Ortodoxia y heterodoxia a la hora de enfrentar la recesión


  • Alcances y limitaciones de las medidas adoptadas por la administración Bush para revertir el proceso recesivo que se abate sobre la economía norteamericana y, por ende, en la de buena parte del planeta. Un tema misteriosamente ausente en los debates de las internas demócrata y republicana.

El fantasma de la recesión proyecta su oscura sombra sobre Estados Unidos y buena parte del mundo. El tamaño del recorte de la tasa de interés que hizo la Reserva Federal evidencia la dimensión de la crisis.


 


Lo curioso es que, tanto el debate de la interna republicana como el de la interna demócrata, están dejando de lado esta crisis porque se centrarse en cuestiones como la inmigración y la ocupación de Irak, a pesar de que, a esta altura, resulta difícil seguir hablando de desaceleración del crecimiento económico, porque la realidad muestra los síntomas de un proceso recesivo.


 


De la depresión del mercado inmobiliario que provocó la crisis de las hipotecas, la economía norteamericana pasó a navegar un mar de desconfianza sobre la calidad de los activos con que cuentan las instituciones financieras y, a esta altura, el proceso ha paralizado el mercado laboral.


 


Entre las causas, indudablemente, están la debilidad de los organismos de control y la incapacidad de sus directivos, facilitando la continuidad de una total falta de transparencia en el mercado financiero; además por cierto de la especulación inmobiliaria y el vicio de gastar más de lo que se produce.


 


Pero también hay un lugar para visiones como las de George Soros y Joseph Stiglitz, quienes desde posiciones y experiencias diferentes, adjudican estas recurrentes crisis financieras al fundamentalismo de mercado irradiado desde Washington y Londres, sin obviar otras influencias puntuales como por ejemplo, en el derrumbe bursátil del 2001, las masacres del 11 de setiembre.


 


Siguiendo la línea de pensamiento del ex titular del Banco Mundial y Premio Nóbel de Economía, la obsesión conservadora por la reducción de impuestos es una de las causas del déficit que, en Estados Unidos, colabora con las crisis económicas.


 


En todo caso, lo que está claro frente a las pocas y tardías medidas impulsadas por la Casa Blanca, es que el excesivo miedo a provocar inflación conspira contra la efectividad de los instrumentos elegidos para reactivar la economía.


 


En síntesis, la ortodoxia de la administración republicana tuvo que ver con la crisis y dificulta la correcta elección de medidas para superarla.


 


El problema del gobierno que encabeza George W. Bush, además de estar débil y desacreditado, es que sus políticas interna e internacional se limitaron a dos obsesiones inamovibles: mercado y militarismo.


 


La obsesión militarista explica que el presupuesto militar norteamericano de este año sea de más de seiscientos mil millones de dólares, muy por encima de los quinientos mil millones de gastos militares que tiene el resto del mundo, así como también que la única propuesta que llevó, en su reciente gira por el Golfo Pérsico, para contener la creciente influencia iraní en el Oriente Medio, haya sido una masiva venta de armamentos acompañado de la presión para que los emiratos sunitas ataquen a la teocracia chiíta que encabeza el fanático Ahmadinejad.


 


A su vez, el fundamentalismo libremercadista explica que la única fórmula económica del gobierno conservador sea el recorte de impuestos, a pesar del crecimiento del déficit fiscal a niveles estratosféricos.


 


Del keynesianismo a la heterodoxia


 


La dinámica vertiginosa de la evolución tecnológica, así como la revolución informática y la era de las comunicaciones, hacen que las fórmulas que tuvieron éxito en la primera mitad y a mediados del siglo veinte, puedan no tener hoy los mismos resultados.


 


Sin embargo, la mirada hacia el pasado tiene la inmensa utilidad de permitir la comparación entre las fórmulas ortodoxas y las visiones heterodoxas a la hora de la efectividad frente a las coyunturas críticas.


 


Fue una administración demócrata, la de Franklin Delano Roosevelt, la que enfrentó exitosamente la crisis financiera de la década del treinta del siglo veinte, que estuvo cerca de hacer naufragar el capitalismo.


 


La receta antidepresiva estaba en la “Teoría General del Empleo, el. Interés y el Dinero”, el revolucionario libro del economista británico John Maynard Keynes que proponía un protagonismo del Estado con medidas fiscales, regulatorias y monetarias para mitigar los períodos recesivos y las fluctuaciones cíclicas de la economía de mercado.


 


Tanto el “Nuevo Trato” (New Deal) de Roosevelt como su antesala, la política del “pump priming” que puso en práctica Herbet Hoover en 1930, eran de corte keynesiano. Y el efecto fue salvador.


 


El comunismo soviético, que estuvo al margen de la crisis del treinta y creyó ver al capitalismo derrumbarse, finalmente perdió terreno cuando el keynesianismo sirvió de base para el welfare state (estado de bienestar) que elevó el nivel de vida de los trabajadores del mundo desarrollado a niveles inalcanzables para las economías socialistas.


 


Por cierto, en los tiempos actuales las soluciones ya no están en keynesianismo, ni siquiera en las de su lúcido continuador, John Kenneth Galbraith. Pero ellas nutren las visiones heterodoxas que, a esta altura de la historia, han renunciado a las políticas deficitarias pero siguen desconfiando de la ortodoxia.


 


El tembladeral financiero que, a fines de los noventa, comenzó en la bolsa de Yakarta (donde derribó a Suharto) y pronto se contagio a Tokio, Seúl, Moscú etcétera, fue volteando como en efecto dominó las monedas sobrevaluadas que habían constituido el fervor de esa década.


 


En buena parte de Latinoamérica, la aplicación ortodoxa de los principios del Consenso de Washington en los noventa derivó en hiperconcentración de riquezas, mayor desigualdad y mareas de exclusión social; tras lo cual llegaron las políticas heterodoxas que, ayudadas por la inédita escalada de la economía mundial, revirtieron  recesión en crecimiento.


 


Por cierto, la experiencia de estos años confirma que la heterodoxia encierra el virus de la corrupción y, paradójicamente, corre el riesgo de convertirse en una nueva ortodoxia. No obstante, en ciertas circunstancias, son las visiones más amplias y flexibles, las que facilitan los instrumentos para revertir crisis recesivas.


 


Quizá esta sombra de recesión que oscurece la economía norteamericana, ergo la de gran parte del planeta, sea una señal de que también la hiperpotencia debe atreverse a una mirada heterodoxa de la economía capitalista. Pero es muy difícil que lo haga la actual administración republicana.


 


De momento, Latinoamérica parece al margen del efecto contagio. Incluso podrían beneficiarse de esta crisis financiera internacional aquellos países que, como Argentina, tengan commodities cuyos precios dependan de los mercados asiáticos, aunque perderán rentabilidad aquellos que, como Venezuela, sólo exporten petróleo y otros productos cuyos precios internacionales están en riesgo.


 


Ahora bien, parte de la inmunidad de muchos países sudamericanos se debe a que hoy hasta los gobiernos populistas (otrora eternamente deficitarios) aprendieron la importancia del superávit fiscal.


 


En este punto, en los Estados Unidos el proceso de las últimas décadas fue en sentido inverso. O sea los conservadores tuvieron administraciones escandalosamente deficitarias mientras que los liberals (socialdemócratas) tuvieron con Bill Clinton el gobierno que revirtió en histórico superávit el endémico déficit norteamericano.


 


Si la última administración demócrata tuvo ese mérito, el gobierno republicano que le sucedió tiró por la borda la herencia de superávit y de crecimiento económico que había recibido.

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