Mercedes Morán: un amor con los días contados


  • Aunque ella no lo sepa, en una lámpara, que no es la de Aladino, está escrita la crónica de un fracaso amoroso anunciado.

Es un secreto a voces: esa pareja no va a funcionar. La decisión de vivir bajo el mismo techo no les traerá más que desdicha compartida. Lo lamento por Mercedes Morán y Víctor Laplace. O, mejor dicho, por Inés y Ricardo, sus personajes en “Socias”, el unitario de Pol-ka que se estrenó el miércoles último, por Canal 13.

En el primer capítulo, vimos a Inés mudándose a la casa de su novio, Ricardo. Abogada de profesión y optimista por naturaleza, se mostró bien dispuesta para afrontar las dificultades evidentes: ella lleva consigo a su rebelde hija adolescente y él vive con un hijo de conductas estrafalarias. Pero todo eso sería lo de menos: hay millones de familias ensambladas que, superados los primeros roces, consiguen tejer vínculos indestructibles. Lo grave fue lo de la lámpara de pie, ése fue el signo de una catástrofe sentimental en ciernes.

Mérito de las autoras, Marta Bertoldi y Silvina Frejdkes, los hechos se desarrollaron como en la vida real: las señales de que un romance tiene los días contados nunca son los obstáculos que advertimos a simple vista. Los indicios de que un amor fracasará se esconden en las grietas menos pensadas, allí donde a ningún enamorado se le ocurriría hurgar. En el caso de Inés, las señales de que ha elegido al hombre equivocado se escondieron en una módica lámpara decorativa.

Una obsesión persiguió al personaje de Mercedes Morán durante toda la mudanza: que no fuera a romperse esa lámpara de pie, heredada de su familia. Como una leona a sus cachorros, la defendió de los porrazos en el caos de los canastos. Pero a la noche, Ricardo volvió del trabajo a casa. ¿Y qué le dijo a su flamante concubina, mientras lanzaba una mirada despectiva hacia la lámpara? Lo último que ella habría querido escuchar: ¿Y eso? ¿No pensarás dejarla ahí, ¿no? No tiene nada que ver con el resto de la decoración.

A Inés, el mundo se le vino encima. Puesta a salvar un único bien, sacrificó la lámpara para retener el amor. No, por supuesto que no, balbuceó tras el comentario de su novio. Ahora mismo se la voy a llevar a Dolores; es su regalo de cumpleaños, mintió.

Al instante, Inés partía, a la casa de su socia Dolores, la lámpara en la mano. Ya no quedó lugar a dudas: ella y Ricardo serán una pareja frustrada. ¿Tanto lío por una simple lámpara?, se me dirá. Y no, qué va, no es por la lámpara. Y ni siquiera porque Inés haya renunciado a su discreto trofeo luminoso por no contradecir a Ricardo. Cualquier mujer enamorada habría actuado igual. ¿A quién se le podría ocurrir contrariar a su pareja desde el vamos a causa de un simple cachivache heredado?

El tema no es que Inés se haya desprendido del objeto que tanto quería sino su imposibilidad de sincerarse, su cobardía, su falta de sentido del humor para tomarse el malentendido a risa y decirle a su novio la verdad: yo venía dispuesta a convivir con la lámpara hasta que la muerte nos separe, pero como te quiero más a vos que a este trasto vetusto que irrita tu sentido estético, al diablo con la lámpara y a brindar por la vida que hoy arrancamos juntos.

Pero ella no lo dijo. En cambio, masticó la bronca, creída de que la mentira y el silencio son un atajo en el camino del amor. Un error de apreciación que ataca a las mujeres desesperadas por retener a un hombre y que, a corto plazo, las termina dejando al borde del ataque de nervios.

Disculpame la crueldad de mi comentario, Inés, pero si el primer día de convivencia le retaceás a tu novio el tesoro de la sinceridad, ¿qué ha de esperarle a esa pareja en los días venideros? El guión de “Socias”, lo dirá. Es más, ya comenzó a insinuarlo: en los adelantos del capítulo que saldrá al aire pasado mañana, vimos a Inés reencontrándose con un antiguo novio, el cirujano plástico que interpreta Martín Seefeld. En un instante, el médico iluminó la mirada de Inés con esa luz que no da ninguna lámpara, ni siquiera las heredadas, ésas que una mujer defiende encarnizadamente en el jaleo de las mudanzas.

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