Juego de Rol - Parte 4

*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.

Télam
Por Télam
De resultas de este imponente aparato de seguridad, omnipresente e invisible, se dice que cuando entrás al Highland Over the Sea, “ya llegaste”. Estás en otro mundo. Las casas suelen permanecer abiertas, los autos siempre quedan con las llaves. Los mayores pasean a la nochecita con tranquilidad, y los adolescentes, en el verano viven su vida loca sabiendo que pueden regresar a sus casas sin temer. En verano la población sube a unas 15000 personas, mientras que en invierno son unos 1200 a 1500 habitantes. A esto se deben sumar los 150 empleados permanentes y los guardias de seguridad, unos 200 en total.  (Denominada oficialmente “La policía” porque no olvidemos que esto es un “poblado o población constituida” asi que formalmente las autoridades son oficiales aunque en la realidad todo el mundo responde a la Comisión Directiva).

En verano las costumbres son las de un pueblo de la costa: los jóvenes bolichean hasta la madrugada (los locales están alejados para no molestar con el ruido) y aparecen en la playa a la tarde, los mayores van a la playa con los chicos más pequeños.La gente hace deportes, y a la noche asados o cenan en algunos de los 6 restaurantes del complejo. Hay fiestas privadas.El apogeo es “la temporada” que empieza el 26 de Diciembre y termina el 31 de Enero.
Este – y me ha tomado un rato describirlo – es el Highland Country Club, el pedazo de  Argentina más bello, completo, lujoso y deseado. El más seguro. El súmmum al que podés llegar. El desideratum, envidiado por todos aquellos que en Argentina y aún en el mundo lo conocen pero no pueden disfrutarlo, fuente de orgullo para “los 3001” , los que “pertenecen”. Lo mejor de lo mejor.
Yo más bien lo describiría como una cárcel de lujo, ya sabés el panóptico de Foucault, donde todo se hace bajo estricta vigilancia. El ocio perfecto, la seguridad total. El Gran Hermano vigila.
Este es el “Paraíso” creado por la familia Belaunde Briggs.
Mi familia. 

2- Datos y preferencias personales.

Soy Alberto – Tito - Scalabritti . 35 años, periodista. Un divorcio a cuestas. Mi hija Paloma vive con la madre y yo la visito regularmente. Soy un tipo medianamente culto, pintón para mis años nunca me ha costado trabajo relacionarme con mujeres. En lo político me defino como progresista. Ya sé… el término está un poco deteriorado últimamente. Digamos entonces izquierdista razonable: me intereso por los problemas sociales, me duelen los pobres y hago lo que puedo por denunciar, ayudar a corregir su situación. Dentro de lo razonable  y lo que me permiten los parámetros de la revista en que trabajo. Dos veces por semana colaboro ad- honorem en una ONG que se dedica a tareas de bien público. Los jueves a la nochecita en lo posible visito a mi padre en la casita familiar donde me crié en Santos Lugares.

Entonces, ¿qué hacía yo por aquellos días de enero en ese paraíso de la alta burguesía, la aristocracia criolla? Un lugar, un ambiente al que  detestaba desde antes de conocerlo, opinión confirmada cuando pasé dos semanas allí la temporada pasada. Donde – lo sabía – me consideraban un intruso, uno de afuera, alguien que no correspondía. Apenas me toleraban. Y con toda razón porque si algo no soy  ni quiero ser es uno de esos estirados que pululan por aquí.
Es que el amor no conoce fronteras.

Hace ya dos años que Victoria y yo nos encontramos y nos enamoramos. Sólo después vinimos a enterarnos de nuestros disímiles orígenes. Y no nos importó.

Victoria, al elegir la carrera de periodismo para horror histérico de su madre y consternación de su padre, había salido de la jaula de oro en que se había criado. Además siempre había sido una rebelde.

