La inquietante y turbia visita oficial de un dictador africano
Teodoro Obiang Nguema
Por Claudio Fantini
Con ese aura opaco llegó a la Argentina Teodoro Obiang Nguema, más que el tirano, el dueño de Guinea Ecuatorial. Y ser el dueño absoluto de ese país mayormente insular, cuya capital es Malabo, implica ser el principal responsable del aparato que monopoliza el delito en gran escala, en una sociedad donde el soborno es la ley y donde el poder tiene vínculos con el tráfico de marfil y de diamantes, que tanta guerra y muerte impone en la región; aunque desde la década anterior, el eje de la corrupción y los negociados cambió al descubrirse inmensas reservas de hidrocarburos.
Hace diecinueve años, cuando derrocó a su tío, el feroz general Francisco Macías Nguema, Teodoro Obiang era un militar que gobernaba un distrito y prometía libertades públicas y democracia pluralista a un pueblo que vivió en el autoritarismo desde su independencia en 1968. Sin embargo no tardó en convertirse en una réplica (por cierto atenuada) del caído genocida.
Macías llegó a ser comparado con Pol Pot (el líder del Khemer Rouge que mató millones de camboyanos en la década del setenta) porque había expulsado al exilio a un tercio de la población, además de aniquilar entre sesenta mil y ochenta mil personas, en un país cuya población no alcanzaba a los cuatrocientos mil habitantes.
A pesar de su origen pobre y su militancia militaba en el independentista Partido Socialista Ecuatoguineano, Macías llegó al poder de la ex colonia española con el apoyo del dictador Francisco Franco.
Fue popular en los primeros años de su gestión pero en 1972 impuso la obligación oficial de llamarlo “milagro único del pueblo” y se proclamó presidente vitalicio. De hay en más, se dedicó a aplastar con brutalidad todo tipo de oposición.
Con estos dictadores, tan feroces y estrafalarios como el emperador centroafricano Jeran Badel Bocassa y el tirano ugandés Idi Amín Dada, la historia reciente de Guinea Ecuatorial entró en la dimensión del realismo mágico, y un ejemplo está en la estrambótica escena de la caída del tirano por la traición de su sobrino.
Al ser derrocado por Teodoro Obiang, Macías abandonó su palacio en Malabo, saqueó las reservas en divisas que estaba en la bóveda del banco Central, y se ocultó en la selva. Pero cuando los oficialies golpistas rodearon su escondite, antes de entregarse hizo una hoguera y quemó todo el dinero.
La escena siguiente no es menos surrealista: Teodoro Obiang ordena ejecutar a su tío, pero éste despertaba tanto temor en la población y en el ejército, que ningún soldado ni oficial quiso integrar el pelotón de fusilamiento, por lo que finalmente la ejecución se llevó a cabo con soldados marroquíes.
Enterrado Macías, su sobrino proclamó el Consejo Militar como nuevo régimen, convirtiéndose pronto en un experto en detectar conspiraciones y fusilar a sus cabecillas. A mediados de los ochenta, ejecutó a Abesu Mondu, dirigente que encabezó un complot apoyado por Estados Unidos, Gran Bretaña, España y Francia El esquema se repitió en el 2004, pero su artífice, Severo Moto Nsá, pudo escapar a España, donde se convirtió en el principal referente de la lucha por la democratización de Guinea Ecuatorial.
Según Amnistía Internacional, los que no pudieron escapar fueron torturados y ejecutados, y a muchos de quienes simpatizaban con los golpistas se le amputaron las orejas de orejas, ancestral y horrenda práctica tribal en esa región africana.
El océano de denuncias contra Teodoro Obiang N’guema fueron aislando a su régimen y al país. Aislamiento acrecentado por la corrupción, debido a la lógica sensación de que quienes hacen negocios con una dictadura corrupta corren el riesgo de corromperse o, liza y llanamente, son corrupto.
Por eso es tan raro que gobiernos de países importantes y democráticos reciban a Obiang N’guema. Aunque su agenda exterior se amplió desde que se multiplicó su capacidad de producir y exportar hidrocarburos, lo que convirtió a Guinea Ecuatorial en el único país que en el 2007 tuvo un crecimiento económico del treinta por ciento, tres veces más que China.
Más allá de la necesidad de vincularse con potencias productoras de hidrocarburos en tiempos de crisis energéticas, tratándose de un régimen brutal cuyo poder absoluto no tolera prensa libre ni justicia independiente ni nada que pueda controlarlo y garantizar transparencia, todo vínculo con él puede generar sospecha.
Dejá tu comentario