Italia y la increíble reincidencia en entregar el gobierno a Berlusconi

No es fácil explicar que un país que representa como pocos la cultura de Occidente, haya elegido por tercera vez como gobernante a un personaje caricaturesco y vulgar. Resulta difícil entender por qué una democracia madura y generadora de una de las diez economías más poderosas del mundo, reincida en dar el poder político a quien ya tiene el poder económico, degenerando de este modo en plutocracia.

Sería fácil de explicar si el personaje en cuestión fuese un estadista deslumbrante, o el dueño de una mente lúcida y una oratoria con poder hipnótico. También ayudaría si sus gobiernos anteriores hubieran sido exitosos, mejorando la vida de la gente y las perspectivas futuras del país.

Por el contrario, el histrionismo de Silvio Berlusconi oscila entre lo burdo y lo patético; su inteligencia sólo se ha puesto en evidencia a través de la enorme fortuna que amasó y lo coloca en choque de intereses con el Estado, además de ofrecer siempre agujeros negros que intenta dilucidar la justicia, pero no puede por la inmunidad que le confiere el poder.

Además, sus dos gobiernos anteriores han sido mediocres y atribulados por los desplantes de los socios extremistas del millonario gobernante. Y lo mismo que ahora, opaca la institucionalidad italiana la contradicción entre sus intereses como empresario y los intereses del Estado que rige como gobernante. Del mismo modo que la propiedad de los principales medios de comunicación le otorgan una ventaja inaceptable sobre sus rivales políticos.

Sin embargo así, con muchas más sombras que luces, Italia ha vuelto a colocarlo al frente del gobierno. Para colmo venciendo a un político de imponente lucidez como Walter Veltroni, quien además había dado pruebas de eficiencia gubernamental y capacidad de gestión como alcalde de Roma.

Veltroni es la contra-cara de Berlusconi en todo. Se lo describe como alguien que no arenga, no grita, no insulta y no promete, tras décadas de dirigentes demagogos, de promesas incumplidas, de griterío y trifulcas además de corrupción.

Si Berlusconi impone una mirada torpemente maniquea, según la cual todo lo que no está con él es comunismo; el ex alcalde de Roma propone un progresismo que supere la histeria maniquea e instale una cultura política del diálogo y el consenso.

Se formó en el marxismo-leninismo como discípulo de Enrico Berlinguer, pero entendió la convicción gramsciana por anteponer la búsqueda de la hegemonía cultural a la lucha de clases. Y su pasión por el cine norteamericano (el bueno, no el más masivo) le aportó una apertura mental que lo hizo, desde joven, una rara avis dentro del Partido Comunista de Palmiro Togliatti.

De hecho, cuando Leonidas Breznev ocupaba el despacho principal del Kremlin, Veltroni lideraba una corriente partidaria que definía a la Unión Soviética como estado totalitario. Tiempo después diría que, antes de que caiga el Muro de Berlín, él ya no era comunista.

En rigor, lo novedoso de Walter Veltroni es que su progresismo ni siquiera se inspira en el modelo europeo de socialdemocracia, sino en el Partido Demócrata de los Estados Unidos. Ocurre que el candidato al que acaba de derrotar Berlusconi, más que a Mitterrand y Olof Palme, tiene como modelo a los hermanos John y Bob Kennedy, además de Martin Luther King, cuya lucha por los derechos civiles le resultó siempre inspiradora.

Las particularidades de Veltroni lo diferencian hasta del centro-izquierda que acaba de caer con el gobierno de Romano Prodi, ya que el ex alcalde de Roma creó un partido menos ideológico y sin políticos profesionales, con el objetivo de no tener que gobernar en alianzas con marxistas ortodoxos como Fausto Bertinotti, de Refundación Comunista, ni con grupúsculos mercenarios surgidos de la Democracia Cristiana, como el que hizo naufragar la gestión Prodi al quitarle el apoyo en el Senado.

En rigor, que el gobierno centro-izquierdista encabezado por Prodi y por Mássimo D’Alema no haya sido exitoso no implica que haya sido un total fracaso. Lo que le restó apoyo en la sociedad fue una medida seria (aumento de impuestos) y su debilidad estaba en la minúscula diferencia de votos por la que ganó hace dos años la elección, ergo en su dependencia con partidos de izquierda dura y con grupúsculos que negocian con oportunismo en un sistema electoral desastroso.

La propuesta de Veltroni de reemplazar al gobierno de Prodi por un gobierno técnico dedicado exclusivamente a reformar el sistema electoral que creó Berlusconi, precisamente, para obstruir gobiernos del centro- izquierda, fue mucho más seria y razonable que el rechazo de Berlusconi y su presión para que se adelanten los comicios, como de hecho ocurrió beneficiando al líder de la derecha italiana.

Todo muestra que al Partido Democrático (PD) le faltó sólo un par de meses para estar en condiciones de vencer al derechista Pueblo de la Libertad (PDL). Incluso sacó más votos que la agrupación de Berlusconi, quien finalmente se impuso gracias a sus socios menores, la Alianza Nacional del pos-fascista Gian Franco Fini, y sobre todo la Liga Norte, del separatista lombardo Umberto Bosi.

Walter Veltroni y Barack Obama son las dos promesas de un cambio significativo en la política mundial. Al italiano le faltó tiempo. Un tiempo que la derecha le negó precisamente para derrotarlo. Pero esto no atenúa la paradoja: una potencia económica, con democracia madura y la tradición cultural más profunda de Occidente, acaba de reincidir en dar el poder político a un millonario turbio, que ya ha encabezado gobiernos que fueron mediocres y que implica una suerte de versión conservadora de Hugo Chávez, por sus desvaríos maniqueos y su patético histrionismo.

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