Historias mínimas de máxima desesperación
Las pequeñas vivencias cuentan mejor que las grandes cifras la profundidad de los dramas colectivos. Aquí, un puñado de experiencias que ponen la tragedia de La Plata en carne viva.
Yiyo Cantoni (un par más de 50) estaba parado en la puerta de su casa de 61 entre 22 y 23. Hacía un rato que venía midiendo el diluvio sin imaginar que lo iba a dejar sin nada. El agua de repente le llegó a las rodillas y al rato la tenía a la cintura y ya se le había metido en toda la casa. Pronto la tuvo en el pecho y se dio cuenta de que sólo le quedaba llevarse a todos al techo (todos: su mujer Claudia, su hijo Mateo, de 16, y su hija Inesina, de 13, que mantenía su cabeza fuera del agua parada arriba de una mesa). No hizo falta porque paró. Alcanzó con el techo del auto, donde treparon los cuatro. Pero en un momento pensó que no la contaría. Y ahora no cuenta las pérdidas materiales porque la cuenta es fácil: perdió todo. No le quedó nada. Se mudó un poco a lo de su madre y un poco a lo de su hermana. Va y viene a su casa devastada. Y llora sobre las ruinas de su sala de música, la de su piano, la de la batería de Mateo, la de sus discos del Flaco.
Nicolás Garcia (justo entre los 30 y los 40) estaba su casa de 524 bis entre 8 y 9. Corazón de Tolosa, epicentro del infierno. A las seis y cuarto de la tarde, con el primer diluvio (el segundo, que fue el peor, colapsó la ciudad entre las diez y las once de la noche), el agua le tocó las rodillas y enseguida le llegó al ombligo y entonces tomó la decisión de irse. Hizo tres bolsos con lo que encontró a mano y aupó a su hijo mayor, Joaquín, de 7. Cecilia, su mujer, cargó al más chico, Felipe, de 2. Caminaron hasta la avenida 7 con el agua a la cintura y vieron que allá a lo lejos, a unas cuadras, la cosa parecía estar mejor. En 7 y 521 era más alto y el agua les daba sólo en las rodillas. Pero faltaba rescatar al quinto integrante de la familia: el perro. Nicolás volvió a la casa por él, que casi flotaba arriba de una cama. Y se lo cargó en los hombros. Pasaron la noche en lo de un amigo de una cuñada. Cuando volvieron al día siguiente, la marca en las paredes los estremeció: estaba a un metro ochenta y cinco. Por debajo de eso, destrucción total. Los amigos de Nicolás juntan todo lo que pueden, pero nada es mucho. Los García arrancan de cero.
Claudio Gómez (cuarenta y largos) había quedado en cenar en lo de su amigo Carlos Guerrero, en 524 entre 3 y 4. Terminó atrapado en un altillo con los Guerrero, su esposa Paula y sus hijos Agustín (15) y Catalina (11), con dos metros de agua abajo, hasta que los sacaron en un gomón. El plan era volver después de la sobremesa en su auto, pero no lo pudo usar esa noche y acaso no pueda usarlo más, porque se lo llevó la corriente y quedó arruinado. Y se fue en un gomón. Por la ciudad en un gomón. En su casa de Villa Elvira, del otro lado de la Ciudad, donde habría estado si no hubiese ido a comer a lo de Carlos, ni una gota de agua. Los Gómez creen ahora en el destino. Creen o revientan.
Graciela Rezzano (setenta y algo) vive sola en su casa de 16 entre 43 y 44. Sabe de inundaciones porque su barrio es de los más bajos del casco fundacional platense. Pero nunca, jamás, vivió la pesadilla de la otra noche. Cuando vio que el agua era imparable, cuando vio que la heladera flotaba, se resignó a perderlo todo y se fue a cuidar su vida al único lugar alto de la casa: un cuartito que sabía estar atiborrado de radios, transistores, válvulas y cables cuando su marido ingeniero desarmaba y armaba artefactos en ejercicio terapéutico de la profesión. Ahí pasó la noche. Sola. Incomunicada. Aterrada. Hasta que sus hijos fueron por ella y la llevaron a Gonnet, en el norte del partido, a salvo. Graciela tenía de todo en su casa. Ya no tiene nada. Nada.
Estela Torres (cerca de 70) también vive sola en un PH (pasillo al fondo) de Tolosa, uno de los barrios donde el temporal se ensañó más. En minutos nomás, el agua le subió hasta el cuello y ya no tuvo donde refugiarse. Flotaba la heladera, flotaba su cama. Flotaba todo. Pensó que moriría ahogada hasta que un vecino le arrancó la puerta a patadas y pudo salir, nadando. No sabe cómo, pero se nadó el pasillo entero, de 30 metros, hasta una cabina de ésas donde iban los tubos de gas. Y se quedó ahí, empapada, marcada por el miedo a la lluvia para siempre. Ahora se para contra la pared del pasillo y la marca negra del agua le queda por encima de la cabeza, a más de un metro setenta. Mira la marca y se pellizca. No lo puede creer.
Para terminar, una buena. Facundo Sanseverino (18) juega en las inferiores de Gimnasia. El técnico Pedro Troglio lo había convocado a su primer entrenamiento con la Primera para el miércoles a la mañana. Pero el martes a la noche lo tapó el agua. Literalmente. Y pasó la noche en el techo de su casa de 68 y 137, en Los Hornos. La ilusión de llegar fue más fuerte. Desde ahí arriba, el pibe se tiró al agua como si fuera una pileta y nadó. Dos, tres, seis, diez cuadras nadó. Hasta que encontró el pavimento y paró un taxi. Le dijo al tachero que Troglio lo había convocado a entrenar con la Primera y que no se la podía perder. Que tenía que llegar a Estancia Chica, el predio de Gimnasia en Abasto, en el lejano oeste platense, a 20 kilómetros de ahí. El tachero lo llevó, el pibe entrenó sin decir nada y al final, cuando los compañeros le preguntaron en qué se iba, contó todo. "Me vine un poco nadando, un poco a pata y un poco en un taxi que me trajo de onda", les dijo. El DT organizó una vaquita y todos lo ayudaron. Ahora en su casa Facu no tiene nada, pero salvó la ilusión de jugar en Primera y se ganó la solidaridad del club. Para él es todo.
Juan Rezzano
Juan Rezzano
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