Irak.

Es más, que a Wolfowitz le hayan cubierto la retirada mientras que a Rumsfeld lo echaban, demuestran que, en realidad, el subsecretario de Defensa era el verdadero jefe del secretario y del vicepresidente, los dos jefes visibles de los halcones del gobierno.

El exilio dorado en el Banco Mundial era la única posibilidad de salvar su imagen dañada por el caos iraquí. Se supone que la inteligencia y la preparación de Wolfowitz le permitiría aprovechar semejante oportunidad de salir indemne del desastre. Pero “el amor es más fuerte”, y cometió la inmensa estupidez de promover a su novia y aumentarle el sueldo

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