Maradona y el pibe Noir: separados por la televisión


  • De origen humilde, los dos crecieron alimentando el mismo sueño de grandeza: hacer vibrar la Bombonera. Pero entre Diego y el chico de Villa Elisa que saltó a la fama un sábado de gloria, se interpuso la tele. ¿Cómo sigue la historia?


“A veces pienso que toda mi vida está filmada, que toda mi vida está en las revistas. Y no es así, ¿eh?, no es así. Hay cosas que están sólo acá adentro, en mi corazón, y que nadie sabe”, confesó Diego Maradona a los periodistas Ernesto Cherquis Bialo y Daniel Arcucci con quienes trabajó para escribir “Yo soy el Diego (…de la gente)”. El libro editado por Planeta se publicó en el año 2000. De todo había pasado para entonces en la carrera futbolística y en la biografía del muchacho que salió de Fiorito rumbo a la gloria internacional.


 


Yo me pregunto cuánto demorará Ricardo Daniel Noir en sentir que los medios se han adueñado de su vida. Cuándo, a la manera de Diego, tendrá que inspeccionar los arrabales de su corazón para comprobar que todavía guarda allí, dichas y penas que no son parte del dominio público. Si me permiten arriesgar una respuesta, diría que el pibe Noir tendrá que hacer ese ejercicio mucho antes de saber si la reciente hazaña del zurdazo victorioso es efectivamente el primer puntapié en la carrera de un futuro crack.


 


La vida de Maradona se fue exhibiendo en la vitrina mediática de un modo progresivo. Según él mismo cuenta en su libro, el 28 de septiembre de 1971, cuando aún era niño, un recuadro de Clarín consignó la existencia de  un pibe “con porte y clase de crack”. “Según ellos _relata Diego_, me llamaba…Caradona. Increíble, la primera vez que aparece mi nombre y mal escrito”. Su presencia en la tele empezó casi como un divertimento: “También me llevó Pipo Mancera a la televisión, para que hiciera jueguito con la pelota en Sábados Circulares, un programa que veía todo el mundo”.


 


Es cierto, de allí en adelante la fama mediática de Maradona no dejó de crecer. Pero ese crecimiento fue en paralelo con su desarrollo futbolístico. Antes de tener que pellizcarse para saber que conservaba un mundo recoleto bajo la piel que iluminaban las luces de la tele, Maradona tuvo la posibilidad de demostrar con creces su excelencia en las canchas. Y además, la ocasión de saberse “el Diego de la gente”.


 


Muy distinta es la suerte del entrerriano Ricardo Noir. El sábado último, cuando debutó en la primera de Boca, el gol que le valió a su equipo el triunfo contra Racing, lo convirtió, de inmediato, en un imán para la tele, los diarios y revistas. Ese joven de 21 años, nacido en Villa Elisa, fue en menos de 24 horas una figura de la pantalla chica. ¿Por el golazo contra Racing que hizo vibrar la Bombonera? Sí, sin duda. Pero además, porque su biografía parece escrita a la medida del título que le dieron los medios: “el sueño del pibe”. El delantero debutante, llevado en andas por el utilero Cacho Laudonio mientras la tribuna rugía “¡Vamos los pibes!” cargaba bolsas de arroz en Villa Elisa un año y medio antes del sábado de gloria. Está claro: la suya es una historia con título de tango y hambre de epopeya.


 


Igual que la de Diego, me dirán, escalando desde el potrero hasta la cumbre de la pasión de multitudes. Y yo diré que es parecida pero que las separa la televisión. Diego tiene 47 años; el pibe Noir, 21. A Diego, le llegó “el sueño del pibe” antes de que la tele alumbrara la realidad 24 horas sobre 24, antes de que las comunicaciones estuvieran globalizadas, antes del rating minuto a minuto.


 


El pibe Noir, en cambio, cumplió su sueño en el corazón de un siglo que late acelerado. A él, le llegó su día de suerte en una época signada por el vértigo. El pibe Noir traía una historia de vida semejante a la de Diego. Todos queríamos verla, y los medios no nos hicieron esperar. En un instante, cocieron su corta biografía con la velocidad de una hamburguesa. Y nosotros la devoramos, casi sin masticarla. El pibe Noir vio de la noche a la mañana a su familia expuesta en la vitrina de la opinión pública: los padres, gente humilde y trabajadora; el abuelo Carlos, de 89 años, que lo miraba por TV; la abuela Águeda, “que me está cuidando desde el Cielo”.


 


¿Cuánto tardará Noir en pensar lo que pensó Diego, que toda su vida está “filmada” o “en las revistas”? ¿Cuánto le llevará descubrir la verdad que tranquilizó a Diego, que “hay cosas que están sólo acá adentro, en mi corazón, y que nadie sabe”?  Quiera la suerte que lo sienta antes de consagrarse como crack en el campo de juego. Quiera el destino que pueda ser antes “el pibe de la gente” que “el pibe de los medios”. 

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