La inquietante y turbia visita oficial de un dictador africano

Teodoro Obiang Nguema, tirano de Guinea Ecuatorial sobre el que pesan denuncias de bestiales y masivas violaciones a los derechos humanos, fue recibido por la presidenta en la Casa Rosada, para firmar acuerdos bilaterales.

Es (o debiera ser) inevitable que recibir a un dictador acusado de perseguir, encarcelar, torturar y asesinar disidentes, que encabeza un estado africano carcomido de corrupción, genere arduas polémicas y despierte oscuras sospechas. Sobre todo porque el gobierno anfitrión está fuertemente identificado con la defensa de los derechos humanos.

Por eso, que Cristina Fernández reciba en la Casa Rosada a Teodoro Obiang Nguema, firme con él convenios bilaterales y lo ponga a negociar con empresarios argentinos, se parece a una turbia contradicción.

Por cierto, en tiempos de crisis energética a escala global tiene lógica vincularse con el gobierno del tercer productor y exportador de petróleo del Africa subsahariana. Posiblemente, en las necesidades energéticas de la Argentina radique la totalidad de la razón de semejante visita. En ese caso, resultaría conveniente explicarlo pública y detalladamente, en lugar de apostar a que, tratándose del ignorado dictador de un país diminuto y remoto, no haga falta explicación alguna.

Tal conveniencia proviene del hecho de recibir, negociar y firmar acuerdos con un Estado que no tiene embajada en Buenos Aires (así como en ninguna otra capital sudamericana con la excepción de Brasilia), estableciendo sociedades públicas y privadas con un régimen despreciado por el grueso de las democracias del mundo y aislado internacionalmente.

Organizaciones derechos humanos tan creíbles e importantes como Amnistía Internacional y Human Rigths Watch coinciden en que la tiranía de Guinea Ecuatorial tiene las cárceles abarrotadas de presos políticos y mantiene en el exilio a decenas de miles de personas. Paralelamente, los gobiernos europeos coinciden en considerar creíble y respetable a Severo Matías Moto Nsá, líder disidente que goza del asilo político y la protección de España, donde además funciona el gobierno en el exilio del país más pequeño del occidente ecuatorial africano.

Con ese aura opaco llegó a la Argentina Teodoro Obiang Nguema, más que el tirano, el dueño de Guinea Ecuatorial. Y ser el dueño absoluto de ese país mayormente insular, cuya capital es Malabo, implica ser el principal responsable del aparato que monopoliza el delito en gran escala, en una sociedad donde el soborno es la ley y donde el poder tiene vínculos con el tráfico de marfil y de diamantes, que tanta guerra y muerte impone en la región; aunque desde la década anterior, el eje de la corrupción y los negociados cambió al descubrirse inmensas reservas de hidrocarburos.

Hace diecinueve años, cuando derrocó a su tío, el feroz general Francisco Macías Nguema, Teodoro Obiang era un militar que gobernaba un distrito y prometía libertades públicas y democracia pluralista a un pueblo que vivió en el autoritarismo desde su independencia en 1968. Sin embargo no tardó en convertirse en una réplica (por cierto atenuada) del caído genocida.

Macías llegó a ser comparado con Pol Pot (el líder del Khemer Rouge que mató millones de camboyanos en la década del setenta) porque había expulsado al exilio a un tercio de la  población, además de aniquilar entre sesenta mil y ochenta mil personas, en un país cuya población no alcanzaba a los cuatrocientos mil habitantes.

A pesar de su origen pobre y su militancia militaba en el independentista Partido Socialista Ecuatoguineano, Macías llegó al poder de la ex colonia española con el apoyo del dictador Francisco Franco.

Fue popular en los primeros años de su gestión pero en 1972 impuso la obligación oficial de llamarlo “milagro único del pueblo” y se proclamó presidente vitalicio. De hay en más, se dedicó a aplastar con brutalidad todo tipo de oposición.

Con estos dictadores, tan feroces y estrafalarios como el emperador centroafricano Jeran Badel Bocassa y el tirano ugandés Idi Amín Dada, la historia reciente de Guinea Ecuatorial entró en la dimensión del realismo mágico, y un ejemplo está en la estrambótica escena de la caída del tirano por la traición de su sobrino.

Al ser derrocado por Teodoro Obiang, Macías abandonó su palacio en Malabo, saqueó las reservas en divisas que estaba en la bóveda del banco Central, y se ocultó en la selva. Pero cuando los oficialies golpistas rodearon su escondite, antes de entregarse hizo una hoguera y quemó todo el dinero.

La escena siguiente no es menos surrealista: Teodoro Obiang ordena ejecutar a su tío, pero éste despertaba tanto temor en la población y en el ejército, que ningún soldado ni oficial quiso integrar el pelotón de fusilamiento, por lo que finalmente la ejecución se llevó a cabo con soldados marroquíes.

Enterrado Macías, su sobrino proclamó el Consejo Militar como nuevo régimen, convirtiéndose pronto en un experto en detectar conspiraciones y fusilar a sus cabecillas. A mediados de los ochenta, ejecutó a Abesu Mondu, dirigente que encabezó un complot apoyado por Estados Unidos, Gran Bretaña, España y Francia El esquema se repitió en el 2004, pero su artífice, Severo Moto Nsá, pudo escapar a España, donde se convirtió en el principal referente de la lucha por la democratización de Guinea Ecuatorial.

Según Amnistía Internacional, los que no pudieron escapar fueron torturados y ejecutados, y a muchos de quienes simpatizaban con los golpistas se le amputaron las orejas de orejas, ancestral y horrenda práctica tribal en esa región africana.

El océano de denuncias contra Teodoro Obiang N’guema fueron aislando a su régimen y al país. Aislamiento acrecentado por la corrupción, debido a la lógica sensación de que quienes hacen negocios con una dictadura corrupta corren el riesgo de corromperse o, liza y llanamente, son corrupto.

Por eso es tan raro que gobiernos de países importantes y democráticos reciban a Obiang N’guema. Aunque su agenda exterior se amplió desde que se multiplicó su capacidad de producir y exportar hidrocarburos, lo que convirtió a Guinea Ecuatorial en el único país que en el 2007 tuvo un crecimiento económico del treinta por ciento, tres veces más que China.

Más allá de la necesidad de vincularse con potencias productoras de hidrocarburos en tiempos de crisis energéticas, tratándose de un régimen brutal cuyo poder absoluto no tolera prensa libre ni justicia independiente ni nada que pueda controlarlo y garantizar transparencia, todo vínculo con él puede generar sospecha.

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