Greta, la tele y las relaciones incestuosas

*Mi vecina empezó a sospechar que el vínculo de los niños con la televisión es un asunto bien complejo, imposible de resolver mediante el facilismo de un tsunami de sanciones. ¿Y vos, qué opinás?

Mis vecinos Greta y Marcos tienen dos hijos: Jimena, de 10 años, y Lucas, de 8. Como la mayoría de la gente, esta familia suele mirar televisión tranquilamente. Salvo por algún altercado esporádico respecto del manejo del control remoto, se diría que la tele no es para ellos fuente de grandes discusiones.


 


Jimena se ha hecho fan de “Patito feo”: aprendió las canciones memoria y baila igual que las Divinas. Padre e hijo no se pierden la transmisión de un solo partido de Boquita, y los domingos por la noche, son abonados a “Fútbol de primera”. A Greta, la TV no la desvela pero, eso sí, los noticieros vespertinos, no se los saltea nunca. Le gusta estar al tanto de lo que sucede y si por ella fuera, viviría detrás de las noticias con la tenacidad de un periodista. Pero se gana la vida como asistente odontológica de modo que pasa muchas horas al día en abstinencia informativa.


 


El programa donde coinciden los gustos de los cuatro miembros de la familia es “Showmatch”, aunque cada uno lo mira por motivos distintos. A Greta le fascina el despliegue visual de “Bailando por un sueño”: vestuario, escenografía, maquillaje, un mundo de colores y purpurina que la distrae de la fatiga cotidiana. Su marido es un seguidor de Tinelli desde la época de “Videomatch”. Le da igual que bailen, canten o patinen: a él lo atrae el humor del conductor y, no lo niega, las mujeres bonitas que pueblan el estudio. Jimena se concentra en las coreografías y este año ha decidido que cuando sea grande, bailará como Paula Robles, nada menos. Lucas disfruta adivinando el remate de los chistes de Matías Alé y se muere de risa con sus cabriolas y ocurrencias.


 


En lo que hace a la educación de sus hijos, Greta y Marcos piensan que al sol, no se lo tapa con la mano. Saben que Jimena y Lucas no viven en el mismo mundo que habitaron ellos cuando tenían 8 y 10 años, y que, hoy por hoy, la desnudez está en la tele y fuera de ella: en cualquier kiosco de revistas, en Internet, en la playa, en las publicidades callejeras. No creen tampoco que el cuerpo humano sea pecaminoso. Y si es por las imágenes de la televisión abierta, comprenden que lo que sus hijos no vean en la pantalla lo encontrarán al día siguiente en las fotografías de los diarios o en Youtube. Asumen que en el tercer milenio, a la sensualidad no escapan ni los dibujos animados. Desde los tiempos en que la Barbie reemplazó a las muñecas Peponas, razonan, es inútil decir “de eso no se habla”; más vale estar al tanto de qué es lo que los chicos miran, y tratar de orientarlos.


 


Como verás, la relación de mis vecinos con el televisor es bastante apacible. O, mejor dicho, era. Porque ahora estalló la tormenta. Todo empezó con la súbita preocupación mediática por el consumo televisivo de los chicos. En su condición de adicta a las noticias, de tanto leer y oír diatribas contra la TV que no se come a los niños, pero poco le falta_ porque los deja descerebrados o los convierte en potenciales asesinos seriales o en seres amorales_, Greta entró en pánico. Tal vez, se dijo, siempre he vivido equivocada al suponer que lo mejor es dialogar con mis hijos acerca de lo que ven en la pantalla. Quizás toda esta gente tan movilizada por los contenidos de la TV que pide a gritos un tsunami de sanciones, tenga razón. A ver si todavía, por dejarlos ver “Gran Hermano” o el programa de Tinelli, mis hijitos queridos terminan siendo diputados corruptos, traficantes de armas o evasores de impuestos. ¡Dios no lo permita!, rogó Greta.


 


De allí en adelante, su paranoia fue en aumento. El televisor se le antojó un aparato demoníaco; una propaladora de mensajes satánicos, se diría. Los intentos de Marcos por ayudarla a recobrar el sentido común naufragaron, uno tras otro. En cuestión de días, mi vecina se transformó en un cancerbero. Decretó normas draconianas para el uso de la TV en el hogar: el maldito artefacto debería permanecer apagado desde las veintidós hasta las seis de la mañana. Durante el resto del día, sólo se podrían  ver los noticieros, el sorteo de la lotería, “Carburando”, “La pantera rosa”, “Infocampo” y “Ositos cariñosos”. Así, sus hijos quedarían a salvo de casi todo: ningún desnudo, ningún vocablo grueso, ninguna referencia a la sexualidad.


 


Al principio, el marido y los hijos protestaron. Después, con tal de ahorrarse los sermones sobre el inminente derrumbe de la civilización occidental por culpa de la tele, obedecieron las órdenes de Greta. Ella se sentía orgullosa de estar preservando a sus hijos de todos los males. Pero el orgullo le duró poco; la realidad se lo hizo trizas, un mediodía cualquiera mientras Greta miraba el noticiero en el televisor del living y su hijo preparaba la mochila del colegio, sentado al lado de ella.


 


- Má, ¿qué quiere decir “relaciones incestuosas”?_ preguntó Lucas, de repente.


- ¡¿Qué decís?! ¿De dónde sacaste eso?_se sobresaltó su madre.


- Del noticiero, Ma´. ¿No escuchaste que dijeron “presuntas relaciones incestuosas” cuando hablaban de esa señora tan linda que mataron? Dale, decime rápido, que voy a llegar tarde: ¿qué es incestuosas, Ma’?


 


Greta tartamudeó, dijo un par de frases deshilachas, respiró hondo, balbuceó otro manojo de generalidades y ya no pudo seguir porque Lucas la interrumpió:


 


-Dejá, Ma´, no te preocupes. Si no sabés, cuando vuelvo de la escuela lo busco en Internet.


-¡No, Internet, no! _chilló Greta como una poseída. La horrorizaba pensar lo que encontraría el niño al poner en el buscador “relaciones incestuosas”.


- Ma’, calmate. ¿Te volviste loca?_ trató de contenerla el chico, totalmente desconcertado.


 


En un ataque de impotencia, Greta recurrió a su marido. Lo llamó al celular y entre quejas y suspiros le resumió los hechos que la tenían tan alterada. Hablaba a borbotones, sin respiro. Al fin, hizo una pausa, y agregó: “Marcos, vos tenés que hacer algo”.


 


El aprovechó entonces para notificarla de que en cuestiones complejas, la simplificación es mal negocio: “¿Qué querés que haga?_ le respondió _ ¿Querés que llame al Comfer para pedir que sancionen a los noticieros por dedicarse a informar?  

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