Clorinda Sarracán y el crimen del artista Fiorini
El retratista italiano arregló un casamiento con la familia de una joven de 15 años, con la que tuvo cinco hijos. Una historia de engaños, silencios y condenas a muertes.
Clorinda abrió la puerta y dejó entrar a su amante y al hermano de éste, de nombre Remigio. En minutos, los dos le destrozaron la cabeza al retratista con una maceta y palos. Fue un crimen atroz.
Clorinda, según declararían después, observó todo el ritual de muerte. Y fue ella la que dio la orden a las domésticas para que limpiaran la habitación. Mientras Crispín y su hermano arrastraron el cadáver al fondo de la casa, cavaron una fosa y lo enterraron. Ya era la madrugada del 10 de octubre. Por la mañana, en la tierra removida hicieron una huerta y sembraron coliflor.
Unos quince días después, y ante la ausencia del famoso pintor, sus amigos empezaron a buscarlo y pidieron la colaboración de la Policía. Fiorini era un hombre muy conocido, por lo que la noticia también fue publicada en los periódicos de la época.
El comisario Arnaud visitó varias veces el campo pero chocó con el silencio de los peones y de la mujer. Todos dijeron lo mismo, aseguraron desconocer el destino de Jacobo. Pero todo cambió el 29 de octubre cuando se presentó en la hacienda el juez Miguel Navarro Viola, acompañado por un escribano, dos médicos oficiales y algunos policías. El magistrado, en una época en la que se decidía sin leyes que reglamentaran los procedimientos, cortó por lo sano: prisión para los peones, el personal doméstico y todo aquel que entraba al campo hasta que alguien contara algo.
Fue Crispín, quien creyó que lo iban a perdonar si colaboraba, el que contó todo lo que había sucedido, con lujo de detalles. El juez lo primero que ordenó fue que sacaran el cadáver del artista de la fosa y le dieran cristiana sepultura, lo que se hizo en ese mismo momento. Después, se llevó detenidos a Clorinda, Crispín y una doméstica. Remigio, el hermano del capataz, logró escapar, aunque sería atrapado un mes después en el pueblo de Mercedes.
El crimen con ribetes pasionales y la detención de Clorinda Sarracán cayó como una bomba en la Buenos Aires de entonces. La mayoría pedía una pena ejemplar para que semejante asesinato tuviese el escarmiento necesario. Así fue como se realizó el juicio oral y público. La defensa de la mujer estuvo a cargo de Carlos Tejedor quien, años más tarde, sería el autor del Código Penal Argentino. La audiencia se hizo en noviembre. Fueron unos pocos testimonios y, sin más ceremonia, se dio lugar al veredicto, que estuvo a cargo del juez Navarro Viola.
El magistrado los encontró culpables y, sin mayores rodeos, los condenó a la pena de muerte. Serían ahorcados y los cadáveres quedarían horas en exposición. El doctor Tejedor, sacó un as que guardaba en la manga y dijo que la ejecución debía postergarse porque Clorinda estaba embarazada, lo que al parecer no era cierto, pero logró el efecto deseado.
La sociedad, de inmediato, se opuso a la ejecución de la mujer. Muchos recordaban lo que había ocurrido unos ocho años antes: el fusilamiento de la niña Camila O'Gorman por su amor prohibido con un sacerdote. No podía tener esta historia el mismo final que tuvo aquella, en medio del gobierno rosista. Durante esos meses, la Sociedad de Beneficencia, especialmente Mariquita Sánchez viuda del embajador Thompson, organizaron un petitorio con miles de firmas para que se perdonara a Clorinda.
El 28 de setiembre de 1857 se promulgó la ley que permitía la conmutación de las penas. Y el juez la utilizó para condenar a Clorinda a diez años de cárcel y la envió a una celda en la Comandancia de la Policía. Pero unos meses después, el Gobernador Castro la dejó libre por su comportamiento ejemplar. Desde que abandonó la cárcel, nunca más se supo de ella.
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