Yo llevaba ya tres años de divorciado, y nos cruzamos en uno de esas presentaciones de libros que escriben periodistas y leen otros periodistas. Para mí fue una revelación. Redescubrí con ella el gusto, las ganas de vivir.  Tiene diez años menos que yo. Eso aporta a la pareja una alegría, una energía que nos mantiene siempre motivados. Con la lozanía de su juventud, sensual, siempre chispeante e íntima a la vez no me cuesta nada adorar a Victoria. Nos hicimos inseparables. Yo trabajo hace años en la revista, muy consolidada dentro de la opinión pública progre a la que moldeamos cuando podemos. Llevé siempre la sección de política. En una de las reducciones de personal me ofrecieron la de “Sociales” y como no soy de achicarme la tomé. Así que alterno contacto con políticos, diputados y  jueces, con miembros de la farándula y el jet set. En esta época son prácticamente los mismos escenarios. Calculo que seré el próximo Jefe de Redacción cuando Santilli se jubile en un par de años. Estoy tranquilo con mi futuro laboral.

Victoria está desarrollando una carrera promisoria. Tiene un programa en un canal de cable tipo magazine: modas, viajes, galerías de arte, cosas refinadas. Lo hace muy bien. Se le nota la gracia, la elegancia, el savoir faire. Eso no se adquiere con plata ni con  educación meramente – dice ella – sino con generaciones de depuración y lento enriquecimiento espiritual (¿?). Yo me río un poco, le acaricio el pelo y me la llevo a la cama para mostrarle lo que pueden – cuando juntos – el refinamiento enriquecido y el muchacho de la calle, criado en Santos Lugares. No sé si sus anteriores amantes habrán sido refinados, cultos o mariquitas. Puedo atestiguar que la bestia bruta que la lleva al delirio, a gritar como una poseída y a pedir más, tiene sangre tana. Encabritada. Y eso parece bastarle. Convertidos en “el animal de dos espaldas”, quedamos satisfechos, exhaustos, felices. 

Buena cama, comunión de inteligencias, 10 años de diferencia etárea que a ambos nos sirven (ella es mi “nena”, yo soy su “papi” aunque nunca nos tratamos así explícitamente). Todo hizo que desde aquel encuentro nos uniéramos con fuerza, una atracción como la del neutrón y el protón. Inseparables.

Y bien que necesitamos esa fibra, esa potencia interna en nuestra pareja. Porque llegó el momento en que Victoria y yo decidimos vivir juntos. Buscamos y alquilamos un semipiso en Belgrano. Y eso significó afrontar la situación: su familia y yo debíamos conocernos.

Papá ya había venido al centro y tomado el té con nosotros. Estaba contento al verme rehacer mi vida. Pero en lo referente a la familia de mi novia, las cosas había que calcularlas con precisión. Todo había sucedido tan rápido que en los 4 meses previos no habíamos encontrado la oportunidad de hacerlo.

Fui a la casa de los Belaunde Briggs – que de ellos se trataba – una noche de agosto. Me recibieron cortésmente en una mansión de Palermo Chico que tenía por vecinos a Susana Giménez hacia la esquina, y al Juez Bonorino Gainza Herralde a la izquierda. Yo había estado en ambas por cuestiones laborales. Una por la columna de Sociales, el otro por Política. Son chozas, pobres taperas comparadas con el esplendor de la casa que conocí aquella noche. Originalmente construida por un arquitecto francés en 1922 para la familia Alzaga Menéndez Behety, los Belaunde la compraron en el año 54. Ha sido remodelada varias veces. El interior es francés moderno de un buen gusto, un chic que deslumbra. Aúna sabiamente lo más elegante de la arquitectura con la funcionalidad extrema. El palacio se desarrolla en tres pisos y atrás tiene un jardín inglés con piscina cubierta y climatizada. Victoria me llevó de recorrida y tuve que guardarme de expresar los ohhs!!!  y ahhs!!! que surgían espontáneamente de mi garganta ante cada maravilla que nos esperaba al doblar un corredor: un jarrón exquisito, un Matisse como al descuido en un comedor secundario. Ella, que me conoce sonreía y me guiaba de la mano.

