Sueño y Bogotá - Parte 1
*Historias y escándalos de barrios privados, lo que todos saben pero pocos se animan a contar.
*Por Santiago Ordoñez Zemborain.
El mes pasado falleció el Comisario General de la Policía, Manuel “Mono” Quinteros Galván.
Ex Comisario General en realidad, porque estaba retirado hacía años, un hombre ya grande a quien conocía vagamente de los torneos de equitación intercountry.
Su carrera se había desarrollado durante los años de plomo, era un duro de los 70’s. Los que lo conocían hablaban de sus años de servicio en forma vaga y con medias frases, creo que nadie sabía mucho sobre él ni quería averiguar, por lo menos en el Country.
Alguna desgracia personal, una tristeza profunda lo carcomía de forma evidente en sus últimos años, tampoco se sabía mucho de eso. Me dijeron que era un asunto de amores perdidos o ya no correspondidos. De una felicidad encontrada a última hora cuando no se la espera, y después perdida cuando ya es tarde para soñar con otras futuras, la edad no da entonces para eso.
Dijo Julio que darlo a conocer ayudará sin duda a comprender lo sucedido aquella noche del año pasado. La muerte tan violenta y casual de aquellos dos, tan queridos jóvenes del ambiente del country, una pareja fresca y hermosa. Hasta que divulgué el documento, todo se había atribuído al azar, la mala suerte, la ira, las drogas, la violencia sin sentido que cae sobre cualquiera en cualquier momento, al menor error, en cualquier lugar.
Me autorizó la publicación con la única condición de cambiar los nombres propios. Country incluído.
Se trata de notas del Comisario General dirigidas al parecer a sí mismo. No sé si pretendió contarnos algo, quizás clarificar su mente, dejar testimonio, o aplacar su conciencia. Aunque esto último por lo poco que sé de él y lo que me contaron de su carrera, no creo.
Verano de 2008
Trancripción del documento sellado en sobre lacrado, perteneciente al fallecido Comisario Manuel Quinteros Galván y dejado a la custodia de su amigo Julio Corvalán Sendic.
En el sobre se lee: “Documento privado para ser abierto después de mi muerte”. El documento está escrito a mano por el propio Quinteros Galván y finaliza con su firma.
“Me desperté inmerso todavía en la historia soñada. Y aunque no se me ocultaba el simbolismo de la misma a la luz de lo que iba a suceder en un rato, quise pensar que no era un augurio o profecía de los dioses sino sólo la expresión de mis temores de que todo fracasara. Y ellos vivieran. La escena había sido tan vívida que podría ver, y relatarlo todo en detalle no sólo en ese momento posterior al sueño sino sin duda mucho tiempo después de ser necesario. Claro que no iba a referirlo de todas maneras nunca, salvo en esta memoria que será leída – quizás – pero cuando ya no importe y haya pasado mucho tiempo.”
El sueño:
“Un restaurante de esos más o menos, más bien menos. Tipo cantina. Todas las mesas ocupadas, y un diálogo sobrevolándolas, cubriendo y acallando cualquier otro tema: el inminente partido de fútbol con Ríver que se desarrollaría en un rato en el estadio Mundialista de Bogotá. La acción, me di cuenta transcurre en la capital colombiana. ¿Por qué Bogotá, que es una ciudad que visité sólo fugazmente? No tengo ninguna idea que lo explique, pero así son los sueños ¿no? La mejor hipótesis: en mi mente es una ciudad violenta, donde la vida vale poco. Y también una en que las pasiones están a flor de piel un país casi tropical. Está en juego alguna de esas copas futboleras interclubes. Es la final entre el equipo argentino y el Millonarios de Cali. Todo el mundo parece tener su opinión, e interés en expresarla. La plática es abundante, y se derrama de una mesa a otra, todos interesados aparentemente por el mismo tema. Muchos, se adivina, terminarán la cena temprana y se encaminarán al Estadio cercano a disfrutar del partido. El resultado es incierto, nunca los colombianos hemos ganado. Todavía. Pero esta vez el equipo es fuerte y contamos con un crack que puede dar vuelta el partido. Además esta noche jugamos de locales.
