Italia y la increíble reincidencia en entregar el gobierno a Berlusconi
Berlusconi
Por Claudio Fantini
Si Berlusconi impone una mirada torpemente maniquea, según la cual todo lo que no está con él es comunismo; el ex alcalde de Roma propone un progresismo que supere la histeria maniquea e instale una cultura política del diálogo y el consenso.
Se formó en el marxismo-leninismo como discípulo de Enrico Berlinguer, pero entendió la convicción gramsciana por anteponer la búsqueda de la hegemonía cultural a la lucha de clases. Y su pasión por el cine norteamericano (el bueno, no el más masivo) le aportó una apertura mental que lo hizo, desde joven, una rara avis dentro del Partido Comunista de Palmiro Togliatti.
De hecho, cuando Leonidas Breznev ocupaba el despacho principal del Kremlin, Veltroni lideraba una corriente partidaria que definía a la Unión Soviética como estado totalitario. Tiempo después diría que, antes de que caiga el Muro de Berlín, él ya no era comunista.
En rigor, lo novedoso de Walter Veltroni es que su progresismo ni siquiera se inspira en el modelo europeo de socialdemocracia, sino en el Partido Demócrata de los Estados Unidos. Ocurre que el candidato al que acaba de derrotar Berlusconi, más que a Mitterrand y Olof Palme, tiene como modelo a los hermanos John y Bob Kennedy, además de Martin Luther King, cuya lucha por los derechos civiles le resultó siempre inspiradora.
Las particularidades de Veltroni lo diferencian hasta del centro-izquierda que acaba de caer con el gobierno de Romano Prodi, ya que el ex alcalde de Roma creó un partido menos ideológico y sin políticos profesionales, con el objetivo de no tener que gobernar en alianzas con marxistas ortodoxos como Fausto Bertinotti, de Refundación Comunista, ni con grupúsculos mercenarios surgidos de la Democracia Cristiana, como el que hizo naufragar la gestión Prodi al quitarle el apoyo en el Senado.
En rigor, que el gobierno centro-izquierdista encabezado por Prodi y por Mássimo D’Alema no haya sido exitoso no implica que haya sido un total fracaso. Lo que le restó apoyo en la sociedad fue una medida seria (aumento de impuestos) y su debilidad estaba en la minúscula diferencia de votos por la que ganó hace dos años la elección, ergo en su dependencia con partidos de izquierda dura y con grupúsculos que negocian con oportunismo en un sistema electoral desastroso.
La propuesta de Veltroni de reemplazar al gobierno de Prodi por un gobierno técnico dedicado exclusivamente a reformar el sistema electoral que creó Berlusconi, precisamente, para obstruir gobiernos del centro- izquierda, fue mucho más seria y razonable que el rechazo de Berlusconi y su presión para que se adelanten los comicios, como de hecho ocurrió beneficiando al líder de la derecha italiana.
Todo muestra que al Partido Democrático (PD) le faltó sólo un par de meses para estar en condiciones de vencer al derechista Pueblo de la Libertad (PDL). Incluso sacó más votos que la agrupación de Berlusconi, quien finalmente se impuso gracias a sus socios menores, la Alianza Nacional del pos-fascista Gian Franco Fini, y sobre todo la Liga Norte, del separatista lombardo Umberto Bosi.
Walter Veltroni y Barack Obama son las dos promesas de un cambio significativo en la política mundial. Al italiano le faltó tiempo. Un tiempo que la derecha le negó precisamente para derrotarlo. Pero esto no atenúa la paradoja: una potencia económica, con democracia madura y la tradición cultural más profunda de Occidente, acaba de reincidir en dar el poder político a un millonario turbio, que ya ha encabezado gobiernos que fueron mediocres y que implica una suerte de versión conservadora de Hugo Chávez, por sus desvaríos maniqueos y su patético histrionismo.
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