Terminamos abajo, donde sirvieron la cena. Santiago Belaunde Briggs, el padre de Victoria tiene unos 55 años, alto, elegante, bien mantenido físicamente, se lo nota un deportista, conserva todo su pelo y una sonrisa agradable en el rostro. Abogado y hombre de empresa. Me impresionó bien. Una inteligencia que aparecía rápidamente, en alguna observación irónica o humorística. Como destellos de una cualidad cuyo poseedor no quiere lucir sino más bien ocultar, mantener reservado, para usar sorpresivamente cuando sea necesario. Básicamente administra la inmensa fortuna que el Viejo le dejó, con el tino de haber sido hijo único. Lo ha venido haciendo bien, acrecentando el ya inmenso patrimonio recibido.

Amanda, la madre en cambio, resultó una arpía. Educada, cuidadosa, no pudo ni quiso ocultar que un italianito de Santos Lugares no era lo que había planeado para su hija mujer. Filosa, ácida, amargada aún antes de conocerme. Se ve que nunca hermosa, ni en su juventud, sus razones habrá tenido para casarse hace ya tantos años. La mirada de cada uno de ellos para con el otro no muestra amor. Ni siquiera el amor tierno y tibio que exhiben las parejas donde antaño hubo un fuego. Tienen un hijo más, Valentín dos años mayor que Victoria que no estaba esa noche y de quien no se habló. Después me enteré que el muchacho no satisface las expectativas paternas. Viaja por el mundo, se hace el bohemio y Don Santiago se preocupa.

Antes de sentarnos, la vieja me había sometido a un intenso interrogatorio, que ella creería disimulado. Dejé toda mi historia personal al descubierto, y dos generaciones para arriba también, barco desde Sicilia incluido con mis abuelos viajando en tercera clase. Cada cosa que oía parecía sumirla en un estupor o un rechazo creciente. A mis orígenes poco nobiliarios, tan opuestos a los patricios de ellos, se sumaba mi profesión que consideraba de chismosos. Ya se sabe: para las clases altas, ejercer el periodismo es sinónimo de metidos, correveidiles, vendidos, proxenetas. Hay que admitir que hay mucho de eso, pero ¿en qué profesión no? No ocultó su opinión negativa aunque tratando de suavizarla. Según ella, todo lo que se necesita en el país es el diario La Prensa “ ay, cuando era de los Gainza Paz, que tiempos aquellos” y – extendiendo la tolerancia-  La Nación. Todos los demás medios están “para armar barullo, para entretener a las masas incultas”. O incluso para fines aún más inconfesables como subvertir valores tradicionales de nuestra patria.

El acabóse –virtual, porque todo fue muy civilizado, como en sordina– fue enterarse que el novio de su hija era divorciado y con una hija. No aprobaba. ¿Qué era lo que no aprobaba? El divorcio. Era antidivorcista, en 2004.

De todas maneras, una vez expuestas todas las posiciones, Amanda escandalizada, Santiago cortés y bonachón –seguramente dejaba para su mujer la carga de las averiguaciones y el escandalizarse-, y yo habiendo ofrecido mi declaración jurada, pasamos a cenar. La cruda verdad conocida por los cuatro presentes es que por suerte en esta época los viejos pueden aprobar o no pero “la nena” con sus 25 añitos iba a hacer lo que quisiera.

Cenamos, tomamos café y pasamos un rato agradable aunque un poco tenso. La única que se divirtió realmente fue Victoria. Después me contó: disfrutaba perversamente viendo los esfuerzos de todos por llevar la relación a buen puerto, evitar chocar la nave o que se generara una tormenta que pusiera al descubierto las pasiones ocultas.

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