JUEGO DE ROL - Parte 3
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
Por Télam
Cuando murió el Viejo en el 77, su hijo Santiago asumió la responsabilidad de manejar todos los negocios de la familia.
Hay un elemento de azar - por lo menos todo el mundo lo percibe así quizás algún orden secreto rija todo – en los criterios de selección.
Resulta muy difícil establecer un patrón que permita anticipar el veredicto de la Sociedad que se produce puntualmente 180 días después de la presentación de la documentación requerida. 6 meses en que – uno lo supone – la Sociedad rastrea hasta el fondo todos los antecedentes del candidato. Y de su familia. Todo lo que hubiera hecho en el país o en el exterior si corresponde. Lo que se sepa de su vida pública y privada. Y lo que no se sabe también, sospecho.
A veces el candidato es llamado para una “conversación” durante el período de incertidumbre. No se podría llamar “interrogatorio” o asimilarlo a un trámite policial. Después de todo, son actos voluntarios. Además siempre se trata de gente de altísimo nivel. Pero más de uno cuenta después que aquella había sido una experiencia durísima: hay que decir la verdad porque mentir es causa de rechazo. Y uno nunca sabe lo que la Sociedad conoce de tus actividades o tu pasado.
Incluso se generó una pequeña industria: personas especializadas en “preparar el expediente” y “entrenar al candidato”, para asegurarle la mejor chance de éxito.
Cuando por fin la ordalía acaba, y se extiende el veredicto aprobatorio, el Highland organiza una fiesta – la paga el nuevo socio – en el Club House principal. Siempre participan muchos de los socios y relaciones, gente de todos los sectores que dan la bienvenida al nuevo integrante de la cofradía.”Has llegado” le están diciendo. Y esa noche lo reciben, le dan la bienvenida al Paraíso.
Para aquellos que son rechazados, no hay otra oportunidad. Sin embargo el trámite es muy discreto, jamás se deja saber del intento fallido y por lo tanto el fracasado siempre puede alegar ante sus amistades desinterés en pertenecer al Club si se lo preguntan, u otras razones.
De una manera u otra el Highland logró siempre por estos y otros mecanismos – hay un tribunal de disciplina que puede imponer sanciones y hasta en casos extremos expulsar a algún socio – mantener una comunidad armónica y feliz de pertenecer. La herramienta de la expulsión (“recompra de la acción del socio según Art. 74 del Reglamento Interno) fue ejercida pocas veces en los 70 y pico de años de vida del Highland.
La posibilidad de expulsión por falta grave (a juicio del Comité es decir de los Belaunde Briggs) es un arma en poder de éstos. Todo se convierte en un juego de poder. Si te echan es porque “que algo serio habrán hecho él o su familia”. Jamás se revela, ni siquiera al interesado las razones de una expulsión. La falta de dinero para pagar las expensas por los abultados gastos comunes no constituye – en principio – causa de expulsión. El Club “ayuda” a los socios con problemas. Si éstos problemas se extienden o se tornan permanentes, el socio renuncia, vende su propiedad, paga sus deudas y se retira. Como quien vende un departamento caro en un condominio en, pongamos por caso Punta del Este, Miami o Cancún porque ya no puede mantenerlo. El caso de retiro voluntario se mantiene muy bien diferenciado en los registros y comunicaciones del Club, de aquellos que son expulsados (“invitados a retirarse” según el bendito Art. 74).
Debo decir en honor de los Belaunde Briggs que jamás cedieron a las presiones políticas o de baja naturaleza. No expulsaron radicales durante la década peronista, ni peronistas caídos después de la Libertadora en el 55, ni algún intelectual “zurdo” – pero de buena familia - que siempre tenían para mostrar su heterodoxia durante los regímenes militares, ni militares desprestigiados después del advenimiento de la democracia en el 83, ni hombres de negocios que pasaron por problemas circunstanciales. Una quiebra, fraudulenta o no, una inhibición, una estafa, un juicio por evasión impositiva no fueron jamás motivo de molestia para el socio. Tampoco usaron nunca criterios discriminatorios de tipo racial, religioso, político o ideológico.
Lo único que se exigió siempre fue el criterio fundador: pertenecer a los 3000 mejores.
Ser gente bien.
Entre sus socios se encuentran, como para dar una idea todos los que fueron alguna vez presidentes de la Nación como dijimos, empresarios petroleros, de la construcción, contratistas del estado, grandes industriales – los que quedan – presidentes de clubes de fútbol (si son presentables e influyentes), ministros y ex ministros. Periodistas importantes que moldean la opinión pública, o por lo menos lo intenta desde la derecha y algunos de la izquierda. Gente del espectáculo, pero seleccionada: alguna Diva pulposa y ya grande, con su enamorado de turno solo admitida recientemente tras activas gestiones de consocios, hombres de radio, empresarios míticos del teatro porteño algún bailarín que triunfó en el exterior, dueños de los principales diarios y canales de televisión.
Ganaderos, dueños de tierras, aristócratas, financistas y dueños de Bancos, emprendedores inmobiliarios, representantes de instituciones extranjeras, embajadores mientras se desempeñan en nuestro país (socios temporales Art. 125), Directores y CEOs de Multinacionales destacados en el país, (ídem) descendientes de los prohombres que hicieron la patria constituyen también el núcleo del cuerpo societario.
