JÓVENES ARGENTINOS, DESGRACIAS ANUNCIADAS

EFE
Por EFE

Adolescentes muertos y lesionados durante los viajes de egresados. Jóvenes heridos dentro del colegio. Kheyvis. Cromañon. Bariloche más de una vez. La lista negra y joven es ilimitada. Lo peor es que, teniendo en cuenta los antecedentes de estas y muchísimas otras tragedias, nada indica que los chicos argentinos puedan aspirar a un futuro mas seguro.

¿Por qué? Porque siempre se sabe todo y nunca se hace nada.

En la Argentina se vive un exótico estado de inacción con respecto al cuidado de la juventud: padres, maestros, médicos, políticos, ministros y cualquier adulto con dos dedos de frente advierte que los jóvenes viven en zonas de riesgo, que hay droga, que se consume alcohol, que se maneja mal y a excesiva velocidad, que no se toman medidas para evitar el Sida, etcétera, etcétera, etcétera.

En resumen: todos ven todo y saben todo y nadie hace nada. Y, como si esto fuera poco, después  de que sucede lo que todos sabían que iba a suceder, todos lloran, todos se golpean el pecho y señalan culpables, y no conformes con señalar a los otros, puede suceder que, en medio de la tragedia en cuestión, intenten obtener un rédito político sobre lo que ha ocurrido, una vergüenza dramática, constante y, lamentablemente, típicamente argentina.

Siete años antes del incendio y las muertes en el boliche Cromañon, y como causa de los adolescentes fallecidos en la disco Kheyvis, publiqué la siguiente nota advertencia:


Ámbito Financiero, el jueves 23 de diciembre de 1993




 


A la hora del fuego escuelas, hospitales,
cine, restaurantes, micros, discotecas
son trampas de muerte.

Si se invirtiera en campañas para prevenir accidentes, la mitad de lo que se gasta en malas campañas contra el SIDA, se podrían evitar no menos de 2.500 muertes al año. Lo que ocurre es que proclamar las ventajas indiscutibles del profiláctico tiene mucho más packaging que hablar de la necesidad de las puertas de emergencia.

Si las discos gastaran menos en los matones que ponen en las puertas para que no se les filtren los “negritos” y los “grasas”, e invirtieran ese dinero en adecuadas medidas anti-incendio, es casi seguro que los 17 jóvenes carbonizados en Kheyvis hoy estarían con vida. La plata está. Lo que pasa es que está mal puesta.

Solo en una línea de subte, revelan los encargados de mantenimiento, hay por lo menos siete coches cuyo equipamiento de frenos automáticos y frenos de emergencia son obsoletos o directamente no funcionan. Todas las concesiones gastronomicas de la red de subtes están con la espada de Damocles sobre sus cabezas, supeditados a las disposiciones de los nuevos dueños de los subterráneos.

Esto ha producido un deterioro notable en la calidad y el cuidado del servicio.

No andan mejor las cosas por arriba. Los colectivos también gozan de los beneficios de la superposición de jurisdicciones. La Municipalidad establece los códigos, la Secretaria de Transportes controla el estado de los micros y la Policía debería hacer cumplir  las normas que los otros dos organismos elaboran.


Resultado: Nadie hace nada porque piensa que siempre la jurisdicción es del otro. Hasta que eso deje de ocurrir, los micros seguirán siendo zonas de alto riesgo para los que viajan en ellos. Ninguno de ellos tiene salidas de emergencia eficientes. En teoría, todas las ventanillas deberían ser salidas de emergencia, pero no funcionan cuando son necesarias (especialmente cuando hay fuego).

¿Por qué? Muy sencillo: la mayor parte de la/s moderna/s carrocerías están realizadas en plástico. Cuando los micros chocan o se incendian, el plástico cambia su forma y “atrapa” a las ventanillas, de modo tal que las que supuestamente debieran eyectarse quedan fijadas como si estuvieran recubiertas en cemento. Sin salida posible, la gente muere calcinada o asfixiada en el interior de los micros.

Quien sobreviva al transporte terrestre puede tener menos suerte en el aire o en el rió. La mayoría de los aeropuertos del interior no tienen elementos para evitar que un avión en aterrizaje de emergencia quede destruido por el fuego.

Hay otros templos, en este caso del consumo, que tampoco han previsto que alguna vez pueda desencadenarse un incendio. Si eso ocurriera en algunos de los shoppings más conocidos, la vida de los que allí estén podría no valer nada. No hay indicaciones visibles, ni salidas adecuadas, ni zonas de seguridad, ni nada.

No hay un sólo colegio en todo el ámbito nacional que tenga medidas de seguridad adecuadas para enfrentar un incendio o cualquier otro tipo de contingencia límite. Con suerte, en algunos colegios grandes hay matafuegos o mangueras, pero no existe la cultura de la prevención. No se hacen simulacros de incendio y no se ensaya siquiera el uso de los extintores. De salidas de emergencia, ni hablar.

Pero las cosas no son mejores en las universidades, que aunque trabajan con un universo de jóvenes más alertas y autosuficientes, no cuentan en ningún caso con medidas de seguridad adecuadas. 


Gentileza de Ediciones B / Grupo Zeta

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