Son de Fierro: El peligro de frivolizar el análisis de ADN


  • ¿Qué impacto tienen en la conciencia colectiva las escenas donde la tira banaliza el estudio genético para determinar la filiación de una criatura?

El jueves último, mientras miraba “Son de Fierro”, con sus idas y vueltas en torno al examen de ADN para determinar quién es el padre del niño que tendrá Lucía (María Valenzuela), me vino a la memoria el artículo del diario español El Mundo que tanto asombro y algo de molestia me había causado días atrás. Nobleza obliga, revisé mi opinión respecto de lo que había leído.


 


La nota advertía sobre la batahola desatada, en España, por la Organización Médica Colegial (OMC) en torno a las series de médicos y hospitales que, según evaluaron, “ofrecen con frecuencia una imagen alejada de la realidad” tanto en lo referido a las enfermedades como a los trabajadores de la salud. Con ojos alarmados, los médicos observaron que en las series, los profesionales del área son representados “como seres anómalos para la diversión del espectador”


 


Bueno, pensé, de eso se trata, por algo son series y no documentales o ciclos periodísticos. ¿Qué pretenden?, me enojé. Si en vez de ser un lunático importante con ribetes de genio intrépido, Dr. House transitara los trabajos y los días con la discreta neurosis que padecemos la mayoría de los mortales, el encanto del personaje se va al diablo. ¿Y cuál es el problema en que las series creen personajes anormales “para la diversión del espectador?, quise saber. Si justamente para eso las miramos, razoné.


 


Si “Grey’s anatomy” no me entretuviera con los amoríos y las disputas de poder de un puñado de galenos, generalmente al borde de la norma, en lugar de ver el programa usaría ese tiempo para ir de voluntaria un hospital. Allí, evidentemente, en vez de divertirme, contactaría con la cruda realidad. Y, de paso, estaría dándole  una mano a alguien.


 


Esa fue mi primera reacción ante la nota de El Mundo. Pero dado que las declaraciones provenían de un conjunto de médicos, la profesión que más valoro, les di la chance de que me persuadieran. Seguí leyendo: “Cuando se trata de temas sanitarios hay que ser extremadamente cuidadosos a fin de enviar mensajes confusos o erróneos sobre la asistencia sanitaria que pueden recibir los ciudadanos”. Si se cuentan los casos de supervivencia tras una reanimación cardio-pulmonar, explicó la OMC, “vemos que (son) significativamente más altos en las series televisivas que en la vida real, creando de esta forma expectativas exageradas de éxito en los pacientes y familiares que pasan por un trance de este tipo”.


 


A renglón seguido, la organización médica recomendó que los diagnósticos, exploraciones y tratamientos que se muestran las series sean “proporcionales” a las enfermedades presentadas porque si no, afirmaron, “se está animando a la población a la exigencia de exploraciones y tratamientos innecesarios que sólo vienen a aumentar el gasto sanitario y las listas de espera, privando de unos recursos, siempre limitados en un sistema público, a los pacientes que de verdad los necesitan”. Después, el organismo pidió que las series sean “realistas” en virtud del “notable poder de influencia de un medio como la televisión”.


 


A decir verdad, en aquel momento no me convencieron del todo. La suposición de que los televidentes del siglo XXI somos incapaces de separar la realidad de la ficción se me antojaba una desvalorización de la inteligencia ajena. Pero al ver las escenas de “Son de Fierro”, donde el estudio de ADN para determinar la filiación de un niño aparece como un recurso narrativo más, tomado a la ligera, y donde, a pedido de la madre de Lucía, el personaje del genetista se permite fraguar los resultados del análisis, me pregunté si los médicos españoles no tendrían algo de razón en su llamado a la prudencia.


 


La ficción es ficción, está claro. Pero cuando gozan de un alto nivel de popularidad, como en el caso de “Son de Fierro”, alguna influencia tienen en la sociedad. Basta pensar en “Lazos de familia” (actualmente se la puede ver por la señal Cosmopolitan, de lunes a viernes a las 19), que, sin proponérselo, funcionó como una campaña a favor de la donación de órganos, más precisamente, de médula ósea. El personaje de Camila, enferma de leucemia y necesitada de un transplante de médula para salvarse, desató el milagro: mientras la telenovela estuvo al aire, el promedio de inscriptos en el Registro de Brasileño de Donantes Voluntarios de Médula Ósea saltó de 20 a 900 por mes.


 


En ese marco, cuando en las tiras argentinas como “Son de Fierro” y “Lalola” se echa mano al estudio de ADN como recurso narrativo, ¿no deberían extremarse los cuidados, para evitar la idea de que los resultados se pueden dibujar a gusto del consumidor? ¿No existe, acaso, el peligro de que el público, sobre todo el más joven, se quede con la sensación de que uno puede arriesgarse a concebir hijos en cualquier relación sexual porque, total, después me hago el análisis y salgo de dudas?

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