Y una multitud de hombres importantes, descollantes que sería largo enumerar. Y está prohibido además. La lista de socios es confidencial
Asimismo sería interesante dar la lista de aquellos a quienes se ha rechazado, indicándoseles cortésmente que no tienen cabida en el Highland Over the Sea. Esa lista es secreta, pero daría una imagen clara al lector. Imagen que todos los que conocemos el Club tenemos clara e instintivamente. Toda la gente del Highland es “linda”, razonablemente culta, agradable, bien vestida. No es difícil entablar conversación porque hay elementos en común en todo el cuerpo societario.
Últimamente se han aceptado algunos socios extranjeros que tras ser invitados a conocer el Country quedaron extasiados. Bill Gates, Madonna, Henry Kissinger, Bill Clinton, Enzo Ferrari, los Thatcher Margaret y Edward, William el hijo de la Reina Isabel, Sanguinetti y Lacalle ex presidentes de Uruguay, Julio Iglesias, Clint Eastwood, la futura pareja real holandesa, Dominique de Villepin ex primer ministro de Francia, y tantos otros con quien uno se cruza en la playa o los paseos cuando vienen a pasar unos días.
Sólo el éxito garantiza la entrada y la permanencia en el Paraíso de los Belaunde Briggs.
Una vez adentro, estás en condiciones de disfrutar. Y debo decirlo, en necesidad de competir fieramente para mostrar tus autos, tus relojes, tus mujeres. Y ellas sus joyas y modelos exclusivos.
La batalla es feroz. Y no se detiene nunca. Pero parece que mantener la contienda para ver quien es más entre los más, es parte de la grata estancia de los socios. Otra que Pinamar, o Punta del Este, o los countries “exclusivos” de Buenos Aires. “Eso es para la gilada y para los medios” dicen – con razón – los socios. Principalmente las socias. Es que “allá, en los lugares públicos” entra cualquiera. Basta llegar y tener donde alojarse. Ir y comprar una casa en el Country que prefieras o en esas nuevas torres que surgen para cualquier arribista con medio palo verde. Cierto, tener dinero es necesario para que te admitan en los círculos más “selectos” de aquellos lugares. Pero acá no entra cualquiera. Tenés que tener dinero, carradas de plata eso sí. Pero además tenés que tener la acción. Acá no entra cualquiera, porque la plata cambia de manos, pero la educación, el nivel se gana con décadas. Por lo menos así dicen. Y cuando algún discutidor saca a la palestra algunos de los miembros más pintorescos, menos selectos la respuesta siempre es la misma:
- Eso es un toque de color che. O acaso a vos no te divierte cruzarte con (“ella”) o (“él”) en la calle, o en la playa?.Los tenemos aquí por eso. Y además se lo han ganado. Y fijáte que cada vez está más refinado/a, parece que aprende – dignifican desde su auto definida superioridad de aristócratas criollos.
A cambio de todas estas exigencias para entrar y para quedarse, el Highland Over the Sea Sport and Social Country Club ofrece el paraíso en la tierra: todas las comodidades descriptas, un paisaje de ensueño, el contacto social con gente interesante y del nivel adecuado.
Y algo que hoy se aprecia por encima de todo: Seguridad. Un apretado – y bien disimulado – aparato de seguridad protege al socio una vez traspuestas las puertas del complejo. Todo el perímetro está cercado con mecanismos de vigilancia de alta seguridad y tecnología de punta. Cámaras vigilan el terreno todo el tiempo, monitoreadas por 6 guardias en turnos rotativos 24/7 (24 horas, 7 días a la semana) que vigilan desde una oficina de control que parece la Nasa. Nadie entra sin permiso. El personal de servicio está debidamente identificado. Y una vez adentro del Highland se las ven con guardias que recorren los caminos en cuatriciclos y motos.
Acá la seguridad es en serio.
A las 6 de la tarde todo el personal externo debe retirarse.
El único lugar de teórico acceso público, la playa y el mar, tampoco constituyen tarea fácil si alguien quisiera entrar por allí. Guardias armados patrullan discreta pero activamente los 10 Km. de playa todo el día, y durante la noche. Cuando oscurece se prenden faros que iluminan y permiten a los guardias estáticos subidos a torres disimuladas entre los árboles, controlar la línea costera. Por si fuera poco, una lancha con un potente fuera de borda patrulla día y noche la costa del club. Si bien las playas “son públicas” y cualquiera puede acceder, los pocos visitantes que se adentran en la playa del Highland, provenientes de balnearios más plebeyos adyacentes, sólo pueden hacerlo a pie. Es una larga caminata, y no son bien recibidos. La sugerencia es clara: retornen a sus lugares de origen.
Si alguno llega hasta el centro del pueblo, caminando por la playa, es vigilado y el entorno hostil lo hace regresar. Tampoco hay lugares de venta de comida en la calle y en la playa los vendedores no toman dinero: solo anotan y hacen firmar al socio de manera que los extraños, tras una caminata de 10km se ven sin alimentos o líquidos. Pocos vienen.
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES
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