La inercia derechista domina las primarias del Partido Republicano

La interna oficialista se ha convertido en una desoladora competencia por ver quien es el conservador más duro y recalcitrante, para  conquistar el voto del sector más mezquino e intolerante de la sociedad norteamericana. El humillante fracaso de Rudolph Giuliani, cuya errónea estrategia dilapidó su ventaja inicial sobre los demás aspirantes.

La interna republicana es una puja por conquistar lo más duro, imperial y mezquino del electorado norteamericano. Por eso los debates y discursos de los candidatos fueron girando hacia posiciones implacables respecto a los inmigrantes y también en favor de la ocupación militar permanente de Irak.

En esta competencia desenfrenada por ver quien es el más duro, Mitt Romney se está imponiendo con auténticas demostraciones de desprecio hacia los inmigrantes y hacia el mundo multilateral que terminó con la invasión en el Golfo Pérsico.

En rigor, el millonario gobernador de Massachussets y primer aspirante mormón a la presidencia, jamás representó posiciones de tolerancia y sensibilidad. Pero lo grave es que, junto a la prédica moralista y ultra-religiosa del gobernador de Arkansas Huckabee, ese conservadurismo agresivo y cerrado está influyendo negativamente en el discurso y las propuestas de John McCain.

El senador por Arizona siempre representó un centro-derecha moderado, tolerante y liberal. Por eso enfrentó en las internas del 2000 al conservadurismo religioso que postuló a George W. Bush.

Muchas veces en la soledad total (o con Rudolph Giuliani como única compañía) John McCain sostuvo posiciones más cercanas al Partido Demócrata que a su propio partido. Lo demuestra su apertura en temas como aborto, inmigración y matrimonio homosexual.

El senador de Arizona también mantuvo posiciones independientes y críticas respecto a la guerra en Irak y a la influencia de la industria armamentistas sobre el gobierno a través de Dick Cheney y Donald Rumsfeld. Sin embargo ya no cuestiona “los intereses privados que manejaron Washington estos años” y repite como un disco rayado que las tropas deben permanecer en Irak.

Sobre los inmigrantes indocumentados (unos doce millones), John McCain siempre sostuvo la necesidad de legalizarlos e integrarlos, mientras que Romny y Huckabee postulan prácticamente la deportación en masa.

Pues bien, todo parece indicar que correr a McCain por derecha está dando resultado, porque ahora también él habla de levantar muros y expulsar.

En todo caso, quien finalmente conquiste la candidatura republicana tendrá luego que desdecirse para conquistar votos centristas y también el respaldo de la comunidad latina, que escucha con escozor el discurso cargado de desprecio que domina la interna oficialista.

En esta desoladora competencia por demostrar quien es el  conservador más duro y recalcitrante, la increíble excepción la marca el postulante que menos chances tiene. Se trata de Ron Paul, el único  que sobre la invasión a Irak se atreve a decir una verdad evidente: la guerra no tenía justificación porque era mentiras que Saddam Hussein tenía armas químicas y vínculos con Al Qaeda.

                      El papelón de Giuliani

La otra sorpresa republicana ha sido el inmenso error de cálculo de Rudolph Giuliani, quien sufrió una humillante derrota en Florida.

Este republicano de posiciones liberales, al que se creía dotado de un claro sentido estratégico y que, sin embargo, planteó tan mal su estrategia de campaña que su tardío lanzamiento fue también la temprana muerte de su candidatura.

Antes de comenzar las primarias, entre los aspirantes republicanos, Giuliani era la figura más conocida a nivel nacional e internacional, y todas las encuestas lo situaban a la cabeza de las preferencias.

El único que se le acercaba en fama y popularidad era Mc Cain, por su larga y prestigiosa labor en el Senado. La fama de Romney, más que por gobernar Massachussets, deviene de haber sido el efectivo organizador de las olimpíadas en Salt Lake, mientras que Huckabee y los demás precandidatos figuraban prácticamente en calidad de tapados.

En cambio Rudolph William Louis Giuliani  cobró fama como alcalde de Nueva York. Sobre todo por su protagonismo el trágico 11-S y por la notable disminución del delito que implicó en la “Gran Manzana” la aplicación de su resonante programa de seguridad conocido como “tolerancia cero”, el nombre con que bautizó a la mano dura.

Ser la foto de tapa de la revista Time es una suerte de indiscutido certificado de fama y trascendencia a nivel nacional. Y “Rudy” habitó esa portada, así como también puso su nombre en los titulares de los diarios merced a la eficiencia del operativo que personalmente comandó en la masacre de setiembre del 2001.

Ahora bien, la fama de Giuliani lo hacía fuerte en las grandes urbes, sometidas al flagelo de la inseguridad y temerosas del terrorismo devastador, pero se debilitaba en esos estados rurales con ciudades chicas y vida pueblerina.

Con las encuestas mostrando esa debilidad en las cuatro primeras estaciones del viaje hacia la candidatura, Rudolph Giuliani decidió su estrategia de alto riesgo: resignar esos estados pequeños que aportan pocos delegados a la Convención Nacional partidaria, para concentrarse en el primer plato fuerte de la contienda: Florida.

La apuesta del ex alcalde neoyorquino fue ganar en la estratégica Florida el tiempo de campaña que los otros invertían en Iowa, New Hampshire, Nevada y Carolina del Sur.

Mientras los otros disputaban las escuálidas sumas de delegados que aportan esos estados pequeños, Giuliani hacía campaña en Florida con todo el escenario para él solo. Ergo, con toda la posibilidad de llevarse el suculento botín de delegados con un triunfo contundente y en la antesala del “supermartes”, una de las fechas más decisivas en el calendario de las internas.

Esa victoria resonante que lo colocaba en posición privilegiada para la decisiva jornada del martes cinco de febrero, era posible porque en Florida viven muchos hispanos, comunidad en la que Giuliani tiene buena imagen, y por ser el Estado con mayor inmigración proveniente de Nueva York, el bastión inexpugnable de este nieto de italianos  nacido en Brooklin.

La estrategia tenía lógica, sin embargo falló estrepitosamente. A pesar de estas largas semanas de campaña con el escenario para él solo, Giuliani quedó en un remoto tercer puesto y con su aspiración herida de muerte.

¿En qué se equivocó? En que sin bien Iowa, New Hampshire, Nevada y Carolina del Sur aportan pocos delegados a la Convención que define la candidatura, lo que aportan es protagonismo en los diarios, la radio y la televisión.

Y en esas primeras cuatro estaciones se instalaron los nombres de Mitt Romney y John McCain eclipsando al neoyorquino.

El hecho es que el gran ajedrecista se planteó mal el tablero y su primer movida fue la última, lo cual constituye un doble triunfo para John McCaine, porque Florida implicó para el senador vencer nuevamente Romney y, a la vez, continuar la marcha sumando los votos que hubieran sido de Giuliani y con el ex alcalde como colaborador de su campaña.

La pregunta es si el moderado McCain seguirá dejándose arrastrar por la inercia derechista que se adueñó del Partido Republicano, o será capaz de conquistar la candidatura con el discurso más moderado, abierto y racional que siempre lo caracterizó.

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