Foco en una de las ventanas. En una mesa una pareja joven, elegante, bien vestida y satisfecha se apura con el postre para manejar bien los tiempos. Joven es una manera de decir. Él tiene unos 40 o 42 años se lo ve firme y ganador en la vida por lo menos ahora. Luce un traje elegante, está perfectamente encorbatado, peinado y perfumado. Ella es encantadora. Acaba de trasponer la treintena. Aquí puedo ser más preciso, los acaba de cumplir la semana pasada. No tanto alta como perfectamente proporcionada. Morena y bien de su tierra, Cali. Dicen que de las tierras calientes vienen las mujeres más bonitas de Colombia, las caleñas. Y ella lo es. Sonríe con dientes perfectamente blancos. Le sonríe a él y le toma la mano. Ella es la que toma la de él. Ambos se ven confiados. Son amantes ya establecidos eso se ve. Lo suficiente como para participar del debate generalizado sobre el inminente partido. Pero frescos aún sus amores como para que deban estar sus pieles en contacto siempre, de preferencia. Y sus ojos no perderse muchos instantes sin verse el uno al otro.
Y al lado de su mesa. O cerca. Un viejo. Bien viejo. También una forma de decir. Pero claramente mayor, el hombre de unos 60 años. Por lo menos me resulta claro en el sueño que se siente viejo. Mira fugazmente a la pareja. Pero también al resto de los comensales. De a ratos echa un vistazo a su reloj pulsera y hacia la puerta. Habla poco aunque participa ocasionalmente en el diálogo con las mesas vecinas.
Se integra gradualmente en la conversadera generalizada, dá sus opiniones aunque éstas suenan extravagantes y fuera del consenso general. Alguien las denuncia como tales, con guasa y apenas respeto por la edad del otro: exageraciones, absolutamente desatinadas, alejadas claramente de los hechos tal como posiblemente se darán. El viejo insiste y logra incluso en algún momento la atención de varias mesas circundantes.
La pareja se está por levantar. Ya pagaron. Ya se van a ir. El viejo alza la voz todavía como para imponerse, controlar la escena se diría si no fuera absurdo. Lanza un desafío a los que lo rodean y no dan crédito a sus pronósticos, élla y él incluídos aunque ya casi fuera de la escena o preparándose para dejarla, el joven galán ayudando a la dama a colocarse un leve abrigo sobre los hombros.
- Pongo acá Cien Pesos Sol y los dejo en la mesa. Si alguien se anima, entonces que acepte mi apuesta. Quedan en el restaurante hasta que termine el partido.
La suma es enorme, no sé porqué ni cómo referenciarla. En los sueños pasa eso. Pero sé que es así, una cifra que no guarda relación con el tema que se debate ni la situación. Una suma que llamaría la atención en cualquier circunstancia, pero en ese lugar y circunstancia, mucho más. Una enormidad.
- Cien Pesos Sol- dice el viejo y saca de su billetera un billete enorme que deposita sobre la mesa.
Hay un silencio. Nadie sabe bien que hacer. Un poco de lástima hacia el hombre ya anciano fuera de lugar en una actitud tal vez senil.
La pareja ya está por irse. El hombre joven mira al viejo por última vez y se da vuelta para salir.
Un postrer intento desesperado por mantener la situación:
- Y estoy tan seguro de lo que digo que si alguien toma mi apuesta…
El viejo emite otra oferta aún más descabellada. Esta vez se dirige casi directamente a la pareja. A sus espaldas. Ellos que apenas si se han sumado al coro de las otras voces expresando la opinión mayoritaria pero que, como todos ya han olvidado el tema y sólo piensan en el partido inminente.
El hombre joven abre la puerta del restaurante, deja salir a su bella compañera y ambos desaparecen de la escena y del sueño. El viejo constata lo irrefutable: ellos dos se van, se termina la cena y ellos se van al partido. Ya no puede retenerlos en el restaurante, con charla, exageraciones, con apuestas ni con nada. No puede hacer nada para que se queden. Y si se van, todo fracasa. Pero ellos se van, y todo se viene abajo.
El sueño dura todavía un último segundo. Con el corazón, el mío, estrujado por la angustia. No termino de entender cómo ni porqué comparto la desesperación del viejo al ver que no ha podido retener a la pareja más allá de aquel último instante. Se han ido. Continuarán viviendo su amor. Continuarán viviendo.
Y el sueño mismo concluye.”
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES
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