Descubren las muertes más ridículas de la historia

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Fueron inventores, eruditos y revolucionarios, pero no tuvieron una partida muy decorosa de este mundo.

Grandes personajes de la historia han encontrado la muerte en los campos de batalla, en su lecho a una edad avanzada, e incluso en las oscuras celdas de sus enemigos. Pero existe un puñado de brillantes mentes que tuvieron un trágico -y ridículo- final que opacó su accionar en vida.

Tal es el caso del dramaturgo griego Esquilo, quien vivió alrededor del 455 a. C. y escribió más de 80 tragedias. Como era de esperarse, él fue víctima de una. Al parecer, una pitonisa le había anunciado que moriría aplastado, así que el sabio autor se retiró al campo con la esperanza de no perecer bajo una columna de mármol.

Pero Esquilo falleció cuando un ave de la especie Gypaetus barbatus, apodada "Rompehuesos", dejó caer a la tortuga que llevaba como su presa desde una gran altura. El animal aterrizó sobre la cabeza del dramaturgo y, como era de esperarse, el caparazón hizo estragos sobre el cráneo del griego.

El caso de Esquilo es sólo una de las muertes históricas absurdas recopiladas por el Blog Ojo Científico, donde también figura la muerte de Arrio de Alejandría, en Egipto. El hombre que fuera impulsor de una rama del cristianismo, el Arrianismo, murió en el año 336 d.C., envenenado por sus adversarios.

Al parecer, los detractores de Arrio le suministraron un veneno que hizo efecto varios días más tarde, cuando se encontraba caminando por los pasillos del Palacio Imperial de Constantino I. El hombre murió por una diarrea mezclada con una hemorragia interna que produjo que expulsara sus intestinos por el ano.

Otra muerte escabrosa fue la del inventor ruso George Wilhelm Richmann, quien falleció en 1753 víctima del primer accidente durante un experimento con electricidad. Al parecer, el investigador murió cuando intentaba "atrapar" un rayo en plena tormenta eléctrica, según relató su colaborador, M. Sokolaw, quien describió una "bola de fuego de 10 centímetros" chocó contra la sien del científico.

Cualquiera es capaz de nombrar  a los tres astronautas que pisaron por primera vez la Luna pero, ¿quién recuerda a los que murieron en el simulador de la NASA que se prendió fuego en 1967? Gus Grissom, Ed White y Roger B. Chaffee fallecieron dentro de una cápsula del Apolo I que se incendió y los ahogó por falta de oxígeno (sus escafandras ni siquiera fueron efectivas).

Por fortuna, cuando les llegó el turno a la tripulación del Apolo XI la historia fue otra y  Neil Armstrong, Edwin "Buzz" Aldrin y Michael Collins tuvieron la oportunidad de pisar la Luna en vez de quemarse como si hubieran llegado al sol.

El estadounidense Thomas Midgley hizo importantes avances en ingeniería mecánica y química y es señalado como el inventor del plomo tetraetílico, que después se utilizaría para desarrollar la nafta. Por desgracia, el científico no fue tan visionario a la hora de preparar el complejo sistema de poleas que instaló alrededor de su cama para ayudarle a moverse después de que la poliomielitis lo dejara postrado, en 1940.

Cuatro años más tarde, los asistentes de Midgley lo encontraron estrangulado y sin vida, su cuerpo suspendido sobre el lecho y enredado en las sogas que se suponía que debían auxiliarlo. Quizás debería haber incluido un mecanismo para tirar de una cuerda y hacer sonar una campana.

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