La guerra de los policías contra los narcos llegó a la Argentina
*Durante años, décadas para mejor decir, las bandas de narcotraficantes en la Argentina siguieron la consigna de evitar enfrentamientos armados con la policía
*Sin embargo, esos hábitos están cambiando, como lo demuestra el tiroteo del 25 de febrero, en el cual murieron el subteniente Santillán y uno de los agresores.
El miércoles 25 de febrero marcó un hito tristemente célebre en la guerra que el narcotráfico libera en la Argentina. Ese día, en San Francisco Solano, cuatro policías de la división antidrogas de Quilmes fueron recibidos bajo una infernal lluvia de balas cuando se aprestaban a realizar un operativo en una vivienda donde se vendía paco. El subteniente Claudio Santillán murió en el acto y los tres oficiales que lo acompañaban resultaron heridos de distinta consideración. Uno de los agresores resultó muerto y otros integrantes de una familia que estaban en la vivienda allanada resultaron también heridos. Hasta aquí la crónica policial. ¿Qué tiene de insólito este sangriento episodio?
Lo siguiente. Durante años, décadas para mejor decir, las bandas de narcotraficantes en la Argentina siguieron la consigna de evitar enfrentamientos armados con la policía. Algunas veces los hubo para cubrir una retirada, pero en general los integrantes de organizaciones dedicadas a comercializar estupefacientes decidían no entrar en el terreno de las balaceras con la policía y cuando eran descubiertos preferían entregarse antes que matar o morir a balazos.
Lo que en los últimos tiempos fue una constante en Colombia, México o Brasil, países donde las batallas entre fuerzas policiales y bandas de narcos eran moneda corriente, en la Argentina fue casi una excepción.
No es que nuestros narcos fueran más angelitos que sus pares de otras latitudes. Es que en los entresijos de un sistema judicial permeable y demasiado blando en cuanto al cumplimiento de las condenas, cualquier narco atrapado con pruebas irrefutables de su culpabilidad sabía que su permanencia en prisión era cosa de unos pocos años, y que contando con un buen estudio jurídico y sus consiguientes abogados “sacapresos” incluso podía conseguir la libertad en menos de lo que canta un gallo. Entonces, la consigna era rendirse frente a la presencia policial y evitar cualquier tiroteo que pusiera en riesgo su vida.
De allí que sea muy difícil encontrar en los anales de la crónica policial algún enfrentamiento como el que tuvo lugar en la villa La Matera de Quilmes hace unos pocos días. Y hasta que se hicieron fuertes en bajo Flores –la 1-11-14- los narcosenderistas peruanos, tampoco hubo en el país demasiadas muertes por venganzas entre los negociantes de drogas.
Es como que en la Argentina el negocio del narcotráfico circulaba en una autopista de bajas calorías en comparación con lo que ocurría en otras latitudes. Ni enfrentamientos entre bandas, ni ajustes de cuentas ni balaceras con la policía. Hubo excepciones, pero esa fue la regla común hasta hace poco.
También es cierto que las complicidades y conexiones del negocio de la droga tanto con redes políticas de protección y ciertas complicidades policiales, mantuvieron siempre el negocio en una tensa calma que rara vez pasaba a mayores.
Pero el horror que vivían otras sociedades de América con el afianzamiento del poder narco, lo comenzó a vivir este siglo la Argentina en medio de la globalización.
Primero fueron los ajustes de cuentas entre los narcosenderistas (que amainó, pero sigue vigente), más tarde vino esta extraña e inaudita extrapolación de las venganzas de los carteles colombianos y mexicanos matándose en las calles argentinas y ahora este episodio ocurrido en Quilmes donde los vendedores de paco tiraron a mansalva contra una pequeña patrulla policial integrada sólo por cuatro agentes.
Todos hechos sangrientos y demasiado terribles como para que nuestro inconsciente colectivo lo pueda metabolizar debidamente.
Los argentinos se dan cuenta que se vive un peligro cada vez mayor en una zona donde antes, pese a la gravedad del delito de traficar estupefacientes, las muertes eran solo de los consumidores y nunca de los actores principales de esta tragedia.
No es tampoco casual que en esa vivienda donde fueron tiroteados los policías y murió el subteniente Claudio Santillán, se encontrara en una de esas zonas que por su grado de peligrosidad se consideran inaccesibles para cualquier extraño, sea civil o policía.
Que en estas regiones hondamente marginales existan zonas prohibidas y liberadas por delincuentes de suma peligrosidad, es otro de los grandes contrastes y situaciones inentendibles para una sociedad que se pretenda moderna.
Y por último, que en esa vivienda de Quilmes se traficara la más venenosa y descerebrante droga de la actualidad, el paco, que ni siquiera los narcos brasileños permitieron que se venda en las favelas paulinas y cariocas, marca el punto de inflexión que se encuentra la Argentina en cuanto a la seguridad de sus pobladores. Muchas cosas han cambiado –y para mal- en los últimos años, mientras los gobernantes siguen declamando frases vacías y no haciendo demasiado para salir del pozo al que se llegó en materia de seguridad.
Dejá tu comentario