La preocupación sobre los efectos que producen los consumos televisivos en los niños es tan vieja como la existencia de la TV. En la Argentina, cada tanto, la polémica se reaviva. Actualmente, el tema está sobre el tapete. Es bueno debatirlo. Lo curioso es que la discusión suele darse en un marco tan estrecho que en vez de permitirnos avanzar nos condena a girar en círculo.
Generalmente, el detonante son las imágenes de cuerpos semidesnudos o de violencia. El contenido de la discusión es, casi siempre, lo que la TV muestra. Y casi nunca lo que en ella se dice, como si los chicos fueran seres dotados de ojos pero privados de oídos. El paso siguiente consiste en vociferar contra la televisión, que es incapaz de educar; como si ella debiera o pudiera reemplazar a los padres y a los docentes en el cumplimiento de esa tarea. Luego, no sin buena intención, suele pedirse que se respete el horario de protección al menor; como si la solución del problema residiera en la emisión de ciertas películas o programas un minuto después de las 22. Y nunca faltan los devotos de las simplificaciones que optan por recomendar que los padres les prohíban a sus hijos mirar la tele. Como a esta altura del mundo esa medida es tan absurda como pedirle al chico que haga fuego frotando dos piedras en vez de enseñarle a encender el gas, todo termina en nada.
El jueves último, al mediodía, “América Noticias”_ el noticiero que conducen Dolores Cahen D´Anvers y Guillermo Andino_ hacía lo que los telediarios deben hacer: informar. Entre las noticias, hubo una cuyo efecto en los niños dudo que fuera edificante. La piedra del escándalo no estaba en las imágenes sino en el sonido. Lo que se veía era una señora completamente vestida. Pero lo que se escuchaba era de terror, porque esa mujer era la directora de la Escuela Municipal 6 de Mar del Plata donde la madre de un alumno de 2° año de EGB golpeó salvajemente a la maestra de su hijo. La directora describió cómo la mamá del chico trompeó a la docente, le tiró del pelo y le dio patadas. Todo en presencia de su hijo quien, según dijo la responsable del colegio, miraba y sonreía.
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El noticiero cumplió con el deber de informar y lo hizo a conciencia, porque después de dialogar con la directora del colegio, los periodistas interrogaron a una especialista en educación acerca de las consecuencias del hecho. La entrevistada señaló que para poder aprender, el niño necesita valorar a la persona que le enseña, reconocer su autoridad. El resto es una cuestión de sentido común: ¿qué respeto puede tener un alumno por la maestra cuando ve que su madre arremete contra ella a golpes de puño?
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Imaginemos por un instante a un chico que mira los noticieros. Ahora, una madre que dirime un conflicto con la maestra del modo en que lo hace un barrabrava. Antes, los alumnos del colegio Huergo en pelea callejera contra los del Vieytes. Después, el testimonio de un padre cuya hijita fue abusada. Más tarde, los datos sobre la gente que ha muerto congelada en las calles mientras la mayoría celebrábamos la nevada del 9 de julio último.
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Me pregunto si los relatos de esa serie de atrocidades son inocuos para las criaturas. Si el simple hecho de que no sea gente ligera de ropas la que testimonia sobre esos hechos es suficiente para preservar a los niños. Me pregunto si para un chico no es dañina la constatación del mundo que, hoy por hoy, les ofrecemos los adultos. Y no se trata aquí de fenómenos inevitables como las catástrofes naturales sino de realidades que podrían ser diferentes si las personas grandes se abstuvieran de cometer actos de barbarie como abusar de un menor o resolver sus diferencias a los golpes o si implementaran los medios para que los adolescentes no se apalearan a la salida de la escuela o para que los seres humanos no vivieran a la intemperie y terminaran muriéndose literalmente de frío, a la intemperie.
¿Qué puede hacer la tele frente a eso? ¿Programar todos los noticieros un minuto después de las 22 y ofrecer hasta entonces una TV color de rosa, para que los niños supongan que el mundo es Disneylandia?
El miércoles último, en “Impacto Chiche”, por Canal 9, se emitió un documento desgarrador que llevaba por título “Chicos S.A.- Los niños esclavos de la Argentina”. El envío mostraba el infame negocio de los adultos que envían a las criaturas a mendigar por las calles. El caso de uno de ellos, David, helaba la sangre: el niño es discapacitado y quien lo deja durante horas sentado en la vereda a la espera de la limosna es su propia madre, tal y como ella admitió frente al cronista. Es cierto, “Impacto Chiche” se emite a las 23, fuera del horario de protección al menor. ¿Qué garantiza esa coyuntura horaria? Que la permanencia frente al televisor de los menores que viven bajo techo y miran la TV quede “bajo la exclusiva responsabilidad de sus padres”. Es decir, que esos chicos no contacten con ese espanto. ¿Y los otros? ¿Los niños obligados a mendigar? ¿Los que en vez de padecer el efecto de las imágenes televisivas sufren la violencia de las conductas infames en su propio pellejo?
Temo que detrás de los discursos que buscan proteger a los niños sin más propuestas que impedirles ver las imágenes televisivas del cuerpo humano alivianado de ropas, opera una lógica perversa. Si mañana todos aparecieran en la pantalla cubiertos de la cabeza a los pies, los chicos seguirían teniendo motivos para horrorizarse. Y la causa de ese horror no está en la tele sino en la realidad. ¿Sirve para algo matar al mensajero?
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