Genocidio armenio: la verdad inconveniente

*El congreso norteamericano lo reconocería pero la Casa Blanca lo niega para salvar su alianza estratégica con Turquía.

¿Qué hacer con la verdad histórica, cuando resulta política y estratégicamente inconveniente?
Esta es la pregunta que deberá dilucidar el Congreso norteamericano en los próximos días.

Para el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes que examinó los acontecimientos ocurridos en el Imperio Otomano entre 1915 y 1917, la verdad histórica debe primar sobre toda consideración política y estratégica, por eso su conclusión fue contundente: hubo un genocidio perpetrado contra el pueblo armenio de Anatolia Oriental.

Pero la Casa Blanca salió al cruce de inmediato, negando de plano que tal genocidio haya existido. Lo curioso es la razón por la cual el gobierno de George W. Bush rechaza como verdad histórica la conclusión del comité legislativo que estudió el caso.

Dice la presidencia de los Estados Unidos que no hubo genocidio armenio porque Turquía es un aliado estratégico indispensable y socio de Washington en la OTAN.

Semejante argumento es, paradójicamente, absurdo y lógico. La lógica del mismo tiene que ver con la desesperada necesidad que la Casa Blanca tiene de que Turquía, el único país musulmán que integra la alianza atlántica, colabore con la desastrosa situación en Irak, al menos conteniéndose de atacar a los kurdos en el norte iraquí; y de mantenerlo como aliado clave en la cada vez más difícil pulseada con Irán.

Estas son necesidades políticas y estratégicas totalmente reales. Sin embargo, nada tienen que ver con los acontecimientos históricos sobre los cuales es una obligación moral de todos los estados asumir una posición. Por eso el pronunciamiento de Bush es también, y esencialmente, absurdo.

Qué Estados Unidos necesite desesperadamente a Turquía y que el Estado turco esté dispuesto a retacear ese apoyo si se considera que hubo genocidio armenio, con todo lo grave que esto puede resultar para los planes norteamericanos, no quiere decir que no haya ocurrido la monstruosa tragedia que de hecho ocurrió en la segunda década del siglo 20. Y negarlo, como acaba de hacerlo el gobierno norteamericano conservador, es sencillamente hipócrita y ridículo.

Cientos de testimonios y estudios, como los del vizconde Bryce y diplomáticos británicos entre tantos otros, incluidos gobernadores y dignatarios religiosos musulmanes, prueban que las matanzas contra los armenios que comenzaron a ser notorias en 1895, se convirtieron en un plan de Estado que se aplicó en forma sistemática a partir de 1915, ocasionando cientos de miles de muertes y la deportación en masa del grueso de los antiguos habitantes de Anatolia Oriental.

Los estudios históricos objetivos desmienten en forma categórica el argumento del Estado turco, según el cual lo que hubo fue una grave represión contra los armenios separatistas apoyados por Rusia, pero que esa “guerra interna” en modo alguno constituyó un plan sistemático de exterminio de una etnia y, por tanto, no hubo genocidio.

Las matanzas comenzaron a multiplicarse a partir de la independencia búlgara, conquistada con la ayuda rusa en 1878. El sultán Abdul Hamid, convencido de que “el modo de acabar con la cuestión armenia es acabar con los armenios”, había aprendido en los Balcanes que la manera de mantener el dominio sobre las distintas razas de su imperio era ponerlas a luchar y aborrecerse entre ellas, promoviendo masacres de las unas contra las otras.
Por eso el sistema hamidiano de aniquilamiento fue armar a los kurdos y ponerlos contra el pueblo armenio.

El derrocamiento del sultán en 1908 y su reemplazo por la “Junta de Unión y Progreso”, que proclamó una constitución, despertó esperanzas de que se detendrían las masacres contra los pueblos cristianos, que alcanzó también a los griegos de Creta entre otros.

Sin embargo, ocurrió lo contrario. Enver Pashá y otros miembros del nuevo gobierno proclamaron las políticas “panturánicas” y, a partir del estallido de la Primera Guerra Mundial a la que usaron como pantalla, iniciaron la limpieza étnica que implicó deportaciones masivas de mujeres, ancianos y niños que fueron aniquilados en el desierto de Alepo, y los fusilamientos masivos desde las fronteras de Persia hasta el Mar de Mármara.

La nueva Turquía, moderna y republicana, que proclamó Mustafá Kemal Atatürk tras la derrota otomana en la Primera Guerra Mundial, debió echar luz sobre las acciones de exterminio que diezmaron al pueblo armenio. Sin embargo, los gobiernos republicanos se volvieron cómplices del pasado criminal por temor a que el reconocimiento de aquellas atrocidades impulsara el separatismo y la disgregación de Turquía.

Y el actual gobierno del fundamentalismo moderado que encabezan Recep Tayyip Erdogán y Abdulá Gül, prolongan el error de los ataturkistas al mantener la negación de la verdad histórica, amenazando por estos días a Estados Unidos con sepultar la alianza estratégica si el Congreso norteamericano acepta, como ya lo hicieron otros estados (por caso Francia y la Argentina) que hubo un proceso sistemático de aniquilamiento y limpieza étnica en Anatolia Oriental, a principios del siglo 20.

Israel también  se niega a reconocer el genocidio armenio, con el argumento de que Turquía es el único país musulmán con que mantiene relaciones políticas fluidas y que le brinda asistencia en el terreno de la inteligencia militar.

Esto puede ser estratégicamente entendible, pero no deja de resultar moralmente condenable. Sobre todo en el caso israelí, dado que los judíos han sufrido también un genocidio.

De cara a la historia trágica del pueblo armenio, el interrogante a resolver por un mundo dispuesto a construir un futuro sin atrocidades es esencialmente una cuestión moral: ¿qué hacer con la verdad histórica cuando resulta política y estratégicamente inconveniente?

Dejá tu comentario