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El fútbol en segundo plano: Messi y Franco, la historia que sí tuvo final feliz

Por: Pablo Rodríguez Denis
06 de septiembre de 2017

"Estamos acá desde las 4 de la tarde, es su sueño". La mamá de Franco espera agazapada. Argentina acaba de empatar con Venezuela y sumó un punto con gusto a poco, muy poco. Sin embargo, ella y su hijo van por "su" triunfo.

Acodados en una de las vallas que separan el camino de los jugadores a la salida del vestuario, Franco, su mamá y también su papá allí presente alimentan su ilusión. Franco es un chico discapacitado que vino especialmente desde Tierra del Fuego para conocer y sacarse una foto con su ídolo, aquel que tiene en la espalda de la camiseta de la Selección que lleva puesta: un tal Lionel Messi.

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La espera se hace eterna, hace frío y va quedando menos gente, pero la mamá de Franco no pierde las esperanzas. "Cuando volvamos a casa, en el avión, vamos a ver todas las firmas que juntamos en la camiseta", le dice a un sonriente Franco, que asiente vaticinando el momento más esperado. "Quédense acá y grítenle a los jugadores, que paran seguro", aconseja un empleado de River, casi al pasar.

Las puertas del vestuario se abren y sale una gran cantidad de jugadores. Ya habían pasado Lucas Biglia, Paulo Dybala, Emiliano Rigoni, Sergio Romero, Leandro Paredes y algunos más a los que Franco pudo saludar. Pero faltaba él.

A lo lejos, la barba de Javier Mascherano ilumina sus ojos. "Javi, una foto", grita el hermano de Franco al jugador del Barcelona, que interrumpe su rápida y cabizbaja marcha para llegar hacia él, mientras otros jugadores como Javier Pastore, Nicolás Otamendi y Ever Banega siguen su camino.

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Pero claro, el halo de luz que suele irradiar todo aquello que rodea al mejor jugador del mundo inundó los pasillos del Monumental y ahí está él. Por detrás de su amigo Sergio Agüero y de Lautaro Acosta, secundado por ayudantes y agentes de seguridad, Messi pasa ante la prensa con cara de pocos amigos. Después de todo, él fue quien parece sufrir más el pobre 1-1 ante Venezuela.

Pero su cara, ésa que no había esbozado ningún tipo de sonrisa desde el pitazo final del árbitro, comenzó a cambiar al escuchar el grito de la mamá de Franco: "Leo, por favor, una foto, somos de Tierra del Fuego".

Y como en sus mejores gambetas dentro del campo de juego, el 10 cambió su dirección, dejó "pagando" a quienes lo acompañaban y fue directo hacia su objetivo, que en este caso no era el arco rival, sino apenas un chico que quería cumplir su sueño.

Como hizo hace una semana con un chico uruguayo se abalanzó sobre él y fue frenado por los agentes de seguridad en Montevideo, otra vez Messi tuvo un gesto que sólo los grandes tienen. Él tenía bien en claro que un sólo minuto de su atención podía cambiar la vida de un chico. Y así fue.

Franco tuvo su firma, su abrazo y la bendición del ídolo. Su gran ídolo. Y la foto. La que seguramente guardará de por vida, decorada por la sonrisa de un tal Lionel Messi. Sonrisa obligada, es cierto, porque el ánimo no era el mejor. Pero sonrisa al fin. La sonrisa que vino a buscar desde el fin del mundo.

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