Los hermanos desunidos de América del Sur

*El riesgo que implican las crisis y convulsiones sacuden la región, donde los demás miran para otro lado mientras Chávez y Uribe juegan con fuego sobre la vieja rivalidad colombiano-venezolana; el mapa boliviano se resquebraja y el MERCOSUR aún no se da por aludido en el conflicto entre Uruguay y la Argentina.

Se suponía que esta camada de presidentes traería integración, sin embargo lo que está sacudiendo a Sudamérica es una ola de tensiones y crispación.


 


El paso de las dictaduras militares a las democracias implicó también el paso de las “fronteras calientes” a las fronteras de contacto. Sin embargo, en el fuego cruzado de insultos y reproches entre presidentes, las cercanías se convirtieron en distancias y algunas zonas fronterizas muestran preocupantes síntomas de calentamiento.


 


El MERCOSUR sigue sin darse cuenta de que, en el nivel de enfrentamiento alcanzado, el conflicto por la papelera Botnia ya no es un problema bilateral que sólo atañe a la Argentina y al Uruguay, sino un obstáculo más para el de por sí dificultoso instrumento de integración regional. Y que las consecuencias de la cadena de desmesuras que iniciaron ambos presidentes en Chile, ya pasaron la línea de lo preocupante.


 


Hay que buscar mucho en el mapamundi para encontrar dos pueblos tan entrañablemente unidos y dos países con una relación armónica tan larga y sin tropiezos, como los del Río de la Plata. Por eso resulta tan alarmante que las incapacidades e imprudencias de dos gobiernos, ante la gélida indiferencia de sus vecinos y socios, hayan deteriorado en tiempo récord casi dos siglos de buenas relaciones.


 


La indiferencia de la región también acrecienta el riesgo de que la actual crisis política de Bolivia termine desgarrando el mapa de ese país. Con cuatro muertos en manifestaciones callejeras, empieza a quedar claro que las protestas con brutales represiones también serán la postal del gobierno de Evo Morales, como lo fueron durante la larga lista de gobiernos ineptos y corruptos que precedieron la llegada al poder del líder indigenista.


 


La obsesión de Sucre por efectivizar el carácter de capital que proclama la Constitución y la intransigencia de La Paz por retener los poderes Ejecutivo y Legislativo, también evidencian la división regional que está poniendo en peligro la integridad territorial boliviana. A eso se suma el extremo confrontacionismo que ostentan tanto el gobierno de izquierda como la oposición derechista, ahogando toda posibilidad de diálogo para encontrar una salida consensuada de la crisis.


 


Pero la más preocupante de las convulsiones que están poniendo a Sudamérica en estado catatónico, es la que desataron Alvaro Uribe y Hugo Chávez sobre el escenario de los rehenes de las FARC en la selva colombiana. La gravedad es que, al revés de la históricamente armónica relación argentino-uruguaya, Colombia y Venezuela se han relacionado siempre desde la rivalidad.


 


Por su origen común en la Gran Colombia que presidió Simón Bolívar, la separación territorial en dos Estados dejó varios diferendos que alientan nacionalismos en los dos países. En el lado venezolano, los nacionalistas acusan a Colombia de querer proyectarse hacia la Isla de los Monjes y hacia las mismísimas puertas del Lago Maracaibo, mientras del lado colombiano se acusa a Venezuela de haberse apropiado injustamente de zonas ricas en yacimientos petrolíferos.


 


Hugo Chávez formó parte de los sectores nacionalistas del ejército que cuestionaban al sistema bipartidista (los gobiernos del COPEI y Acción Democrática) de favorecer las ambiciones territoriales colombianas; mientras que Uribe tiene el total respaldo de los militares nacionalistas que mantienen vivo cierto rencor contra Venezuela.


 


Por eso, de todas las crisis que sacuden a Sudamérica en convulsiones histéricas, la que protagonizan los presidentes de Colombia y Venezuela es la más peligrosa en el corto plazo. Y tanto Hugo Chávez como Alvaro Uribe tienen responsabilidad por este peligroso desquicio.


 


Chávez por intentar ventajas personales en el escenario de la tragedia que viven los rehenes, al desplegar sus histriónicas sobreactuaciones posando de héroe y prócer viviente, extralimitándose en las atribuciones que se le concedieron como negociador. La extralimitación fue contactarse directamente con los jefes del ejército colombiano, para instarlos a que acepten la exigencia guerrillera de un territorio desmilitarizado para negociar la liberación de rehenes.


 


Las FARC exigen que haya un espacio desmilitarizado, porque sino   al liberar los rehenes se quedan sin el escudo humano que las resguarda de una ofensiva militar en gran escala. En otras palabras, liberar rehenes sin desmilitarización de un territorio donde resguardarse, equivale para la guerrilla de Tirofijo a un suicidio.


 


Pero Uribe rechaza tal posibilidad desde que era el alcalde de Medellín que acusaba al entonces presidente Andrés Pastrana, de equivocarse ingenuamente al brindar a los insurgentes un espacio liberado de dimensión  equivalente al que abarca Suiza.


 


Y no hay razón para que haya cambiado de opinión, dado que aquella apuesta de Pastrana terminó en un fracaso porque la guerrilla usó la negociación para ganar tiempo y el territorio desmilitarizado para reorganizarse y acrecentar su poder de fuego, sin que haya estado jamás en sus planes acordar el desarme y la desmovilización de fuerzas que soñaba el gobierno.


 


La culpa de Chávez es haber obrado con la torpeza, los abusos y las sobreactuaciones con que siempre se maneja en los escenarios internacionales; mientras que la culpa de Uribe se resume en dos gravísimos errores: Primero haber aceptado una gestión que, inexorablemente, desembocaría en crisis y fracaso; y segundo haberle puesto punto final de una forma tan abrupta y hosca que humilló al presidente de Venezuela.


 


El presidente colombiano no tenía por qué humillar al exuberante líder caribeño, y era obvio que éste reaccionaría con la artillería verbal que dispara cada vez que se siente atacado o que hay problemas en su frente interno. Y por estos días, Chávez ha recibido una seguidilla de golpes a su imagen, desde los propinados por Rodríguez Zapatero y el rey Borbón, hasta los duros cuestionamientos que acaba de hacerle la presidenta de Chile Michell Bachelet.


 


Para colmo, todo ocurre en la antesala de un referéndum que, de no estar erradas las encuestas, podría implicar la pérdida de su invicto en las urnas y el límite a su permanencia en el poder.

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