Insolidaridad

El miércoles 5 de marzo, tres millones de estudiantes no pudieron comenzar las clases en Buenos Aires (una  de las tantas provincias en esa situación). El miércoles 12, tuvo lugar un brutal como despiadado y poco concurrido corte al Puente Avellaneda. En tanto, el viernes 14, un inesperado paro de colectivos en Buenos Aires dejó a cinco millones de personas en un viernes de lluvia sin posibilidad de trabajar, de transitar y de volver a sus hogares.

Escribe Fabián Doman

Los tres casos son diferentes, y tienen distintos atenuantes y explicaciones. Pero tiene algo en común: la falta de solidaridad de aquellos que llevan adelante la protesta.

Los gremios docentes bonaerenses no tienen entre sus prioridades a los alumnos, si los tuvieran podrían en práctica otros métodos de protesta -que no incluyan tantos días sin clases- que permitieran sostener el reclamo pero sin afectar tanto a los demás.

Aquí también le cabe un párrafo al Estado (en este caso el gobierno bonaerense): aun sabiendo que no puede acordarse nada con los docentes provinciales hasta no estar cerrada la paritaria nacional, ¿no podrían comenzar las conversaciones sobre el inicio de las clases de marzo del año siguiente el diciembre anterior (teniendo en cuenta además que todos los años pasa lo mismo)? Y otra consulta, que cabe a todos los gobernadores: ¿por qué hay más responsabilidad fiscal para negociar con maestros que con policías?.

El segundo caso es el del Puente Avellaneda. Si quedaba todavía alguien en la sociedad que estuviese a favor de los cortes y piquetes lo de miércoles termino por acabar con sus argumentos.

Fue la tormenta perfecta: los responsables del corte parecían salidos de una película de la mafia italiana. Eran pocos, patoteros, no sabían ni querían explicar en televisión el motivo del corte y encima se convirtieron en dueños absolutos de la calle.

En ese marco, paso lo que tenía que pasar con algún corte desde hace años: que un inocente necesitara pasar en razón de una consulta médica urgente y que se le interrumpiera el paso. Y como no podía ser de otra manera, con una violencia inusitada, innecesaria, grotesca  y cobarde. Ya se ha dicho todo de los portuarios (hasta la confusa renuncia de su líder Juan Carlos Corvalán) y también aquí hay que volver con el Estado: ¿por qué se permite que 30/40 personas corten el Puente Avellaneda y no se dispone un operativo previo para impedirlo?, ¿hay cortes, algunos de la Panamericana, que no se toleran, pero el resto si?,  ¿por qué? ¿con qué criterio?.

El martirio de Lescano, el joven de la moto que quería pasar, duro más de media hora, ¿a nadie se le ocurrió -mirando la televisión desde un despacho público- enviar al menos una ambulancia o un patrullero para socorrer a la víctima?. Aquí la falta de solidaridad no solo fue de parte de los sindicalistas. También es del Estado.

El colmo del país "me importo yo" y "que se arreglen los demás" fue el inesperado e innecesario paro de colectivos del viernes 14.

Por supuesto que es muy grave, por no decir gravísima la muerte del joven colectivero Leonardo Paz de 22 años, otra muerte absurda de la inseguridad. Desde ya que debe hacerse algo para que no esto vuelva a suceder. Pero de ahí a que la UTA disponga un paro sorpresa de colectivos por 12 horas un viernes al mediodía de lluvia, no le devuelve la vida al joven y no soluciona ni aporta nada al problema de la inseguridad y al problema de la inseguridad para los choferes de colectivos. Lo que paso con Paz se volverá a repetir, haya paros o no. El drama que vivieron cinco millones de personas ayer no tiene justificación. Otra vez la falta de solidaridad presente.

Es que muchos argentinos, en los últimos tiempos, se volvieron insolidarios.

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