La aterradora perspectiva que provoca el caos en Pakistán
*Causas y probables consecuencias de la regresión autoritaria del dictador aliado de Bush, en el único país musulmán con arsenales nucleares.
Si Pakistán termina naufragando en el caos, toda Asia Central se convertiría en un agujero negro absorbiendo y engendrando los peores fanatismos.
Al borde de ese abismo quedó el único país musulmán que posee armas nucleares, debido a la sorpresiva regresión autoritaria que emprendió el general Pervez Musharraf, justo en el momento en que se daban las condiciones para legitimar su tercer mandato.
Retrotrayéndose a la faz más represiva de su régimen, Musharraf decretó el estado de emergencia, decapitó la justicia, encarceló opositores y defensores de derechos humanos, metaforizando además su brutal embestida contra las leyes y la juridicidad con una desopilante y masiva persecución contra los abogados.
O sea que, de repente, Pakistán entró en estado catatónico creando un gigantesco interrogante que de momento nadie se atreve a responder: Lo que está haciendo Musharraf ¿aleja el peligro de una guerra civil o, por el contrario, acrecienta el peligro de que estalle una conflagración interna?
Lo que está claro es que una guerra civil podría dejar el poder atómico, creado por el científico Abdel Qader Khan, en manos de los fundamentalistas que quieren instaurar en Pakistán el modelo lunático que el talibán hizo regir en Afganistán hasta la invasión de la OTAN.
La magnitud de la importancia estratégica de este rincón centroasiático evidencia la magnitud del peligro que implica el caos en esta parte del planeta.
Más correcto que hablar de una cuestión afgana, es hablar de una cuestión afgana-paquistaní; porque el punto en cuestión es el vasto territorio habitado por la etnia pashtún y que se extiende desde el sur de Afganistán hasta las regiones paquistaníes de Waziristán y Baluchistán.
Antes que afgano o paquistaní, la pashtún (o patán) es una nación en sí misma. Y en ella se hizo fuerte la doctrina deobandi, llamada así por haber surgido en la región india de Deoband y caracterizada por su dogmatismo cerrado, intolerante y belicoso.
La doctrina deobandi germinó en las madrazas paquistaníes que engendraron al talibán afgano. Por eso las organizaciones terroristas del Pakistán, como el Harkat ul Jihad e Islami y la milicia Jaish e Mohamed, así como el brazo político de ambos, Jamiat Ulema e Islam, pretenden que una teocracia basada en el modelo talibán reemplace al Estado secular que fundó Mohamed Jinhá y su Liga de los Musulmanes en 1947, el año de la independencia y de la separación de la India.
El punto de inflexión en la ofensiva de estas fuerzas fundamentalistas contra la dictadura secular se dio con la rebelión de Lal Masjid, ese gigantesco complejo de templos y madrazas conocido como la Mezquita Roja de Islamabad.
Cuando los hermanos Abdul Rashid y Abdul Aziz Ghazi, hijos del maulana (gran maestro) que difundió la doctrina deobandi y adoctrinó al liderazgo talibán, se rebelaron demandando reemplazar las leyes vigentes por la sharía (ley coránica), sabían que la rebelión sería aplastada sin poder imponer sus demandas.
Lo que buscaban era, precisamente, que el gobierno cometiera una masacre para aplastar la rebelión de la Mezquita Roja, para que la sangría tuviera un efecto propagandístico contra el régimen secular y despertara simpatías hacia los ultrareligiosos.
Musharraf les dio el gusto a los hermanos Ghazi, ordenando una salvaje represión que acrecentó el rechazo popular a su gobierno y acrecentó el apoyo a los fundamentalistas.
Desde entonces, la tenue legitimación que el dictador había construido en base a plebiscitos en los que las clases media y alta le daban su apoyo por temor a una teocracia, entró en declinación.
El gobierno norteamericano, preocupado por la debilidad de su socio en la lucha contra el talibán y Al Qaeda en Afganistán, además de aterrado ante la perspectiva de que los laicos paquistaníes terminen perdiendo la pulseada con los ultra-islamistas, impulsó una negociación entre las fuerzas seculares y el gobierno, para que un tercer mandato de Musharraf sea legalizado e institucional.
El plan era simple y se estaba concretando. Musharraf amnistió a la ex primer ministra Benazhir Butho de las acusaciones de corrupción que pesaban en su contra y la llevaron al exilio, con el objetivo de que la líder opositora, a cambio de poder regresar y reiniciar la actividad política, hiciera que su Partido del Pueblo Paquistaní (PPP) legitimara desde el parlamento el tercer periodo presidencial.
Ahora bien, para obtener tal legitimación en una votación parlamentaria, Musharraf debía cumplir con un requisito constitucional ineludible: dejar la jefatura del ejército en virtud del artículo de la Constitución que impide ser presidente y jefe militar al mismo tiempo.
Cuando nadie lo esperaba, Musharraf se aferró a la jefatura del ejército echando por la borda todo el proceso de legitimación y provocando la regresión autoritaria que decapitó la justicia y encarceló miles de opositores y abogados.
Ante semejante giro copernicano, cabe recordar el origen del régimen actual: Un golpe de estado perpetrado por ejército contra el primer ministro Nawaz Sharif, acusándolo de ceder ante la presión norteamericana en el último conflicto contra la India.
En 1999, Lashkar e Toiba y otras guerrillas que quieren separar Cachemira de la India, lanzaron una fuerte ofensiva contre el ejército indio en las laderas del Himalaya, contando para ello con una fuerte asistencia y protección de las Fuerzas Armadas de Pakistán.
El conflicto terminó cuando la administración Clinton presionó al gobierno paquistaní para que cese el apoyo militar a la guerrilla, que al perder ese respaldo fue aplastada por el ejército de la India.
El hecho provocó la rebelión de militares nacionalistas, encabezadas por Musharraf, jefe del ejército que en la guerra indo-paquistaní de 1965 había recibido importantes condecoraciones.
O sea que Pervez Musharraf llegó al poder en un giro anti-norteamericano. Sin embargo, al optar entre profundizar esa dirección reiniciando la guerra contra India o recomponer la relación con los Estados Unidos, el dictador eligió lo segundo.
Las masacres del 11 de setiembre del 2001 le dieron la oportunidad. Y el general no sólo se reconcilió con Washington sino que se convirtió en su principal aliado para la ofensiva contra el talibán afgano y Al Qaeda.
Ahora es Washington el que debe optar por preservar esa sociedad estratégica a pesar de la regresión autoritaria de su aliado, o presionarlo hasta que vuelva a encaminarse en el trayecto institucional que abandonó súbitamente.
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