¡SALVEN A MARIANELA!

*Le pido a Gran Hermano que flexibilice el aislamiento de esa participante y le permita dialogar con alguien que la quiera mucho y bien, para que le advierta que la vulgaridad es un viaje de ida.

Los participantes de “Gran Hermano” deben permanecer aislados del mundo exterior. Eso dicen las reglas del formato. Pero a ningún espectador se le escapa que a la hora de interpretar las normas, la producción es muy elástica. Tanto como para orquestar el reingreso al juego de uno de los participantes eliminados, en el intento de evitar que el show comenzara a hacer agua. Tanto como para pasar por alto la falta grave que cometió la elegida para regresar a la casa. Recordemos los hechos: Claudia se desbocó a más no poder y les contó a sus compañeros con lujo de detalles como estaban las cosas más allá de esas cuatro paredes. ¿Y qué hizo Gran Hermano? En vez de cumplir con la advertencia previa de que sería expulsada si cometía infidencias, se contentó con impartirle una discreta reprimenda en el confesionario. Es comprensible porque al fin y al cabo se trata de un programa de TV y en esa selva del minuto a minuto, la ley suprema es la del rating. Si la rubia había regresado para despabilar a los chicos que se empezaba a estar hartos ya de estar hartos, los productores no iban aplicar a rajatabla las reglas que habrían tornado inútil el operativo retorno.

Pues bien, dado que se trata del reglamento de un juego televisado y no del Código Penal de la Nación Argentina, le pido a Gran Hermano que anteponga la virtud de la caridad al principio del encierro, por el bien de Marianela. Apiádese de esa muchacha, Gran Hermano, y concédale la oportunidad de dialogar con alguien que esté viéndola por televisión y la quiera lo suficiente como para hacerle saber que el ridículo y la vulgaridad son  un viaje de ida. Si no lo hace por amor, hágalo por espanto, Gran Hermano: piense que, como dirían las abuelas, esa chica podría ser su hija. Y, admita que en tal caso, usted sentiría vergüenza ajena si la viera diciendo guarangadas, generalmente vinculadas al sexo, todas y cada una de las veces que sintonizara el televisor en el canal del cable que transmite desde la casa durante las 24 horas.

¿Quién le dijo a Marianela que su conducta es graciosa? Eso me vengo preguntado desde hace días. Porque a mí, lejos de provocarme risa, me da pena.

El jueves último durante la gala, sin ir más lejos, cuando emitieron el fragmento en el que, bulímica de protagonismo, Marianela había contado, en lenguaje de bajo fondo, sus supuestos sueños eróticos, confieso que sentí mucha pena por ella. La pobre no se daba cuenta de que la historia que improvisaba era menos que una burda caricatura de lo que se conoce como relato erótico. Tampoco advirtió que si su pretensión de narradora no iba por el lado del erotismo sino por el de la pornografía lisa y llana, estuvo lejos de alcanzar el objetivo. Ni una cosa ni la otra. Porque, convengamos, las groserías que escupió gratuitamente eran al erotismo lo que un cántico de la barra brava a la poesía. Y, evaluadas conforme a los parámetros de la pornografía, no resultaban más que un puñado de guarradas inocentes, propias de púberes arrabaleros.

En cada una de las muchas ocasiones en que vemos a esta jovencita aludiendo al sexo en los términos más soeces, me pregunto si será la misma Marianela que al principio del programa se hacía cruces por los modales de Diego. ¿Esta chica es la misma que al referirse a Diego decía que su madre debería estar horrorizada al ver que “nos lidera este tipo que no sabe ni hablar”? ¿Y por casa, cómo andamos, Marianela? ¿Qué imaginás que dirá tu mamá ahora que tus groserías hacen ruborizar a Diego?

Pero la pena que me produce Marianela va más allá de su obsesión por hablar del sexo con vulgaridad. A medida que la veo engordar y festejar la deformación de su cuerpo como si se tratara de una gracia, me da mucha tristeza.

¿Quién le dijo a Marianela que atravesar una etapa de de compulsión por la comida es una hazaña en vez de una desgracia que puede sucedernos a cualquiera?

Es lamentable que al mirarse en el espejo, Marianela no vea su figura convertida en una masa adiposa sino el reflejo de Silvina Luna. En su afán por lograr la fama rápida y fácil, la pobrecita se embrolla y simplifica lo complejo, confunde su persona y sus talentos con los ajenos, equipara su futuro con el de la ex participante de “Gran Hermano” como si los destinos de la gente se pudieran clonar.

Alguien dirá que Marianela debe seguir así, porque esto le asegura un sitio en la final. Puede que eso sea cierto, con el hambre de morbo que a veces tienen los espectadores. Pero a mi modo de ver, hay precios que no vale la pena pagar.

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