La voluntad de hacerme cargo de la parte que me toca en la casa me hizo aprender a hacer cosas como cocinar algunas comidas que me gustan poco pero que a los chicos les encantan, hacer la cama (hasta que me quedó prolija me llevó casi dos años) usar el lavarropas automático y plancharme las camisas.
Pero hay un escollo y tengo que reconocerlo. No sé coserme los botones. Y no puedo avanzar porque tiene un problema fundamental. No puedo enhebrar una aguja. Entre que soy bastante chicato y que tengo un pulso que parece el de la momia de Karadagian, nunca pude hacerlo.
Con lo cual, tengo que pedir ayuda. Y si mi esposa no está, ¿qué hago? Me desespera esa dependencia por un tema tan trivial y que en ocasiones se vuelve vital. ¿No existe un método para coser botones (y eventualmente la costurita de una remera, una camisa en el hombro, en la manga) que no implique el uso de una aguja? ¿Cómo es que la humanidad llegó a la Luna y no puede evitar usar la aguja para coser? ¡Señores de la NASA, del CONICET, del Massachusetts Institute of Technology, hagan algo! ¡Yo pago mis impuestos!
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El otro día me compré en el subte un enhebrador. Es un aparatito que tiene un ganchito donde, parece que es fácil poner el hilo y después lo pasás por el maldito ojo de la aguja, en el cual, según la tradición bíblica pasa un camello. Un camello pasará –alguno de los millonarios que murieron desde entonces habrá entrado al reino de los cielos, no?- pero no pasa el perverso hilo negro. Bueno, volviendo al enhebrador: Está guardado en el cajón. Todavía no pude ni abrir el plastiquito que lo recubre. Señal que tengo un bloqueo. Que hay algo que me impide encarar esa batalla desigual contra la costumbre y la comodidad de darle a alguien para que por favor, me lo cosa.
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