Ingrid Betancourt acerca al derechista Sarkozy con la izquierda latinoamericana

Cristina Fernández estuvo en París y apareció en la segunda postal más importante sobre el caso Ingrid Betancourt. La primera es la que muestra a la cautiva inmersa en una tristeza oceánica, con el cuerpo escuálido y el pelo cayendo en cascada sobre piel y huesos. La segunda es la de las marchas en la capital francesa reclamando por la mujer del suplicio en la selva.

Esa es una de las curiosidades de este caso espeluznante y desgarrador: Francia parece estar más interesada que la propia Latinoamérica (y Colombia en particular) por la vida y la libertad de Ingrid Betancourt. Al punto que, durante los primeros cinco años de su cautiverio, jamás los gobiernos de la región se habían agrupado para presionar a las FARC para que libere a la ex candidata presidencial, y al gobierno colombiano para que facilite tal posibilidad.

Jacques Chirac había mantenido el asunto en las discretas vías diplomáticas, pero su sucesor optó por elevar el nivel y la exposición pública del reclamo francés. Entonces la liberación de Ingrid Betancourt se convirtió en una causa internacional y los gobernantes del área, que antes sencillamente habían ignorado la tragedia de la bella Ingrid y los demás rehenes, comenzaron a mencionarla en todos los discursos y participar de eventos sobre el caso.

Aquí hay otra curiosidad que se vio en el discurso pronunciado por la presidenta argentina en París. El reclamo se presenta más como un reproche al gobierno colombiano que como un repudio a las FARC. Claro que el presidente Alvaro Uribe ha mostrado insensibilidad ante la tragedia de los rehenes, y extrema dureza en su rechazo a la demanda de la guerrilla para negociar el canje, o sea la desmilitarización de 800 kilómetros cuadrados. Aún así, que Ingrid y los demás cautivos lleven años sometidos a un régimen de vida de campo de concentración, a pesar de que sus carceleros no los acusan absolutamente de nada, es una decisión de la vieja guerrilla que comanda Manuel Marulanda. Y resulta absurdo anteponer en el discurso, como acaba de hacerlo Cristina Fernández, el cuestionamiento al insensible Uribe por sobre el aborrecimiento al brutal Tirofijo.

Más curioso aún es que tal anteposición va en el mismo sentido de la presión política del gobierno francés; un hecho particularmente paradójico por tratarse de un presidente, Nicolás Sarkozy, que está mucho más a la derecha que su antecesor en el Palacio del Elíseo, ergo tiene muchísimo en común con Alvaro Uribe. Incluso está claro su identificación ideológica con el mandatario colombiano, sin embargo, en su objetivo de que Ingrid Betancourt sea liberada, la obstinación del jefe del Palacio de Nariño en rechazar la exigencia guerrillera de la zona de despeje militar, constituye un verdadero obstáculo.

Por eso la paradójica situación de que gobiernos ideológicamente lejanos al presidente francés, tengan con él un mejor entendimiento en el caso Betancourt que el que Sarkozy tiene con Uribe y con Bush, a pesar de que con ellos comparte muchas más convicciones políticas y económicas.

En Francia, Sarkozy es tan repudiado por la izquierda dura, la socialdemocracia y el centro progresista como lo es Berlusconi en Italia. Sin embargo, es el presidente francés que mejor se ha llevado con algunos gobiernos nacionalistas de izquierda de América Latina. Y la explicación de esta verdadera curiosidad está en el caso Ingrid Betancourt.

Ahora bien, el más inextricable de los misterios es la razón por la que las FARC no han liberado a la célebre cautiva, cuyo selvático tormento ha sensibilizado al mundo entero. Obviamente, liberándola se queda sin su carta más valiosa para negociar con el gobierno colombiano y sin su más sólido escudo humano para defenderse de una embestida militar en gran escala. De todos modos, muerta no le servirá ni para negociar ni para escudarse. Por el contrario, significará el más demoledor golpe contra la imagen de las FARC, de por sí fuertemente dañado desde que el mundo vio la postal de la cautiva sufriente.

Si la generalizada sensación de que la ex candidata está gravemente enferma y sin voluntad de vida, entonces ¿por qué no liberarla antes de su muerte en la selva desate una ola de repudio internacional sobre las FARC? Es cierto de que la muerte de Betancourt dañaría también la imagen internacional de Uribe, debido a su negativa a conceder la zona desmilitarizada exigida por Tirofijo para negociar la liberación de los rehenes; pero está claro que dañaría más a la imagen de la guerrilla que le quitó la libertad y la sometió a un cautiverio atroz.

La búsqueda de respuesta a tales interrogantes plantea, entre otras, las siguientes hipótesis. Una es que la guerrilla aún crea realmente en forzar la desmilitarización de un territorio, considerando inaceptable cualquier otro tipo de negociación por el recuerdo de aquel diálogo con el gobierno de César Gaviria (1990-94), cuando mientras dialogaban los delegados gubernamentales con la llamada Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, que agrupaba a las FARC, el ELN, el movimiento Quintín Lame y el M-19, el ejército colombiano arraso los cuartes de las FARC en la región de Casa Verde.

Otra hipótesis es que la actual situación de la guerrilla sea de una inmensa indefensión ante una probable ofensiva militar en gran escala, por lo que no tiene más alternativa que aferrarse a su escudo humano más efectivo, hasta el último latido de su angustiado corazón.

Pero quizá la hipótesis más sólida tenga que ver con lo que Ingrid Betancourt podría decir sobre las FARC si recuperara su libertad. Lo que mostraron los anteriores casos es que los rehenes liberados por la guerrilla son cautos al hablar públicamente sobre lo que vivieron en la selva. Por cierto, ninguno elogió a sus carceleros, pero eludieron discretamente las preguntas periodísticas que los conducían a descripciones más descarnadas sobre los padecimientos vividos en la selva. Y todo parece indicar que Ingrid Betancourt podría no atenerse a esa regla de silencio.

Los rehenes liberados coincidieron en señalar que con ella los guerrilleros “se habían ensañado”. Otros relatos hablan de varios intentos de violación y de tratos humillantes. Además, el hecho de que haya intentado escaparse varías veces, sufriendo después largos períodos encadenada, parece confirmar que Ingrid Betancourt jamás se quebró moralmente ante sus captores. Siempre estuvo en actitud de rebelión, lo cual agravó sus padecimientos y profundizó un odio mutuo que podría explicar por qué Tirofijo se resiste a liberarla, a pesar del peligro de que su muerte en la selva estalle contra la imagen internacional de la guerrilla.

En otras palabras, la posibilidad de que, al recuperar su libertad, Betancourt describa con lujos de detalles sus padecimientos y exprese, como no lo han hecho Clara Rojas, Consuelo González y los demás liberados, su aborrecimiento al régimen guerrillero que convirtió la selva en su propio campo de concentración, es lo que impide a Tirofijo deshacerse de la mujer que el mundo le está reclamando.

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