Por qué Harry Potter es una saga honesta

A pocos días del comienzo de las vacaciones de invierno para la ciudad de Buenos Aires y en pleno desarrollo para el interior del país, Harry Potter parece colarse por cada uno de los canales que ofrecen los medios, instalando a la última película del joven mago casi como una cuestión fundamental en la felicidad de los niños, adolescentes y, por qué no, muchos adultos.

Ahora bien, sólo en la Argentina Harry Potter y la Orden del Fénix fue vista por nada menos que casi 450 mil personas -con 109 copias pero antes de que empiecen la vacaciones de invierno en la Capital-, una cifra que aunque esperada no deja de ser sorprendente.

Y es que si desde hace seis años el cine se viene ocupando del niño mago en tránsito al mundo adulto, lo que fue un boom editorial pasó a ser mucho más que un fenómeno acotado a los volúmenes que metódicamente viene despachando la británica J. K Rowling, para convertirse en una avalancha marquetinera en forma de capas, bufandas, anteojos con marco de metal y, claro, las ineludibles varitas mágicas.

Las cinco películas fueron, son, un excelente vehículo para la difusión de las aventuras de Harry Potter y también para el merchandising mágico. Cada una de ellas fue, y seguramente será, vista por millones de espectadores de todo el mundo, consumidores voraces que no paran de adquirir todos los artículos que la industria les pueda ofrecer.

Hasta aquí el aspecto de mercado de Harry Potter. Pero sin embargo, detrás de todos los artículos que llevan el logo de la licencia (que hasta tiene su propia tipografía, la Magic School One), la saga tiene algunos aspectos que escapan a las complejas operaciones comerciales para instalarse como una suma cinematográfica imperdible y honesta.

Porque las cinco películas, es decir, las casi doce horas y media en la pantalla grande -más allá de los gustos por cada una de las entregas de la saga-, consiguieron el prodigio de mantenerse dentro de ese soporte que al menos por ahora sigue llamándose cine. Un valor inédito si se tiene en cuenta las adaptaciones de los ríos de tinta de cada uno de los volúmenes, los cambios de directores y el ejército de ejecutivos y asesores que opinan en este tipo de proyectos gigantescos.

Harry Potter, todas la películas sobre el mago respiran un aire de libertad, de respeto por el público al que va dirigido que no es común en este tiempo de cine fast food, más atento al éxito rápido a partir de la saturación de pantallas (ahí nomás está High School Musical) que a un producto, por qué no, pero con algún tipo de dignidad.

Y si la última entrega, Harry Potter y la Orden del Fénix, no es el mejor film de los cinco (va a ser difícil superar a Harry Potter y el prisionero de Azkaban, del mexicano Alfonso Cuarón), ahora el joven mago se debe enfrentar al poder externo, con la eterna amenaza del villano Lord Voldemort, pero también interno, a partir de casi un golpe de estado en su verdadera casa, la escuela de magia Hoghwarts.

La nueva película, al igual que las anteriores, se decide por un relato sin lugar a dudas libertario, en donde los jóvenes son el verdadero motor del cambio, enfrentándose a la política complaciente –ahí está la inquisición revivida por la nueva docente, Dolores Umbridge, personificada por la magnífica Imelda Staunton-, reclamando el legítimo derecho a levantarse contra la opresión.

Y entonces Harry y sus amigos advierten sobre el peligro de la vuelta del villano y nadie le cree, como si los que lo rodearan fueran personajes brechtianos (aunque hay que aclarar que no fue el dramaturgo alemán el autor del famoso poema «Primero se llevaron a los comunistas pero a mí no me importó …”), entonces se impone hacer algo y la manera es confiar en si mismos, en su tozuda voluntad, con armas nobles como el conjuro “¡Espectro Patronus!” que es nada más y nada menos que invocar un recuerdo feliz y entonces… la magia, un arma letal que se alimenta de esa materia maravillosa, los recuerdos felices.

En esa lucha queda claro que los aprendices de mago ya no son niños y la responsabilidad del mundo adulto les trae no sólo los problemas del crecimiento sino que deben soportar la mochila de la herencia, con las verdades inevitables y dolorosas sobre sus mayores -ahí está el padre del propio Harry siendo un patán- y asomarse a un panorama donde la traición y los cargos acomodaticios son la moneda corriente.

Por eso Harry Potter es libertaria, porque desde el cine, y sin dejar de lado que toda la franquicia es un excelente negocio, se apuesta a que los chicos y adolescentes  -si se quiere, el publico original- piense, y en ese tránsito se los trata con respeto, tratando temas como la solidaridad, la lealtad, el compañerismo y la importancia que tienen algunas decisiones para determinar qué tipo de persona será en el futuro. Y todos estos valores puestos en el cine bajo el inocente paraguas del género de aventuras.

Y si, ahora bien podría ser pertinente citar una frase de Bertold Brecht: "Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles".

Algo así viene haciendo Harry y sus amigos en el cine. Nada mal para gente pequeña esgrimiendo varitas mágicas.

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