Crímenes brutales: dos confesiones

El desenlace de las investigaciones de los crímenes de Karen Campos y Juan Pedro Tuculet. "Los dos casos parecen esclarecidos. Lo que no tiene vuelta, es la muerte de las víctimas", dice el autor.

Escribe Mauro Szeta

Los dos crímenes más resonantes y más brutales de la semana, se resolvieron de la misma manera. Los acusados confesaron en sede judicial, algo que no es común. Fueron confesiones parciales, pero confesiones al fin.

Karen Campos, de 17 años fue ejecutada de un balazo cuando quiso resistir un asalto en el kiosco donde trabajaba en Junín. Harta de una seguidilla de 11 robos en el local, se defendió con una pequeña picana. La activó dos veces, pero el asesino le ganó de mano y la ejecutó.

El crimen derivó en caos, pueblada, y escándalo. En lo judicial, primero detuvieron a un sospechoso de 17 años, y después a un joven de 23, en San Luis. A este se llegó por la declaración de una pariente. Más tarde, un tatuaje de un diablo en una de sus manos y un anillo, en otra, fueron clave para reforzar la prueba.

La historia es así. Analizando los videos del local, la Policía Científica detectó un tatuaje y un anillo muy particulares en el tirador. Cuando lo detuvieron, corroboraron por esas señas que se trataba de él. Luego, abrumado por la prueba, el acusado Oscar Ledesma, confesó ante el fiscal, pero claro, lo hizo con matices. "Entré a robar. No la quise matar", dijo, tratando de atenuar la culpa.

Casi en paralelo, en otra fiscalía, pero de La Plata, estaban confesando los tres acusados de asesinar de un balazo al rugbier Juan Pedro Tuculet, en Villa Elisa. También, abrumados por las pruebas, a los dos hermanos Arriarán y a su amigo Manuel, no les quedó otra que confesar.

Su relato pareció claramente diagramado por un defensor. Dijeron que estaban drogados al momento del crimen. El más chico de los hermanos se hizo cargo del disparo, pero aclaró que fue accidental. Insistieron con que increparon a Juan Pedro porque creían que era parte de un grupo que los había atacado dos días antes en su taller mecánico de La Plata.

La confesión, por más armada que estuviese, le sirvió al fiscal para ubicar a los acusados en la autoría del crimen.

Vale la pena aclararlo. La confesión por sí sola no alcanza. Los delitos hay que probarlos. En los dos casos, la confesión se sumó a la prueba ya existente. Los dos casos parecen esclarecidos. Lo que no tiene vuelta, es la muerte de las víctimas.

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