¿Quién derribó las torres gemelas el 11 de setiembre del 2001?


  • El sexto aniversario del peor atentado terrorista de la historia relanzó las sospechas que apuntan contra el propio gobierno de Estados Unidos.

  • Hasta qué punto son lógicas las teorías conspirativas, y en qué medida no son más que algo inevitable cuando ocurren cataclismos de esta envergadura.

 


Así fue en estos seis años y así será cada mes setiembre de aquí a la eternidad: libros, artículos y programas especiales plantearán las dudas que, desde poco después del 11-S, se multiplicaron sobre la verdadera causa del peor ataque de la historia en territorio norteamericano.

Se cuentan por decenas las versiones que, como el libro “La terrible impostura”, acusan al propio gobierno norteamericano por la tragedia.

En este terreno de las interpretaciones, algunos acusan a la administración Bush de haber permitido que el terrorismo ultra-islamista perpetrara el ataque exterminador, para de ese modo contar con la excusa que le permitiera invadir Afganistán e Irak.

Otros van más lejos aún y acusan directamente al poder neoconservador de planear y ejecutar el genocidio del 11-S, con el fin de acusar a Al-Qaeda y poner en marcha su plan militar imperialista.

A este tipo de lecturas de los acontecimientos se la llama teoría  conspirativa. Normalmente, y también en el caso del 11-S, todas se basan en indicios y razonamientos lógicos, pero no en pruebas irrefutables.

En un mundo de tinieblas políticas como el que nos toca, es imposible descartar cualquier hipótesis y teoría conspirativa. Todo puede ser cierto.

Sin embargo, es imprescindible recordar que todos los acontecimientos de inmensa envergadura y cataclísmicas consecuencias suscitaron, a lo largo de la historia, más de una versión sobre sus causas. O sea, cada vez que un hecho marque la historia, habrá cientos de interpretaciones sobre sus causas y motivaciones.

En el caso de los Estados Unidos, cada acontecimiento que precipitó una declaración de guerra engendró teorías conspirativas de todos los colores pero con un punto en común: la sospecha es siempre que el propio gobierno generó el acontecimiento para fabricar una razón de conflicto.

En la década del 80 del siglo 19, cuando una bomba hundió el buque  Maine en el puerto de La Habana haciendo que Estados Unidos acuse a España y declare la guerra por la cual se apoderó de Puerto Rico, Cuba y Filipinas, poniendo fin al imperio español de ultramar, las teorías decían que en Washington se lucubró el auto-atentado para  tener el “casus beli” que convirtiera a la potencia americana en imperio marítimo.

Del mismo modo, cuando submarinos alemanes hundieron el trasatlántico Lusitania, haciendo que Woodrow Wilson decida el ingreso norteamericano a la Primera Guerra Mundial, se especuló (y aún se lo hace) con que los norteamericanos incitaron a los submarinos alemanes a lanzar sus torpedos contra el barco de pasajeros, para que el presidente pudiera justificar ir a una guerra que en su campaña electoral había definido como problema exclusivamente europeo.

La historia se repitió con el ataque japonés a la bahía de Pearl Harbor. Varios libros y artículos aseguraron que Franklin Roosevelt sabía de los planes de Yamamoto y permitió que se materialicen para poder declarar la guerra al Imperio del Sol Naciente.

Lo mismo ocurrió con el hundimiento del acorazado Maddox en la bahía de Tomkin. Decenas de libros señalan que fue un auto-ataque norteamericano para que el presidente Lindon B. Johnson pudiera culpar a Ho Chi Ming y al Vietcong para justificar el envío de cientos de miles de marines a Vietnam.

En el caso de las teorías conspirativas sobre el atentado terrorista más monstruoso y fotogénico de la historia, el 11-S, algunas aparecieron en libros que salieron tan rápido a la venta que no pueden ser tomadas en serio; mientras que otras se basan en indicios y razonamientos con cierta lógica.

Pero lo significativo es que el propio accionar, previo y posterior, de los hombres del gobierno constituyen el principal abono para alimentar esas teorías conspirativas.

Siendo conocido que Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz fueron parte del Project for a New American Century, una organización que desde los noventa promovía el unilateralismo, la guerra preventiva y la ocupación de Irak, fue imposible no sospechar de la obsesión con que usaron el atentado terrorista para justificar la puesta en práctica de su visión belicista del mundo.

Además, el ala extremista de la administración Bush, que terminó expulsando del gobierno a moderados como Colin Powell, se esforzó tanto por imponer una visión maniquea e ideologizada, y también por debilitar las instituciones de la república norteamericana, que tanta truculencia parece avalar sospechas respecto a la antesala del 11-S.

De todos modos, el oportunismo indecoroso para justificar la puesta en práctica de una política extremista no alcanza para dar por ciertas lo que de momento siguen siendo meras teorías conspirativas.

Por ahora, lo único comprobable está en la historia y es que las masas consumen con voracidad todas las visiones basadas en sospechas de conspiraciones. Y también que el propio liderazgo de Al Qaeda y las organizaciones terroristas afines jamás desmintieron la autoría de Osama Bin Laden.

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