POLÍTICOS ARGENTINOS: IGNORANTES, IMPROVISADOS, DOMINADOS

EFE
Por EFE

Los políticos argentinos no sólo manifiestan un deprimente nivel intelectual, sino una paupérrima capacidad de comunicación. Desde el punto de vista cultural, ostentan el triste privilegio de contar con la peor formación de América Latina. Ninguno le llega a los talones ni a un estadista como Fernando Cardoso en Brasil, ni a un discreto personaje como Evo Morales en Bolivia (quien, a pesar de “jugársela” de humilde dirigente, es un hombre más que formado y preparado).

Uno se pregunta: ¿Cuál es el gran problema de nuestros representantes? ¿Por qué son tan brutos? ¿Son acaso víctimas de un virus letal que ataca su capacidad de discernimiento? La respuesta es tan sencilla como dramática: los políticos son tipos que no leen nada… excepto los resultados de las encuestas. Para ellos, ese conjunto de cifras, gráficos y “tortas” son el  ABC, la biblioteca de cabecera, una fuente inagotable de alegrías o ataques de pánico según el caso.

Esta dependencia absoluta de “los números” como material exclusivo de información les ha vedado la capacidad de visión estratégica, la posibilidad de un mínimo panorama a futuro.

Atacados en su mediocridad, los políticos son los únicos humanos que tienen una pseudo glándula capaz de inhibir todas las funciones psicoemocionales para segregar de manera exclusiva la interna del momento.

Incapaces de pensar a mediano o largo plazo, su discurso, su acción y sus movimientos no van más allá de las elecciones que se vienen. Ninguno está hoy elaborando planes estratégicos ni pergeñando grandes cambios para las generaciones que los sobrevivirán, situación que, de más está decir, no augura grandes progresos en los años venideros.

Está chequeado que a lo largo de la historia, para salir de grandes problemas se necesitaron personas con grandes formaciones. Para superar la depresión de los años treinta, Estados Unidos tuvo un presidente con la percepción de lo que significa una sociedad deprimida y sin trabajo, un Franklin Roosevelt que fue capaz de elaborar la teoría del “New Deal”, que se dio cuenta de que más allá de la necesidad imperiosa de proveer trabajo a la sociedad, lo fundamental era sacar al pueblo de la depresión generalizada fuera como fuese: haciendo caminos que no llevaban a ningún lado o cavando y tapando pozos. Roosevelt tuvo la genialidad de entender que la clave de su epopeya era arreglarle la cabeza a los norteamericanos.

Para nuestra desgracia, está claro que la posibilidad de que un “líder” pueda decir “Señores, tenemos una sociedad deprimida… hay que sacarla adelante” no está dentro de las miras de algún dirigente nacional. Para ninguna “cabeza” de renombre, la felicidad o la tristeza del pueblo es un tema a tratar, a pesar de que el gran  problema de los argentinos sea la depresión generalizada, la falta de proyectos o la ausencia total de expectativas.

La sensación es que ningún político entiende nada. ¿Cómo puede ser que le critiquen a Kirchner que sube la inflación cuando lo que importa es que la gente está más contenta, cuando lo fundamental es conseguir sacar la sensación de habitar un país improductivo?

Y si ninguno entiende nada es, otra vez, porque no ha leído nada, hipótesis comprobable por cualquiera que se tome cinco minutos para ver un noticiero, escuchar la radio o leer un diario: por el nivel de dicción que manifiestan y por el tipo de palabras con las que hablan diputados, senadores y ministros, cualquiera puede darse cuenta de que son personas, como mucho, elementales.

Esta escasez de recursos responde, en parte, al hecho de que desde sus comienzos, el peronismo siempre se ha nutrido de dirigentes provenientes  de los más diversos sectores. Barrionuevo, por ejemplo, es un típico referente de la Argentina: un político brillante pero que, desde el punto de vista cultural, presenta grandes baches.

Hay que reconocer, sin embargo, que en este mundo de brutalidad y falta de miras, hay algunas excepciones. Eduardo Duhalde es un ejemplo interesante. El ex presidente representa el extraño caso de un tipo que empezó a leer de grande, decisión que le sirvió para incorporar una cantidad de conceptos políticos que hoy están vigentes y que, de hecho, fueron implementados por Néstor Kirchner. Todas esas innovaciones son producto de un refinamiento cultural que Duhalde pudo implementar a partir de la liberación de la presión y de la prisión de la doctrina peronista, a partir del momento en el cual se dio cuenta de que la tercera vía que invento Perón no era una simpleza, de que el mundo ofrecía muchas alternativas a quien se tomara el trabajo de investigar, de viajar y de conocer opciones más allá de las fronteras.

Otro “destacable” es Raúl Alfonsin quien, más allá de sus errores y aciertos, fue el último presidente lector de la Argentina, un hombre de una innegable visión estratégica internacional.


 


Gentileza de Ediciones B / Grupo Zeta

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